Somos vulnerables aunque nos creamos invencibles. Nuestra fragilidad nos condiciona hasta un extremo imprevisible y los avatares circunstanciales pueden cambiarnos la vida en unos segundos.
Hacemos planes, previsiones, proyectos, escribimos en la agenda asuntos para dejarlos resueltos: la compra, hacer comida, dos llamadas telefónicas, corregir exámenes, ir a una reunión, una cita médica, visitar al asesor asignado por tu banco y un etcétera. Todo listo para comenzar la jornada.
Yo tengo un callo en el pie, algo habitual para mucha gente y que tiene fácil remedio: ir al callista.
Sometido y secuestrado por el dolor que muchos de ustedes conoceran porque callos tiene todo hijo de vecino, tuve que buscar un podólogo con carácter urgente. Hay que esperar cita y ésta no es inmediata, requiere un turno, un día, una hora y esperar que te atiendan sentado en el banco de la paciencia.
El callo fue a peor, veía las estrellas cada vez que daba un paso. Cojeaba, andaba a trompicones pensando en el paso siguiente. Los apósitos, las curas con el agua y sal, una crema especial para ablandar ese dedo hinchado y enrojecido que me hacía morir a cada paso.
Busqué información, el dolor me paralizaba y tenía que saber... El término médico para un callo es heloma o tiloma, y se refiere a una hiperqueratosis localizada (engrosamiento de la piel) provocada por presión o fricción repetitiva.
Pensé en el podólogo una y mil veces esperando la cita, pero mi gozo en un pozo. Al no tener mucha experiencia y no ser diestro en el tema me hizo un pequeño corte en el dedo meñique afectado, el quinto dedo. Salí de la clínica con lágrimas en los ojos, sentía que el dolor se irradiaba por todo el pie y, de esta guisa, la mejoría esperada se quedó en agua de borrajas.
Al día siguiente volví a la clínica podológica; está vez el podólogo de turno era más ducho en la materia y supo arreglarme el entuerto de la escabechina.
Un callo, un grano en la nariz, el padrastro en una uña, un talón agrietado por la sequedad de la piel, un orzuelo, los típicos sabañones del invierno, “el mal de la suegra” (es el nombre popular que se le da al dolor intenso, punzante y eléctrico que se siente en el codo al golpearse accidentalmente el nervio cubital), una tendinitis, la tortícolis, rajarse un dedo cortando jamón, un calambre, una espina en la garganta, morderse la lengua..
¿Cómo todas estas inclemencias pueden acaparar la mente? Con qué facilidad nos quedamos noqueados dándole vueltas y vueltas a una molestia que nos paraliza.
Esta vez fue un callo lo que me trajo por la calle de la amargura.
Con el susto del terremoto se me pasaron los dolores del quinto dedo justo durante una hora, y es que el miedo es mano de santo para calmar cualquier molestia.
Lo mismo escribo un libro que relacione un callo con la filosofía: “pensar sobre un callo”.
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