Opinión

Comidas de guerra

H ará algo así como tres años e investigando el pasado de mi familia fui desempolvando historias que permanecían ocultas bajo la amarillenta pátina del tiempo.

Mi tía Adela, al saber de mi afición por la escritura, me cedió unas carpetas que habían pasado de mano en mano. Las guardaba en un baúl abandonado a su suerte, un baúl de arretrancos que terminan de servir para nada pero, por algún motivo, pasan a tener una existencia ignorada hasta que alguien abre y encuentra piezas de un rompecabezas que te van dando claves para interpretar el jeroglífico de nuestro árbol genealógico: figuras del belén, una muñeca sin un ojo, recordatorios de comunión, libro de calificaciones, mechones de cabello hilados entre ellos, el San Pancracio y cartas de amor escritas con una caligrafía impecable; en el matasellos se leía “quinto año de la victoria”. Después de la guerra todos eran años de la victoria para los ganadores. No encontré en ningún matasellos “Quinto año de la derrota”.

Mi tía Adela, que es mi segunda madre, me dijo: mira esas carpetas a ver si te sirven. En una de ellas, con letras borradas y esparcidas en una tinta difuminada vi una colección de recetas escritas a mano. No las conté, pero empecé a leerlas, estudiar los dibujos, los ingredientes y los nombres de las comidas desconocidas en los fogones de nuestros días.

RECETAS DE GUERRA. Así encabezaba el cuaderno hecho a mano por un antepasado. Sabía que rondaría el año 1890 pues en algunas anotaciones en los márgenes, a modo de clave, aparecían reseñas sobre cumpleaños, costumbres, letras de canciones que aderezaban los pucheros en los fogones de los tiempos de Maricastaña.

La sopa de bacalao llevaba unas agallas secas, dos ñoras, una patata y una cabeza de ajo. Una vez que hervía durante unas dos horas de le echaba el arroz trillado.

Sopa de tomate: un kilo de tomates a punto de estar podridos, pan de cuatro días, aceite, dos dientes de ajo, todo machacado con el mortero. Se enfriaba con el hielo comprado en barras para neveras que enfriaban con el depósito lleno. Era un manjar para los veranos de Santa Pola.

Sardinas a la puerta: Con papel de estraza se colocaban las sardinas saladas en el quicio de una puerta y se destripaba el pescado de un portazo.De guarnición una cebolla y unas aceitunas secas aderezadas con comino y orégano (esas también las hacía mi abuelo Carlos).

Caldo de mondas: con las pieles de patatas, plátanos, pepino y zanahoria se hacía un caldo amarillo. Un huevo estofado al caldo y fideos al gusto.

Desayuno del jornalero: Pan migrado con leche. Luego se le añadían cacahuetes y dátiles y miel (si había).

Esas recetas de guerra, esos guisos del hambre me llevaron a reflexionar sobre la pobreza llena de ingenio, la deconstrucción, la imaginación para salir adelante y dejar el hambre agazapada para que no entrara a las casas.

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