La muerte suele ser el elemento ficcional más dramático, capaz de estremecer a cualquiera que asista a su proceso, pero qué ocurre si la obra es una comedia titulada ‘Mi Mujer es el Fontanero’, pues que la muerte se convierte en el recurso quimérico para matar de risa al público asistente. El Centro Dramático ha apostado por esta comedia de enredos, con la intención de distraer, divertir e incluso hacer olvidar la situación tan desalentadora a la que estamos sometidos, motivos más que suficientes para conseguir desbordar el Auditorio del Revellín dejando apenas butacas libres, que bien hubieran podido ser ocupadas si los inquilinos de nuestro ayuntamiento apoyaran la cultura ceutí, se rieran con nosotros y dejaran de mofarse de nosotros.
En contra de lo que muchos piensan, la comedia no es fácil de ejecutar, en primer término porque queda rota la cuarta pared con la introducción de las carcajadas que pueden servir de aliento para los actores o de obstáculos para el entendimiento del texto. Y en segundo término, el humor es relativo y corre el riesgo de ser hilarante, en el mejor de los casos, o quedarse en un mal chiste, en el peor. Pero recurrir a Hugo Marcos, es apostar por el humor comprensible, con un lenguaje cargado de eufemismos, alejado del comentario soez y la parodia chusca. Manuel Merlo ha sabido adaptar la obra casi a la perfección, con este casi aludo al enfoque de Maite, uno de los personajes que debiera caracterizarse por su timidez y dulzura, sin embargo optó por un registro más histriónico, que Olga Martí acompañó con aspavientos y un tono más característico de la presentación de una gala local que de una enamorada capaz de creerse la situación a la que Carlos, protagonista de la historia, estaba siendo sometido. Realmente el éxito de este tipo de comedia radica en la transmisión actoral, y los protagonistas estuvieron entregados, Mariano Catarecha -Carlos-, pensé que sería el talón de Aquiles del elenco, pero en muchas ocasiones la oportunidad da sorpresas agradables, y en este caso fue así, supo llevar el peso de la obra, siendo el receptor de las numerosas entradas de los personajes y manteniendo el registro durante toda la representación, puede que le falte comicidad si lo comparamos con su partener, Iván Martín -el fontanero-, bueno el fontanero que por un desafortunado suceso se ve poseído por la mujer de Carlos, muerta a causa de un accidente. Sin duda, fue la estrella de la noche, midiéndose en un constante cambio de género que hizo las delicias de un público que no paraba de reír cada vez que aparecía en escena.
Me gustaría destacar algo que en muchas ocasiones pasa desapercibido; la escenografía. En esta representación era esencial que desde cualquier ángulo del teatro se vieran las cuatro puertas que daban el juego de las entradas y salidas de los personajes, algo complicado que el Centro Dramático salvó con una estructura casi poliédrica que permitía el dinamismo, además apostaron por una decoración actual, necesaria para acompañar a la contemporaneidad de Hugo Marcos y todo ello con un objetivo claro: reír. No miento si digo que prefiero cualquier tipo de género antes que una comedia, pero como dice Sabina “Quién supiera reír, como llora Chavela”, y en eso estoy, aprendiendo a reír.
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