A mi nieta Marina, este verano la llevaron a Portugal. Ha sido su primer gran viaje. El entusiasmo le impide contarme todo lo que ha visto pero es en el famoso Acuario de Lisboa donde su fantasía, ya de por sí desbordante, ha echado a volar, convirtiendo el relato en una crónica de esas que, en los siglos medievales, trastornaban los cerebros.
-¡Abuelo! ¡y hablaban...! muchos peces parecía que hablaban... hasta a la nutria le oí decir como palabrotas...
Es cierto, le respondí, pero, aunque la nutria se crea parlanchina, lo que hace es balbucear cuatro tacos y medios, y sentirse como feliz, como ligera de vientre.
Mas para palabrotas, no hay quien supere a los loros; sobre todo los “come pipas”. Comen tantas, como las mismísimas loteras de la Plaza de Azcárate. Sin embargo, para loro hablador, el de una amiga cordobesa que tuvo que sacrificarlo porque sabía demasiado y se lo cascaba al primero que llamase a la puerta. De todos modos, la razón de su degüello creo que fue porque imitaba tan perfectamente la voz de su amo, que cuando este murió, siguió saludando a la viuda con la destreza de un ventrílocuo: “Mercedes, vida mía, ya estoy en casa...”. La primera vez, a mi amiga la tuvieron que llevar a la Casa de Socorro con un ataque de nervios fuera de lo normal. Pero como siguió haciéndolo a diario y cada vez le salía mejor, Mercedes cortó por lo sano y ni siquiera quiso conservar sus bellas plumas para un sombrero de boda.
Es verdad que los animales tienen su lenguaje, propio o prestado. En ocasiones, el referente es el humano. Por ejemplo, el de los chimpancés es el que está más próximo al del político en campaña electoral. Mucho aspaviento, pues todo se le va en gestos, para terminar enseñándote el culo como punto y final del discurso. No es lo mismo la conversación que puede mantenerse con el perro. De eso sabe bastante mi querido amigo José Manuel Ávila. El lenguaje del perro es exclusivamente de miradas, como de enamoramiento. Los ojos de Argos, el can de Ulises, fueron lo suficientemente expresivos como para indicarle al que se fingía un harapiento, el acoso al que estaba sometida Penélope, su esposa, que ella disimulaba haciendo y deshaciendo el tapetito de “punto de cruz”. Y es que el lenguaje de estos animales, sin duda es el que más cosas puede decirnos del universo y de las contradicciones en las que estamos embebidos los hombres. La mímesis de perro-amo/a es tal que, no pocas veces, los parecidos llegan al asombro. Me estoy acordando de los ladridos disonantes de la perra de Hitler (también envenenada con cianuro), mero reflejo de la esquizofrenia de su propietario.
¿Qué decir del ya incuestionado lenguaje de las flores?. Da fe de ello, Fernando, un amigo argentino, ocasional jardinero de verano para la medio selva que tengo en mi casa de Sevilla. De vez en cuando, me contaba con pesar, que algunas plantitas parecían morirse de soledad y aburrimiento; por eso le recomendé que les hablara y, en especial, que les cantara, mucho más cuando a él no hay tango ni milonga que se le resistan. Así lo hizo, además de enviarme un artículo sobre el tema. Lo escrito era, nada menos que de Leopoldo Lugones, de los grandes en la literatura hispanoamericana de finales del XIX. El cuentista narra la historia de un jardinero, empecinado en demostrar que las flores hablan y que tienen un “alma vegetal”. En realidad él no quiere dialogar con ellas, solo manipularlas, como el científico hace experimentos con ratones o con células madre. Pretendía crear, nada menos, que una especie nueva, con la apariencia de la rosa, y que la llamaría flor de la muerte. Mas pasaron los años y no lo conseguíó. Hasta que observó que el error estaba en el menosprecio que, como hombre, había estado demostrando hacia esas flores, considerándolas meros vegetales, sin más. Pero fue, al fijarse en las violetas y hallarlas singularmente nerviosas, cuando comprendió que también las pasionarias, los tulipanes, y hasta las mismas rosas eran seres inversos, es decir tenían el cerebro debajo de la tierra. Nadie, pues, ha de negar que, las flores al poseer alma, pueden hablarnos, lo decía Lorca en boca de Doña Rosita. Todo consiste en prestar atención a sus efluvios de felicidad y a sus manifestaciones de dolor, de tristeza, hasta de miedo a la muerte, como esas mariposas que llevan escondidas entre sus alas una especie de calavera, casi avisándolas de lo efímero de su vida y lo fatuo de su belleza.
Moraleja: No, no hagamos risas ante la persecución de un niño o niña que parecen divertirse y divertirnos cuando pretenden lapidar a un gato o maltratar a un perro. Lo he escrito muchas veces y lo seguiré haciendo. Tuve una respetable vecina que gratificaba con unas pesetas a aquellos que introdujeran en un saco gatitos recién nacidos, para que sirvieran de canapés a las fieras del circo de los hermanos Tonetti. Ni tampoco riamos la gracia cuando ese niño o esa niña, por mero capricho consentido, podan plantas, cual analfabetos concejales, o las despojan de su floración. Igual que los hombres, los animales y las flores también se quejan. Las viejas leyendas de brujas y hechiceras, hablaban del llanto de la mandrágora cuando se la regaba con la sangre de un recién nacido. Mi amigo Fernando, el argentino, jura y requetejura que ha habido días que a las plantas de mi casa también las oía quejarse y que, en determinadas ocasiones, de sus corolas surgían desesperados lamentos.
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