Quisiera compartir una reflexión desde la tristeza, pero también desde el profundo cariño que siento por mi parroquia y por la Iglesia.
En apenas seis años, nuestra parroquia ha tenido cuatro sacerdotes. Algunos se marcharon porque las circunstancias así lo quisieron, otro porque no llegó a encajar, y ahora, cuando por fin teníamos a un sacerdote que había conseguido ganarse el cariño, la confianza y el respeto de tantísimas personas, nos encontramos con que, después de solo dos años, se lo llevan.
Y duele. Duele mucho.
No porque no entendamos que un sacerdote pueda ser destinado a otro lugar. Sabemos que forma parte de su misión y que la Iglesia necesita sacerdotes allí donde sean necesarios. Y, por supuesto, si este nuevo destino puede ser bueno para él, más cerca de su familia o por las razones que correspondan, debemos alegrarnos y desearle lo mejor.
Pero también creo que la Iglesia debe escuchar a sus parroquias y cuidar a sus sacerdotes.
Cuando una comunidad encuentra a un sacerdote como el Padre Antonio con el que se siente unida, cuando existe buena sintonía, cuando él está feliz con su parroquia y la parroquia está feliz con él, ¿no sería razonable valorar también esa realidad antes de tomar una decisión?
Y hay algo más que no quiero dejar en el olvido: su labor fuera de las paredes de nuestra parroquia. Durante estos dos años ha dedicado también parte de su tiempo a ayudar a los inmigrantes, dándoles clases de español y acompañándolos desde la cercanía y la solidaridad. Y ha desarrollado igualmente una importante labor con los internos del Centro Penitenciario de Ceuta, llevando su presencia, su palabra y su acompañamiento a personas que también necesitan sentirse escuchadas y acogidas.
Creo que todo eso también es hacer Iglesia. Estar al lado de quien más lo necesita, sea cual sea su situación. Y esa labor, muchas veces silenciosa y que quizá no todos conocen, merece ser reconocida y valorada.
Los sacerdotes no son piezas que simplemente se cambian de un lugar a otro. Son personas. Tienen sentimientos, vínculos, ilusiones y también necesitan sentirse queridos y apoyados. Y las comunidades parroquiales también necesitamos estabilidad para crecer, trabajar juntos y construir una verdadera familia.
Por eso me pregunto, con todo respeto: ¿por qué se toman algunas decisiones sin tener en cuenta el sentimiento de una comunidad que está funcionando y que está contenta con su sacerdote?
Nuestra parroquia ha vivido demasiados cambios en muy poco tiempo. Y cuando por fin parecía que habíamos encontrado estabilidad, volvemos a empezar.
No escribo esto para enfrentarme a nadie ni para cuestionar la autoridad de la Iglesia. Lo escribo porque quiero a mi parroquia, porque quiero a nuestros sacerdotes y porque creo que también tenemos derecho a expresar nuestro dolor cuando algo nos duele.
Ojalá quienes toman estas decisiones puedan comprender que detrás de cada traslado hay una comunidad, personas que sufren, un sacerdote que deja atrás a gente que lo quiere y un trabajo pastoral que necesita continuidad.
A nuestro querido Padre Antonio, solo podemos decirle GRACIAS. Gracias por estos años, por tu entrega, por tu cercanía y por todo el bien que has hecho. Te vas dejando una parroquia que te quiere y que, sinceramente, no quería que te fueras.
Y a quienes tienen la responsabilidad de decidir, solo les pediría que, además de mirar las necesidades de la Iglesia, escuchen también el corazón de las parroquias.
Porque una Iglesia viva se construye también escuchando a su pueblo.
Seguro que en tu nuevo destino sabrán acogerte como en tu querida Ceuta. Que Dios te bendiga.






