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El corazón henchido de ese soldado siempre solícito entre la piedad y el incienso

Por Alfonso José Jiménez Maroto
31/03/2026 - 10:54
corazon-henchido-soldado-siempre-solicito-piedad-incienso-1
Imágenes cedidas

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Cuando el estrépito de los tambores y el incienso se mezcla con la acústica de la cadencia sublime del paso firme, no solo procesionan imágenes consagradas, también lo hace la Historia de los Ejércitos de España que hunde sus raíces en siglos de devoción. De este modo, sus hombres y mujeres, no acompañan la Semana Santa o Semana Mayor Católica como mero espectadores, sino como partes vivas de ella. Sin ir más lejos, para los militares cada desfile procesional no es solo un página ceremonial de otras tantas, sino el reencuentro con la fe que los conduce y con el pueblo al que sirven: una tradición centenaria que no se impone, se concibe.

Luego, los nexos de unión entre el Ejército y la religión católica se encumbra a los pies de la Reconquista (722-1492). Por aquel entonces, el soldado español no solo protegía y salvaguardaba un sinfín de territorios, sino también la fe. La estampa del ‘Soldado de Dios’ acabó afianzándose en un continente punteado por las cruzadas, pero sería en la Península donde esta similitud se convirtió en la razón de ser del alma militar.

Y es que la guerra no solo comprendía el aspecto íntegramente geográfico, sino también la esfera espiritual. Los reinos cristianos combatían contra la influencia musulmana y esa colisión se proyectó como una misión religiosa. El objetivo no era solo reconquistar tierras, sino devolver la fe cristiana. De hecho, los Reyes Católicos (Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón), fundamentalmente, Isabel la Católica (1451-1504), vigorizaron ese engranaje. En esta tesitura, se inspiró un enfoque conjugado de España donde corona, cruz y espada iban asidos de la mano.

Queda claro, que durante centurias, las tropas hispanas lucharon bajo estandartes, gallardetes y pendones y además, acudían a misa antes de cada acción en campaña y depositaban su destino genuino al amparo divino.

En este entorno y como denominador habitual, la conjunción de Cuerpos y Armas con las respectivas corporaciones de culto y procesión, han persistido en los trechos asentado en su génesis como patrocinio en los desfiles procesionales, donde los valores cristianos como la obediencia, el sacrificio y el servicio irradiados en la Liturgia de la Semana Santa, hallaron su plasmación en el relato castrense. Hasta el punto, que desde tiempos inmemoriales se convirtiera en una constante vital para que grupos militares ofrecieran cortejo a las congregaciones religiosas.

"He aquí, a un Ejército que encumbra una herencia enraizada y la hace espiritual como parte de su retrato excelso, portando imágenes, custodiando pasos o incluyendo bandas de música"

Posteriormente, en la segunda etapa moderada del reinado de Isabel II (1830-1904), distinguida como la Década Moderada (1844-1854), fue un período crucial en la fijación del Estado Liberal resuelto por el influjo del Partido Moderado y el apoyo de la Corona. Sin inmiscuir, que en los vínculos Iglesia-Estado se sondeó el restablecimiento con la Iglesia Católica, aconteciendo en el Concordato de 1851 que atajó la venta de bienes eclesiásticos y avaló el presupuesto para el culto y el clero.

Aunque la fluctuación política proseguiría, este espacio conquistó la disposición de un Estado centralizado y el fortalecimiento de la burguesía terrateniente como fuerza imperante. Pero sobre todo, se origina el florecimiento sustancial de la Semana Santa, entre otros componentes, por el protagonismo de la burguesía, el aliciente de los visitantes extranjeros y el citado Concordato de la Sente Sede. Años más tarde y tras el fin de la Guerra Civil Española (1936-1939) en la que como es sabido se destruyen decenas de iglesias y edificios religiosos, las cofradías contraen como criterio extendido el porte militar y comienzan a darse lazos y digamos que engarces, porque tras el conflicto bélico, el legado cofrade queda arrasado y las hermandades exploraron de alguna manera aproximarse al beneplácito militar.

Paulatinamente y en coyunturas hostiles, muchos soldados se hacían hermanos. Lógica por la que en estas cofradías se evidencia la simbología militar. Lo que es innegable que este raigambre permaneció y hoy es el fundamento que con el transcurrir de los tiempos proporcionaría lo que vemos nutrido de símbolos, mística y tradición incardinadas en esta Historia decana: un Ejército que no solo avanza solemnemente, sino que encumbra una herencia enraizada y la hace espiritual como parte de su retrato excelso, portando imágenes, custodiando pasos o incluyendo bandas de música.

Esta participación además de estar regulada, se formaliza de modo institucional y cuenta con un respaldo popular considerable. Se trata nada más y nada menos, que una expresión de solemnidad en el culto y cohesión social, donde el Ejército comparte con la ciudadanía un espacio de recogimiento y simbolismo nacional.

No cabe duda, que la penitencia pascual se ha incrustado en la praxis cultural del Pueblo de España, armonizándose con ella la identidad común de los Ejércitos, hasta concederle al culto católico el carácter de Estado. En nuestros días, una pieza clave de proximidad, identidad y confluencia en el sentimiento patrio de las Fuerzas Armadas. Amén, que en ocasiones supone cierto desagrado para quienes rechazan esta contribución militar en los acompañamientos procesionales.

Un debate promovido al entrar en colisión con el principio de aconfesionalidad del Estado. Y por ende, al descarte en actos religiosos de instituciones estatales como las Fuerzas Armadas. Dando lugar a la confusión y tal vez, a un grado de oscurantismo con respecto a la normativa en vigor. Por momentos, extrayendo una valoración equívoca que esta colaboración vulnera lo explícito, cuando el artículo 16.3 de la Constitución Española lo determina de manera irrefutable.

Es imprescindible esclarecer que la aconfesionalidad del Estado entraña neutralidad en lo religioso, pero no suprime las necesarias relaciones de cooperación, ya que dicha aconfesionalidad no conjetura la laicidad de otros estados de nuestro escenario.

En otras palabras: el Estado no debería imposibilitar cualquier asistencia de organismos estatales en ceremonias religiosas. Pero para eludir posibles tergiversaciones que pudiesen derivarse, pronto se dispuso de una norma que agrupara y codificara este derecho.

"Para los miembros de las Fuerzas Armadas cada desfile procesional no es solo un página ceremonial de otras tantas, sino el reencuentro con la fe que los conduce y con el pueblo al que sirven: una tradición centenaria que no se impone, se concibe"

Con tal propósito se publicó el Real Decreto 684/2010, de 20 de mayo, por el que se aprueba el Reglamento de Honores Militares, que en su Disposición Adicional cuarta punto 2, que hace referencia a la participación en actos religiosos, establece que “cuando se autoricen comisiones, escoltas o piquetes para asistir a celebraciones de carácter religioso con tradicional participación castrense, se respetará el ejercicio del derecho a la libertad religiosa y, en consecuencia, la asistencia y participación en los actos tendrá carácter voluntario”.

Efectivamente, nuestros soldados, partiendo de la decisión personal a la hora de participar en las procesiones, no entran en contradicción con los deberes de la Honrosa Carrera de las Armas, sino que por el contrario, contribuyen a la unidad de vida y acción común, adoctrinándose en el crecimiento continuo de las virtudes espirituales, para dignificar el cumplimiento de los preceptos constitucionales en consonancia a la defensa, la libertad y la seguridad de España.

Así, el estamento castrense difícilmente ha olvidado sus raíces, al refrendar una parte de esta memoria fuertemente vinculada que compagina tradición, cultura e historia y que como no podía ser de otra manera, retroalimenta la piedad popular, al constatarse la integración y excelente sintonía que confluye entre el ejército y la sociedad.

Finalmente, su aportación siempre presta, esmerada y aplicada que hace icónica, no solo encumbra y dignifica su pasado, sino que tonifica su conexión con la sociedad que defiende. Tanto la marcha meticulosa o el silencio condescendiente, forman parte del testimonio denodado de fe que junto a la disciplina, el respeto, el servicio y la lealtad a España, hacen más apasionado el latir de los corazones de estos soldados.

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