Ceuta no deja de sorprender. Esconde en diferentes rincones pistas de lo que fue en su día. Épocas de gloria, esplendor, tensiones y cambios que han configurado la sociedad hasta llegar al punto actual.
La última prueba de la existencia de un periodo califal en la ciudad reside en la calle Espino. La excavación arqueológica efectuada en el silo localizado en esta vía pública se salda con un cuantioso recuento de cerámicas y piezas de antepasados.
Es curioso que, en esta ocasión, los tesoros se hayan encontrado en un vertedero de la época. Los trabajos llevados a cabo ahora tienen una base en papel desde la que difundirse. Gracias al artículo ‘Cerámicas califales al sur del estrecho de Gibraltar. El silo de la calle Espino de Ceuta’, se puede consultar todos los entresijos de este descubrimiento.
Sus autores, Fernando Villada, del Instituto de Estudios Ceutíes, y Rodrigo Álvarez, arqueólogo profesional, calculan un conjunto de más de 150 elementos en la confluencia de las calles Velarde y Espino, en pleno corazón de la Almina.
La labor abre una ventana de conocimientos hacia la cotidianeidad de la Ceuta omeya. Los materiales están fechados en la segunda mitad del siglo X o inicios del XI, en un momento en que la población se consolidaba como un enclave estratégico del califato cordobés en el norte de África.
La colección de variados barros cocidos aguardaba a su recuperación desde hace siglos. Lo que en su día se convirtieron en desperdicios sin un fin, recuperan una función, en este caso, una más allá del cometido de portar agua o algún alimento.
Son un puente hacia esas formas de vivir. Los vestigios de cerámicas recobrados se encuentran en un muy buen estado de conservación. El catálogo oscila desde tinajas, cántaros y cazuelas hasta ollas, platos, así como jarritas.
Los expertos han identificado también a los propietarios de estos enseres. No sus rostros o nombres, pero sí que pertenecían a 153 individuos. “La excavación se dio en un basurero. Los restos que aparecieron dan mucha información, sobre todo, de la alimentación que seguían y ajuares domésticos que usaban”, especifica Álvarez.
Existe, entre ellos, un ejemplar que corresponde a un uso lúdico. “Es un atabal y es el único representante de este grupo”, exponen en el escrito. “Su superficie ha sido objeto de un cuidadoso e intenso alisado y bruñido. Tiene forma cilíndrica que se abre progresivamente en ambos extremos”, añaden. Es similar a los tambores andalusíes registrados en otros estudios.
Gran parte de estos objetos fueron, en su día, elaborados a torno y con acabados bizcochados. Se registran también cubiertas vidriadas meladas y decoraciones en verde y morado de gran calidad.
El carácter casi intacto de muchas piezas ha permitido averiguar con precisión para qué eran utilizadas. Normalmente, eran útiles para almacenar, transportar y cocinar comida. Otros responden a la necesidad de iluminar los hogares.
Aunque parezcan más cerámicas que se unen a un largo listado de enseres, en realidad, son una rara avis. Existen pocos vestigios del periodo califal. Habitualmente, con los que más se han topado los arqueólogos son los de procedencia meriní. “Los materiales que aparecieron en esa excavación no son los que normalmente emergen”, indica el profesional.
El análisis facilita más datos sobre este episodio de la historia más difícil de desenterrar. Asimismo, los investigadores recalcan que esta batería de restos es singular ya que su cronología es temprana.
El grueso de las colecciones procede de contextos bajomedievales vinculados a la conquista portuguesa de 1415 y al posterior abandono de arrabales. Los siglos anteriores, en cambio, en especial para el periodo omeya, son escasos.
Esta excavación provoca un cambio en este sentido y aumenta el legado que hasta ahora se poseía. Los expertos anuncian que es uno de los conjuntos hallados más complejos enlazados a esa parte de la historia, al menos, de momento.
Precisamente, fue tras la llegada lusa cuando se produjo una drástica caída poblacional. Su desembarco hizo que, quienes residían allí, quedaran casi en el olvido. Ese factor, unido a que se trató de una ocupación que se produjo en un solo día, derivó en que los ajuares quedaran “intactos” en las viviendas.
Posteriormente, fueron desechados en estructuras negativas que tuvieron como uso final el de muladares, es decir, un lugar en el que se vierte estiércol o basura de las casas.
Actualmente todo este rico paquete de cerámicas descansa en un almacén de preingreso del Museo de Ceuta. “Es un local donde se trabajan los restos arqueológicos encontrados en las distintas intervenciones. Si le hacen estudios en profundidad, como fue su caso, se quedan allí para su evaluación”, subraya Álvarez. A estos se suman otros elementos de fauna, malacofauna y metales, según señala.
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