Combatir las creencias ya asentadas entre la sociedad es harto complicado. ¿Cómo llevar la contraria a lo que todos, porque sí, dicen que es cierto? A todas luces, resulta una batalla perdida. Es lo que sucede con la concepción que socialmente se tiene de la delincuencia y el menor.
¿Cómo llevar la contraria a quienes dan por hecho que si un menor comete un crimen se librará de la pena más pronto que tarde? Con el reciente homicidio del trabajador transfronterizo Said Abriual y la detención de varios menores, entre ellos el homicida confeso, han vuelto a aparecer los tópicos y las generalizaciones sin sentido sobre la escasa actuación penal que se tendrá sobre ellos. Con los datos en la mano, esas teorías pierden peso. En todos los casos de homicidios cometidos por menores que se hayan producido en la ciudad, se pidió y se impuso la máxima pena posible. Tal es así, que mientras un joven de 16 ó 17 años, autor de un homicidio, puede exponerse a medidas de internamiento de hasta 13 años, un adulto no cumpliría más de 10. Desde principios de este año, se han incoado 248 procesos que tienen que ver con menores, procesos que son seguidos por el juzgado y por Fiscalía, además de tener un especial control por los profesionales del Área de Menores, quienes intentan darle la vuelta y convertir a un menor con camino equivocado en una persona con futuro. La sociedad debe saber con objetividad y no con generalismos equivocados cómo se trabaja, qué se hace y qué penas se aplican cuando alguien que no ha cumplido la mayoría de edad termina alimentando la delincuencia.





