En Sevilla, pregunté por él y me dieron la noticia de que, como otros compañeros de Universidad, había muerto. Este bisiesto tiene mandanga. La vieja orla de aquella promoción que nunca quise colgar en ninguna pared, con tantas ausencias ya va pareciendo un cementerio de nichos profanados. Fue un ser algo especial. Sabía escribir y le sobraba ironía y algo de mala leche; tal vez por eso las revistas de Facultades se lo rifaban. Firmó siempre con un seudónimo, ‘El Marqués del Grifo’, y como rúbrica, dibujaba este artilugio que más parecía un pene en decadencia. Procedía de tierras extremeñas y gozaba grabándoles a sus paisanos antiguos romances y leyendas, muchas tan escalofriantes que, conseguía meternos el miedo en el cuerpo y sobre todo los de apariciones misteriosas, comola que leo en Juan José Millás, que lo mismo puede ser un hecho real o un mero recurso literario.
Cuenta el escritor que hallándose en unos grandes almacenes, en la sección de ‘Caballero’, intentando encontrar en los más hondo de los bolsillos de una gabardina, la etiqueta que le indicase talla y precio, fue cuando el atento dependiente, de esos que se funden con nuestra propia sombra, se le acercó, murmurándole al oído algo que le costó entender:
- “No mire.... no vuelva la cabeza, pero alguien le está siguiendo...”
Conozco a Millás y supongo que el balbuceo de aquel maniquí parlante, incrementaría su inquietud de desobedecer al que le continuaba avisando:
- “Por favor, no mire... no mire...; es un tipo delgado, alto,... lleva una trenca oscura... no mire.”
Al oir aquellos datos, Millás cree recordar que, en efecto, cuando él deambulaba por la sección de pantalones y camisería, alguien se le hizo sospechoso, sintiéndose como observado. Su mente entró en un proceso de desesperación, sin saber si sería mejor bajar por las escaleras automáticas, tomar el ascensor o recurrir a la salida de emergencia. De un lado para otro, sin brújula que, emocionalmente , lo orientase, al final alcanzó la calle, cambió de acera, cruzó la calzada como pudo, con la idea permanente de que el misterioso ser continuaba siguiéndolo. Con sorpresa, se vió, de nuevo, en los mismos almacenes de donde había partido. Creyó que era la ocasión para volver el rostro y desenmascarar al desconocido. No había nadie. Subió a la planta de donde arrancó el embrollo, buscó con ansias al dependiente, preguntó por él, mas nadie dio señales de su existencia. Y el escritor concluye que, pese a todo, tiene conciencia de que el individuo de la trenca oscura, continúa persiguiéndolo, aunque ahora lo haga en versión metafísica.
Mas confieso que este relato, que me ha hecho recordar los que contaba mi amigo ‘El Marqués’, guarda más relación con un cuentecillo de Pedro Antonio de Alarcón, que el granadino tituló ‘La mujer alta’ y que, posiblemente, tomara del rico folklore marroquí, cuando trabajaba de cronista de guerra por estas tierras. También el protagonista se siente perseguido por unos pasos sordos de alguien que asoma la cabeza sobre su hombro, no logrando descifrar si se trata de un hombre o de una mujer. Al final, el lector sabrá que aquella misteriosa figura lo perseguía para comunicarle la muerte repentina de su padre.
Anotaré, por último, que mi amigo Salomón Hachuel me contó que durante una lluviosa madrugada tetuaní, tuvo la experiencia escalofriante de una aparición repentina de alguien que dudaba si fuera un hombre, aunque disfrazado de vieja. Fue quien le obligó a correr por la calle de la Luneta, para desaparecer en uno de sus recovecos, dejando en el silencio de la noche, el sonido del chapoteo que hacía las pisadas sobre los charcos, como hacen ciertos animales cuando huyen despavoridos. Salomón me aseguraba que aquel monstruo no era otro que “Aicha Kandicha”, una de las leyendas urbanas que, aún hoy, causa espanto y hasta es innombrable.





