Llevamos tiempo hablando de lo mismo. Del porteo encubierto, del control del tendero que se le encomienda a la Guardia Civil, de las quejas de familias porque no pueden pasar un alimento para sus hogares y la de los empresarios que denuncian el incumplimiento de los requisitos sanitarios o la competencia desleal a los comerciantes locales.
Dando vueltas al mismo círculo sin valentía para romperlo o acogiendo debates en los que los protagonistas solo se miran el ombligo no resolveremos nada ni tendremos una frontera medianamente normalizada.
La frontera, por muy inteligente que dicen que es, funciona a criterio de cada uno y esa subjetividad no puede transformarse en norma. En la frontera no manda lo que está escrito, sino que se funciona según quienes estén en el momento o de acuerdo con el pie que haya puesto primero al levantarse la autoridad.
Tampoco hay un interés real en solucionar lo que pasa. Más bien parece que está habiendo una guerra dialéctica encubierta basada en gustos y querencias.
Partiendo de que uno puede comprar donde le plazca, como los empresarios se pueden ir de vacaciones donde quieran (y que sepa el Caribe, de momento, no es la Ribera), lo que hay que poner sobre la mesa es el eterno debate en torno al régimen de viajeros y el tipo de control que se tiene que aplicar con quienes entran en Ceuta desde Marruecos portando alimentos para su hogar.
Y no, no está claro. La propia Aduanas ha llegado a negar validez a la circular que hace años dio a conocer la Delegación colocando un cartel en la frontera. Y no, los que cruzan con un kilo de chebakia y otro de aceitunas no son porteadores encubiertos que se dediquen a colar 4 dulces de aquella manera para venderlo al público.
No se quiere hablar con la seriedad debida de lo que está pasando, de por qué a quienes entran en Ceuta cuando salen a Marruecos con las compras hechas en nuestras tiendas se las tiran ahogando el turismo marroquí de dinero; o de por qué una madre de familia no se puede llevar su kilo de chebakia a casa porque le parece más buena que la que venden en la puerta de su casa.
Los que tienen la obligación de poner orden en todo esto deben dejar de mirarse al ombligo y perderse en peleas absurdas para empezar a enderezar un Tarajal en el que, según el día, algo se permite o no.
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