Durante la década de los 60 del siglo veinte, para algunos fueron los felices 60, una noche de verano en el teatro Escala de Milán, se celebraba un acontecimiento musical de primer orden. Además de un ballet ruso, actuaba la gran diva, la estrella del momento María Calas.
Naturalmente los milaneses son muy aficionados a la ópera, y aquel día el aforo del teatro estaba al completo, como en la parte de atrás arriba del todo, a esa parte en el antiguo cine Apolo le decíamos “el gallinero”, que es donde las localidades cuestan menos, pues aquella zona estaba al ciento cinco por ciento. En el patio de butacas, en el centro ocupado por las primeras autoridades italianas como el malogrado primer ministro Aldo Moro, Bettino Craxi, Amintore Fanfani, el alcalde de Milán y otros. Cuando terminó el ballet hubo una pausa, se sentó la orquesta y momentos después apareció el director recibiendo un generoso aplauso y cuando apareció la soprano el aplauso fue mayor.
Comenzó el concierto, el publico disfrutaba de lo lindo y transcurridos unos catorce minutos se produjo un leve tropiezo musical, al finalizar un aria mientras respiraba la cantante, el directo distraído mandó tocar una pieza que no correspondía, algunos le siguieron y otros apresuraban a pasar la partitura, la soprano quedó boquiabierta durante unos instantes nada mas se produjo un silencio sepulcral... De repente se escuchó desde el fondo del teatro, desde el gallinero, un espontáneo que gritaba con voz dulce y suplicante… “Recumeenchi….recumeenchi”. El director reaccionó con rapidez y mando a tocar la que correspondía. La orquesta respondió al igual que una máquina automática, la soprano retomó la obra con más brío haciendo sonar ese torrente, ese caudal de voz acompañado de una gran sonrisa. El público feliz del desenlace de aquel pequeño accidente respondió con un gran aplauso y desde ese momento la obra continuó con más impacto y más sentido hasta que terminó el primer acto. El teatro estallaba de aplausos, la gran diva entró y salió varias veces detrás del telón.
Finalmente se dio cuenta de que el gran público empezó un aplauso que fue de menor a mayor hasta casi estallar el teatro y de espalda al escenario, mirando hacia atrás y hacia arriba al gallinero. En el medio había un señor mayor, bajito y con una gorra en la mano, decía con una voz entrecortada de emoción.. “grazie molte grazie”. La emoción le embargaba y hacía un esfuerzo por sujetar un par de impertinentes lágrimas que le brotaban de los ojos, cayendo en sus mejillas. Pues aquel hombre fue quien gritó en su debido momento “Recumeenchi, recumeenchi”.





