Un día, sin más, te das cuenta que tu presencia en el mundo es prescindible. Nadie se da cuenta si estás o no estás, si vienes o te vas, si hablas o decides callarte. Durarás un segundo en todas partes y en todas circunstancias, te sentirás tratado como una cosa que utilizarán algunos cuando les hagas falta. Luego volverás a ser nada, a caminar sin ser visto, a escribir sin ser leído, a llorar en silencio perdido en una tristeza indefinida que no podrás comunicar.
Ser cosa, ser tratado por otros como una posibilidad de lograr sus objetivos...y luego, nada, una nada atormentada por la oscuridad del vacío, por el desamor, por los recuerdos que ya no existen, por la vejez, por ser apartado definitivamente mientras esperas la muerte.
Te irás pero nadie notará tu ausencia, estarás, pero serás invisible, lucharás, pero la derrota llegará cuando menos te lo esperas.
Los amigos se irán difuminando y solo quedarán sus nombres, las calles cambiarán de sitio, las ciudades en las que viviste serán otras ciudades; las verás lejanas, extrañas, irreconocibles porque ya son distintas, porque tú eres otro y porque comienzas a confundir el tiempo, el espacio, la realidad y la vida.
Somos cosas que pasan, que no se detienen, que no dejan huella. Somos amaneceres que anochecen, atardeceres de verano, inviernos otoñales que no volverán a ser primavera.
Estamos llenos de sueños: fuertes, invulnerables, poderosos y eternos. Descubriremos que todo dura un instante fugaz.
Enjaulados nos creemos libres, controlados nos sabemos con criterios propios y manipulados pensaremos que tomamos decisiones oportunas.
Nadie nos echará de menos, seremos nada en ningún lugar del universo.
Seguir, buscar la felicidad, ser tú, aprovechar que estás contigo, no ofrecer resistencia a la fuerza del río, a la tempestad, al mar embravecido.
Despedirse de todos sin despedirse y marcharse como si nunca hubieras estado.






