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El abanderado

Por Redacción
13/03/2011 - 09:35

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ndudablemente, en los ejércitos modernos, fue costumbre denominar como “abanderado”, al oficial que llevaba la bandera de cada Batallón, y solía ser el más moderno de la clase de subtenientes. Pero en períodos que penetran aún más en la lejana antigüedad, cada Compañía tenía su bandera particular, y entonces el encargado de llevarla se llamaba alférez, cuyo nombre se conoce en la milicia española desde la expulsión de los sarracenos, según consta en la Ley 16, Tít.9. Part.2, que dice: Es más verosímil que esta voz se tomase, más bien del árabe, que de la palabra latina “aquilafer”, pues entre los romanos esta voz designaba al que llevaba el “águila”, como “draconarius” al que llevaba el “dragón”, “manipularius” al que llevaba un manojo, etc., pues eran varias sus banderas e insignias, y el nombre que corresponde exactamente al de “alférez”, es el genérico de “signifer”, que comprendía a todos los que llevaban insignia. Los alféreces no tenían más cometido que el de llevar la bandera; pero desde que se publicó la ordenanza de 1728, por la que sólo se dejó una bandera a cada Batallón, el “abanderado”, cuyo nombre sustituyó al de “alférez”, tuvo a su cargo nuevas obligaciones.
Carlos III, que reinó desde 1759 hasta su muerte en 1788, reorganizó el ejército, al que dotó de una Ordenanza general de 22 de octubre de 1768, que quedó a perdurar hasta bien entrado el último cuarto del siglo XX. De este texto normativo de cuyo espíritu se sigue manteniendo, por tradición, el código de conducta de los militares, en la materia que afectaba al , le dejaba exento de guardias y destacamentos; pero se le señalaba misiones como: distribución de pan, camas, leña y aceite a la tropa (justificando las distribuciones por recibos); reparto de las guardias, policía del cuartel, visita de hospital, otras de índole administrativas y detall generales del Cuerpo; además debían estar impuestos en la formación de procesos, revistas y quedar a entera disposición de sus jefes ante quienes se tenía que presentar –para lo que fuera menester- en horario de mañana y tarde. Para que le ayudara en su empeño y demás trabajos que pudieran distraerle de las antedichas obligaciones, se nombraba a un sargento, a quien se daba el originario nombre de “brigada”.
En campaña, el abanderado, debía cuidar de la policía del campamento, y del reparto de las guardias, recibiendo los individuos resultantes del prorrateo interno efectuado entre las Compañías. En Caballería y Dragones, los encargados de llevar la bandera se distinguían con los nombres de “porta-estandartes” y “porta-guiones”, y de igual manera de asumir las obligaciones marcadas para los “abanderados”, tenían también la de instruir a la tropa, bajo la dirección del sargento mayor y ayudantes, llevar el detall del servicio y ajustar los inventarios del material de campamento y acuartelamiento.
De la Ordenanza de S. M. Carlos III, -que fue objeto de innovaciones por imperativos de los tiempos-  se suprimió a comienzos de la centuria pasada el cargo de abanderado, y para llevar la bandera, se comenzó a nombrar por turno a los oficiales subalternos, en observancia del artículo 256, inserto en el Reglamento Táctico de Infantería del año 1926.  
Y, los servicios administrativos antes indicados para el abanderado, pasó a ser peculiares del Suboficial Subayudante atendiendo a la Orden de 14 de diciembre de 1912, cargo éste que desparece al promulgarse las Reales Ordenanzas para las Fuerzas Armadas definidas por la Ley 85/1978, en cuyas disposiciones derogatorias se anulaban las Ordenanzas de Su Majestad para el Régimen, Disciplina, Subordinación y Servicios de sus Ejércitos, sancionadas por el Rey Carlos III en 1768 y la Real Orden Circular de 1 de julio de 1896 por la que se aprobó el Reglamento para el Detall y Régimen Interior de los Cuerpos del Ejército.

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