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Cuando usas mascarilla y no estamos en pandemia

Hace unos años, cuando aún era laboralmente activa a pesar de mi enfermedad, fui a una reunión de trabajo a Santiago de Compostela, era un frío mes de febrero y a la vuelta, estaba en el andén de la estación, esperando la llegada del tren que me llevaría de nuevo a mi ciudad, llevaba puesta mi mascarilla de alta protección y los ojos de todas las personas estaban puestos en mí, algunos me miraban descaradamente, sin el menor pudor, otros apartaban la mirada cuando sus ojos se encontraban con los míos y entonces, ocurrió algo inesperado. De repente, una joven empleada del servicio "ATENDO" de RENFE que por supuesto yo no había solicitado, se acercó a mí y amablemente me preguntó si necesitaba algo, le di las gracias y le dije que no, que pensaba que en aquel momento no me podía ayudar y le expliqué brevemente lo que suponía tener una sensibilidad química múltiple y los problemas que conlleva, ante mi sorpresa, me indicó cual consideraba ella que sería el mejor vagón para mí y lo que tenía que hacer las siguientes veces que viajara, demostrando además su empatía permaneciendo conmigo hasta que llegó mi tren y acompañándome hasta el vagón. Cuando recuerdo aquellos momentos, lo hago con el cariño y agradecimiento que sólo las personas que han pasado por situaciones semejantes pueden entender.

Desde entonces solo volví a viajar dos veces más en tren (hoy para mí ya es algo inviable), pero en ambas solicité el servicio "ATENDO", facilitaron mi estancia en la estación, "aislándome" en lo posible del resto de viajeros, transportaron mi maleta, me acompañaron al vagón, me dejaron en el asiento correspondiente, me llamaron por teléfono durante el trayecto, para asegurarse de que todo iba bien y al llegar a mi destino, subieron a buscarme, recogieron mi maleta y me acompañaron hasta la salida de la estación.

Pero lo cierto es que por desgracia no todas las personas son tan amables ni tan empáticas, llevar una mascarilla durante una pandemia es fácil, porque todo el mundo la lleva, pero hacerlo 365 días al año, el resto de tu vida se hace más cuesta arriba, sobre todo para algunas personas a las que les resulta más difícil "asumir" su enfermedad y sobre todo, soportar las miradas y por qué no decirlo, las burlas de algunos desaprensivos.

Recuerdo una anécdota de la que suelo reírme y que ocurrió poco tiempo después. Iba por una calle de mi ciudad con aceras estrechas en las que solo caben dos personas y como siempre que salgo de casa (mi lugar seguro, en el que hago un estricto control ambiental sin productos químicos), llevaba puesta mi mascarilla de alta protección y un señor mayor se puso delante de mí impidiéndome el paso a la vez que me decía: "hey nena, con ese bozo non poderás comelo caldo", o lo que viene a ser lo mismo, "hey nena, con esa mascarilla (por no decir bozal, que sería la traducción más exacta) no podrás comer el caldo". ¿Se imaginan que esto le ocurriera a una de esas personas que tienen miedo a salir a la calle con su mascarilla puesta?. Quizás no volverían a usarla aún sabiendo que cada exposición a productos químicos va a hacer avanzar su enfermedad, simplemente para no tener que pasar por situaciones que les pueden resultar extremadamente incómodas.

Hace unos meses un conocido periodista canadiense, se sorprendía de que en su país, se pidiera a los ciudadanos que no usaran fragancias cuando acudían a edificios públicos, sin embargo, la Comisión Canadiense de Derechos Humanos considera que la sensibilidad química múltiple es una discapacidad y hay que proteger a quienes la padecen, allí hasta los hospitales están libres de fragancias, algo impensable en España, donde algunas Comunidades Autónomas incluso ponen pegas a la hora de aplicar un simple protocolo para la atención de estos enfermos.

No cabe duda de que nos queda aún mucho camino por andar, camino en el que los enfermos han de perder el miedo a hablar de su enfermedad y a llevar la mascarilla de alta protección puesta cuando salen a la calle, los centros sanitarios han de aprender a atender correctamente sus necesidades, y la población en general, debe aprender a poner los medios necesarios para conseguir una sociedad inclusiva en la que desaparezcan no solo las barreras arquitectónicas, sino también las ambientales. Así que por favor, la próxima vez que se crucen por la calle con un enfermo de sensibilidad química múltiple que lleva mascarilla, no tengan miedo, no es contagioso, la utiliza para protegerse de los productos químicos que le dañan y que usan los demás, no se rían de él ni se queden mirándole, porque esta enfermedad que es cada vez más frecuente, afecta ya a un 15 % de personas en todo el mundo y mañana, tal vez sean ustedes mismos los que tengan que usarla los 365 días del año el resto de su vida.

María Argentina Rey Fernández (Médico afectada de SQM)

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