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Cuando proteger a una hija incomoda

Por Milagros Nadia García Mateos
15/02/2026 - 23:56
cuando-proteger-hija-incomoda
Imagen de archivo

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Me dijo que me tenía anotada en su agenda como “la famosa”. Yo fui a hablar de mi hija.

La frase llegó después de explicarme que no había podido atenderme antes por cuestiones personales. Lo entendí. Lo que no siempre se comprende con la misma urgencia por parte de la Administración es lo que implica que una hija esté en situación de vulnerabilidad.

No empezamos hablando de mi hija, no.

No empezamos hablando del intento de salir por la ventana de un segundo piso.

No hablamos de las agresiones sufridas en el recreo.

No hablamos del reconocimiento formal de un cambio de modalidad educativa.

Hablamos de mi rueda de prensa. La tenía preparada en la pantalla de su ordenador.

Me sugirió —sin que yo hubiera pedido consejo alguno— que lo primero que debía hacer era pedir disculpas al profesorado. Me explicó con tono corrector la diferencia entre modalidad educativa y cambio de centro escolar. Cuando respondí que conocía perfectamente esa diferencia, la réplica fue: “Sí, usted sabe demasiado”. También se me recordó que ya se me había dedicado “mucho tiempo”, cuando señalé que aquella era mi sexta reunión porque aún necesitaba ser escuchada.

Quizá ahí esté el verdadero problema.

Que las familias sabemos demasiado.

Sabemos lo que significa esperar durante años un recurso que nunca llega. Sabemos lo que son apoyos claramente insuficientes o inadecuados. Sabemos lo que implica que te aseguren que tu hija está “bien atendida” mientras, al mismo tiempo, se acepta por escrito que necesita un cambio de modalidad educativa.

Sabemos lo que es convivir con un riesgo real y volver cada día a casa preguntándote si mañana todo seguirá en pie. Sabemos demasiado porque la experiencia nos ha obligado a aprender.

Quiero ser clara: estoy profundamente agradecida a los profesionales del centro que han cuidado de mi hija con dedicación y afecto. Ese esfuerzo existe y es valioso. Pero el compromiso individual no sustituye los derechos ni las obligaciones que la ley impone a la Administración. El sobreesfuerzo personal es admirable; convertirlo en el único sostén del sistema no lo es. Lo excepcional no puede transformarse en norma cuando está en juego la seguridad y el desarrollo de una menor.

Defender derechos no equivale a atacar a nadie.

Exigir coherencia administrativa no desacredita a los profesionales.

Solicitar resoluciones motivadas por escrito no es rebeldía: es una garantía básica del Estado de Derecho.

Porque hay algo que también conviene decir con claridad: la función de la inspección educativa no es situar a las familias frente a los profesionales como si se tratara de bandos enfrentados, ni convertir un problema estructural en un conflicto interpersonal. Cuando quien tiene la obligación de supervisar, corregir y garantizar derechos desplaza el foco hacia la “exposición mediática” o hacia el malestar interno del centro, no está protegiendo a nadie: está eludiendo su propia responsabilidad. La autoridad institucional no se afirma desde el orgullo herido ni desde la lógica de trincheras, sino desde la capacidad de asumir decisiones, motivarlas por escrito y sostenerlas con rigor. Todo lo demás es una forma elegante de mirar hacia otro lado.

La educación inclusiva es un principio legítimo y deseable. Pero no puede convertirse en una consigna vacía ni en un argumento automático para prolongar situaciones que han demostrado no ser adecuadas. Cuando la propia Administración reconoce la necesidad de un cambio de modalidad, está admitiendo que la respuesta previa no era suficiente. Sostener al mismo tiempo que todo funciona correctamente no es una cuestión semántica: es una contradicción. Y las contradicciones, en Derecho, deben motivarse.

Las familias con hijos e hijas con necesidades educativas especiales no buscamos notoriedad.

Buscamos seguridad para nuestros hijos e hijas.

No buscamos confrontación.

Buscamos coherencia administrativa.

No buscamos privilegios.

Pedimos que el interés superior del menor sea un criterio real de actuación, no una fórmula retórica ni un trámite administrativo supeditado a calendarios inamovibles o a la falta de voluntad.

Si exigir eso me convierte en “famosa”, aceptaré el término con serenidad.

Pero conviene recordar algo, cuando una madre - como tantas otras en las últimas semanas - acude a los medios, registra escritos formales y solicita amparo institucional, no lo hace por impulso ni por protagonismo. Lo hace cuando las vías ordinarias no han ofrecido una respuesta suficiente.

La confianza en las instituciones no se exige; se construye. Y se construye con transparencia, con resoluciones fundamentadas y con decisiones coherentes. Si esas decisiones no llegan, el ordenamiento jurídico prevé mecanismos para garantizarlas. No como amenaza, sino como garantía del Estado de Derecho que nos protege a todos y todas.

Porque esto no trata de fama.

Trata de que ninguna familia tenga que elegir entre el silencio cómodo o la exposición pública para que se garantice algo tan básico como la seguridad, la dignidad y los derechos fundamentales de una menor.

No somos “famosas” por azar.

Somos madres y padres que aprendimos demasiado porque no nos quedó otra opción.

Y mientras exista una vía legal, mientras exista un recurso posible, mientras exista esperanza, seguiremos hablando, reclamando y registrando. No por protagonismo, sino porque nadie debería volverse invisible cuando su vida y sus derechos están en juego.

Porque al final no se trata de una reunión, ni de un término desafortunado, ni siquiera de una madre concreta señalada como “la famosa”. Se trata de qué tipo de sistema queremos sostener: uno que reacciona cuando se le incomoda o uno que actúa antes de que sea imprescindible alzar la voz. Las instituciones se fortalecen cuando escuchan, cuando corrigen, cuando reconocen que pueden hacerlo mejor. Y la verdadera normalidad llegará el día en que ninguna familia tenga que aprender derecho administrativo para proteger a su hija. Ese día no habrá “famosas”. Habrá, simplemente, derechos garantizados.

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