La corrupción política en España no entiende de ideologías ni de siglas. Desde hace décadas, los principales partidos han protagonizado escándalos que han minado la confianza ciudadana en las instituciones. Y no, no es una cuestión exclusiva del Partido Popular, del PSOE o de cualquier formación de turno: la podredumbre ha salpicado a prácticamente todos aquellos que han ostentado poder durante un tiempo prolongado.
Por supuesto, yo tengo claros mis ideales y me mantengo firme en la izquierda. Jamás votaré al PP, cada vez más alineado con la ultraderecha de Vox, ni a nada que se le parezca. No obstante, eso no me impide reconocer una verdad incómoda: en la política española, y en particular en la de Ceuta, la mayoría de los que nos representan no están a la altura. La mediocridad, el amiguismo y la incapacidad de resolver problemas reales superan, con demasiada frecuencia, a la vocación de servicio público.
Los escándalos de corrupción no son simples anécdotas: roban recursos que podrían mejorar hospitales, escuelas o infraestructuras, pero también roban algo intangible y mucho más difícil de recuperar: la fe de la ciudadanía en que las cosas pueden cambiar. Esa desconfianza crónica es el terreno fértil en el que germinan la abstención, el populismo barato y las propuestas extremas que dividen a la sociedad.
En Ceuta, donde los problemas de convivencia, empleo y gestión son especialmente sensibles, la falta de políticos competentes y y que digan la verdad se nota en cada rincón.
Mientras la gente de a pie lucha por llegar a fin de mes, los partidos se enredan en disputas personales y estrategias electorales que nada tienen que ver con el bienestar común.
Reconocer que la corrupción es transversal no significa renunciar a los principios, sino exigir más a los que dicen representarnos. No se trata solo de elegir entre izquierda o derecha, sino de apostar por personas íntegras, transparentes y con la capacidad real de gobernar para todos. Porque si no se cambia el fondo y la forma, la política seguirá siendo un escaparate para los intereses privados, y la ciudadanía seguirá siendo la gran perdedora.






