


Enseñan las manos antes de hablar, con cólera. El polvo es blanco en algunas palmas, negruzco como el carbón en otras. Son lashuellas dactilares de la indignación por ver su casa, su negocio, su calle, la calle Jáudenes, invadida por una nube de escombro, provocado por el derribo de un inmueble, sin previo aviso.
“Fue llegar a la calle y no ver mi negocio, porque una montaña de ladrillos casi impedían el paso”. Pero eso no es la peor sorpresa que se iba a encontrar Desireé, propietaria junto a su pareja, del bar ‘Rincón de la Gorda’: “Mira aquí”, señala con el dedo rabioso e indignado, “esta grieta me lo han hecho ellos”.
Los operarios, que hacen dignamente su trabajo, que cumplen órdenes, se esmeran por rebajar la montañade escombros que yacen en plena carretera. Además de la grieta, Desireé, abre la ventana y muestra el poyete roto, presumiblemente por un cascote de la obra, “consistente, de momento, en derribo del inmueble”, indica un obrero que no desea continuar hablando.
Quien sí lo hace es una vecina de un edificio colindante. Lo hace, fregona en mano, desde el balcón de sucasa, recubierto de un polvo que casi ni la fregona consigue eliminar: “esto es de vergüenza, nadie nos ha avisado y mira cómo está la fachada”.
El polvo también se ha filtrado en una farmacia y en una zapatería de la zona. “¿Como se puede limpiar unos medicamentos ensuciados por polvo? Ella misma, la farmacéutica, se contesta: “Imposible”.
Retornando al ‘Rincón de la Gorda’, Desireé hace inventario acerca de los achaques, daños y prejuicios que ha causado el derribo. Comida casera elaborada –“para ser vendida y consumida en el mismo día”– que se ha puesto mala, “porque llevamos sin poder abrir dos días”, grietas, desconchones y pérdidas “ya que el dinero de los clientes es imposible de recuperar”. La lista que termina va directa “a Fomento”. Hace una pausa y dice: “y además no tienen más medidas de seguridad que colocar una valla en el comienzo de la calle”.
Está de acuerdo con esta indicación, Juan, un caballero sexagenario que pasea con las manos entrelazadas sobre la espalda, otro vecino de la zona: “parece que en lugar de hacer un derribo controlado, el bloque se hubiera venido abajo, yo pensé que había ocurrido una tragedia cuando lo ví por la tarde”.
Tal vez no se trate de una tragedia, pero el desencanto vecinal está servido.





