Dicen, no sin razón, que el tiempo te aporta una perspectiva amplia de la realidad que nos ha tocado vivir. Al comienzo de cada curso dedicó la primera sesión de clase a recordarles el concepto de la historia, las fuentes que la nutren y las distintas etapas en las que se ha acordado dividirla. Siempre les pregunto a mis alumnos/as, al mostrarle el eje cronológico, el motivo de que, según ha discurrido la historia, las etapas sean cada vez más cortas en duración. Aquellos/as alumnos/as más avispados me contestan que la razón es el incremento de los avances científicos y tecnológicos. Esta respuesta me da pie a hablarles de Arnold Toynbee y su teoría de la dinámica histórica. Según este autor, resulta evidente una aceleración de la historia que supera la capacidad humana para asimilar los imparables avances técnicos. Como ejemplo, les hablo a mis alumnos/as de mi propia experiencia personal. Así les cuento que yo nací y crecí en un mundo en el que los ordenadores personales empezaron a popularizarse cuando yo estaba en la Universidad y en un contexto en el que todavía internet no era accesible al conjunto de la sociedad.
Mi generación está a caballo entre el mundo analógico y el digital, lo que nos permite valorar lo que hemos ganado y lo que hemos perdido. Entre las perdidas, la más notable, es la calidad del tiempo. La duración del día no ha variado, lo que sí lo ha hecho es la manera en la que lo aprovechamos. En mis tiempos, no tan lejanos, o sí, los amigos quedábamos para algo tan sencillo como hablar. No había entonces móviles con sus insistentes llamadas de atención ni cámaras para hacernos selfies. Tampoco existía la inteligencia artificial que en pocos segundos te resuelve un ejercicio de clase sin el menor esfuerzo. Claro que está que ésta facilidad que nos ofrece la megamáquina mina la capacidad humana para el pensamiento, la síntesis, la imaginación y la creatividad.
No hay ninguna capacidad humana que no se desarrolle gracias a la voluntad y el esfuerzo. Cierto es que todos venimos al mundo con un don y que uno de los principales objetivos de los padres y de los docentes es identificar nuestras respectivas vocaciones y facilitar que encuentren el camino para su despliegue. No obstante, incluso el más sobresaliente de los genios no ha alcanzado la notoriedad que le correspondía sin el cultivo de su don y la perseverancia. Por tanto, si delegamos este esfuerzo en una máquina alimentaremos su “inteligencia” a costa de la nuestra. En este punto conviene hacer una clara distinción entre inteligencia y sabiduría. Siguiendo lo expresado por mi admirado y apreciado Javier Gomá, “inteligente es el que elige bien los medios para obtener un fin. Sabios es el que elige bien los fines”.
En una interesante conversación entre el filósofo Javier Gomá y el conocido actor José Sacristán, éste último comentó que en su dilatada vida ha conocido “a mucho inteligente que acabó de hijo de puta. Es verdad que hay una forma de inteligencia superior que apunta a la bondad. Los Sampedro, Saramago, Delibes...”. ¿Alguién duda de que Putin es inteligente y astuto? Yo por lo menos no lo dudo. Otra cosa es mi preguntaran por Donald Trump. Desde luego, tonto no es, pero resulta evidente que su nivel intelectual y cultural es paupérrimo. Todo su tiempo lo ha dedicado en acumular dinero y poder y apenas ha tenido tiempo, el pobre, para cultivarse.

Donald Trump encaja a la perfección en el arquetipo del niño rico, consentido y fanfarrón, pero mediocre en los estudios. No logró completar sus estudios universitarios en la Universidad de Fordham, por lo que los padres lo apuntaron en una universidad privada para que consiguiera un título universitario. Este currículo es cada vez más abundante en España y en otros países al albor del crecimiento exponencial de las universidades privadas.
Resulta evidente que en Europa nos estamos acercando cada vez más al modelo económico de capitalismo salvaje de Estados Unidos. Allí donde gobierna la derecha se empobrece la educación y la sanidad pública para que gane terreno la oferta privada. Estamos hablando de muchísimo dinero, pero también de un sistema de justicia e igualdad que ha permitido durante década el funcionamiento del llamado “ascensor social”. Gracias al sistema de becas y la extensión de la educación pública se ha logrado que muchos niños y niñas con talento pudieran acceder a la Universidad y ascender a estamentos sociales superiores hasta entonces limitado para “los hijos e hijas de papá”. Este hecho lo recordaba hace un par de semanas el escritor Antonio Muñoz Molina en su columna de opinión en “El País”. Él era uno de sus niños nacido y criado en una familia de humildes agricultores de la España interior, cuyo destino parecía inexorablemente escrito de antemano. Sin embargo, su maestro, siguiendo la estela de aquel que tuvo Albert Camus, supo reconocer la valía de aquel niño y convenció a sus padres para que continuara sus estudios. Gracias a este maestro, y al propio esfuerzo de Antonio Muñoz Molina, llegó a ser quién hoy día es: uno de los más importantes escritores y pensadores de nuestro país.

Cada vez me gusta más leer los artículos de Antonio Muñoz Molina. Su extenso proceso de madurez intelectual y literaria le ha llevado a desprenderse de lo superfluo y a valorar, cada vez más, la simplicidad. Una simplicidad que no hay que confluir con la simpleza del ignorante, sino con la sabiduría de quien identifica y reconoce el valor de lo esencial. Es por ello que no deja de insistir en la lectura de las obras de Henry David Thoreau, en especial de “Walden”. Este libro es una lección de vida, de una existencia dedicada al descubrimiento del espíritu de su tierra natal, Concord, y al refinamiento de los sentidos para captar la dimensión trascendente de la naturaleza. Entre sus páginas podemos leer lo que H.D. Thoreau buscó en la laguna de Walden y su entorno: “fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentarme sólo a los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que la vida tenía que enseñar, y para no descubrir, cuando tuviera que morir, que no había vivido”.
Este llamamiento a lo esencial, que sólo podemos encontrar a la naturaleza, fue la lección que también aprendió y transmitió Walt Whitman, quien en las últimas líneas de su diario apeló a los verdaderos poetas y literatos para que apartaran a la gente “de sus continuos extravíos y abstracciones enfermizas para conducirla a lo común, divino, original y concreto”. Esto es, a la naturaleza.
El actual desconcierto en el que estamos sumidos no podrá disiparse, para reencontrar el camino, si no somos capaces de reconocer que lo único que logra satisfacernos de forma permanente es el contacto con la naturaleza y el cosmos para extraer sus secretos íntimos. Precisamente hace unos días, escribiendo en la más absoluta soledad en la cala del Desnarigado, pensé que los seres humanos somos al mismo tiempo unos seres insignificantes y un prodigio del cosmos, capaz de concebirlo e imaginarlo. ¡No esto un milagro! Sin embargo, cuán pocos son conscientes de este milagro que es la vida, en especial la existencia reflexiva y expresiva. Sin pensáramos más ello quizá no habría tantas guerras y no contáramos las víctimas de mil en mil sin conmovernos.






