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De colores

Por Septem Nostra
06/12/2025 - 04:30
colores-colaboracion-septem-nostra
Imagen cedida

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La apostasía generalizada que asola nuestras sociedades modernas está dejando sin fundamento de vida y defensas a muchos seres humanos. Es difícil entender este grave problema, tan confundido con otros males sociales y analizado desde muchas ópticas que tratan de dar una explicación parcial a un problema generalizado sobre la rápida descomposición de las esencias del hombre y la mujer en los dos últimos siglos. Por lo tanto, los males y problemas de nuestras sociedades —los trastornos psicológicos, las insatisfacciones vitales, el dolor y la angustia, los miedos, las ansiedades, los desequilibrios económicos, la falta de reparto de la riqueza material, el desapego de la naturaleza, el consumo exacerbado de bienes materiales, los vicios alimenticios y sexuales, el aumento de la violencia generalizada, el incremento del consumo de drogas, la epidemia de divorcios, la impaciencia patológica, la necesidad de inmediatez, el abuso de las pantallas digitales, los suicidios y el consumo de ansiolíticos, las guerras, los abortos, la obsesión con el aumento de la esperanza de vida, la búsqueda de la eterna juventud, las obsesiones deportivas y el culto al cuerpo, el abandono de los ancianos, la falta de compromiso y de sacrificio en beneficio de empresas elevadas, y muchos más— son consecuencia directa de haber expulsado a Dios de nuestras vidas.

El camino de la apostasía se ha estado fraguando en el corazón del ser humano desde el principio: la desobediencia al Creador, deseando y eligiendo vivir esta existencia terrenal plenamente alejados de la Fuente de la que mana la única agua que calma la sed interior. Cierto es que el racionalismo ha intentado superar a Dios implantando una ética laica desapegada de las religiones, reinventando valores ya existentes en la ley natural, interpretando los evangelios a la luz del racionalismo filosófico y apelando constantemente a los males del mundo para desacreditar las religiones, acusando al Altísimo de todo lo malo que acontece a nuestro alrededor.

Los evangelios solo pueden ser interpretados sobrenaturalmente para que sean vividos en la intensidad necesaria, lo cual no invalida todas las pruebas de autenticidad sobre ellos. No podemos acercarnos a la verdad revelada a nuestra manera, sino más bien a la suya, pues Él conoce nuestra naturaleza y nos invita a estar pegados a su majestad para superar el mundo. La negación de la existencia de Jesucristo en la historia es una estupidez insostenible intelectualmente; pero sí se afirma absurdamente que Jesús de Nazaret solo fue un iluminado más, con buenas intenciones, pero en ningún caso fue la encarnación de la segunda persona de la Santísima Trinidad. Esta es la pose racionalista más extendida: el empeño de muchos por desacreditar los Santos Evangelios y las propias enseñanzas del Señor.

Muchos acuden al desarrollo científico para justificar su ateísmo irracional. Es una forma absurda de apartarse de Dios, ya que la ciencia no puede demostrar su existencia, sino solo presuponerla en base a todas las leyes descubiertas —puesto que ya existían— y que rigen el mundo material, y también en tantas cosas que desconocen y están fuera del alcance del método científico, y en otras que conoce lo suficiente como para no poder imputarlas a una casualidad. Los que han caído en la trampa del cientificismo ateo pero siguen teniendo hambre de trascendencia se deslizan por el gnosticismo, que casa más con su fe racional o encaja mejor con su forma de ver el mundo; también se convierten en deístas inventando un Dios a la medida que más les conviene. De estos hay muchos que no saben lo que son en realidad: un Dios energético universal. Abandonan las revelaciones judeocristianas tildándolas de poco creíbles. Son víctimas de un astuto juego demoníaco para negar las revelaciones y la sana doctrina, haciendo creer que no existen los novísimos (la separación del alma del cuerpo, el juicio particular, la purificación de los imperfectos en el amor, la gloria directa para los santos o la separación eterna de Dios en el infierno). Por supuesto, muchos, a pesar de no conocer nada sobre la teología de los doctores de la Iglesia, los toman a todos, junto a los santos, por una pandilla de histéricos siguiendo a un carpintero que solo hablaba de amor. ¿Qué será eso del amor? ¿Por qué hablan tanto los católicos sobre este tema? ¿Y qué significa realmente este manoseado y vilipendiado término, bien declinado en la boca de los que siguen al Señor de la vida en Espíritu y Verdad?

En primer lugar, una buena lección para los deístas y todos los racionalistas de medio pelo, pues se trata de la mayor fuerza intangible del Universo. No se puede medir con aparatos físicos y no se puede explicar —como los pensamientos o la literatura y tantas expresiones del arte y la creatividad humanas— con ninguna de las cuatro fuerzas que dominan el mundo físico: a saber, la gravedad, la electromagnética, la nuclear débil y la nuclear fuerte. Esto bastaría para plantearse seriamente la trascendencia, pues solo se entiende en términos teológicos y en la humanidad. El amor es entrega y compromiso; lo supera todo y perdona rápidamente, no tiene apegos ni egoísmos y es la expresión más pura del corazón del ser humano, pues nada espera a cambio. Ni un solo pensamiento humano tiene una explicación científica medible, mucho menos el amor: algo tan misterioso, opuesto al mal y que arrastra multitudes. Es esta fuerza invisible e incomprensible la que proporciona los mejores colores a los actos altruistas de los seres humanos, y la única fuerza con capacidad para llenar las vidas. Por ello, todo lo debemos hacer con amor, y en ello ya reconocemos muchos grados en el amor. No obstante, el mayor grado es profesado a Dios y al prójimo.

Y aquí se enmarca el movimiento de los Cursillos de Cristiandad, un grupo de locos de Dios (como afirmaba Platón, es la mejor locura de todas) que no se detienen ante nada para llevar el mensaje de amor de Jesús de Nazaret. Entregan una parte de sus vidas para que otros conozcan su mensaje, y el Señor los proteja con su luz.

Los cursillos son un antídoto contra los prejuicios adquiridos y las infecciones provocadas por la apostasía, y todo ello de forma sencilla pero contundente y sin ambages. Es un ejército de la Iglesia bien organizado y dispuesto para ofrecer la oportunidad de acercarse a los sacramentos y vivir la espiritualidad católica del amor de Dios. Los católicos tenemos una gran responsabilidad ante el Altísimo, pues nos ha concedido el don de la filiación divina a través del bautismo y cubierto nuestras necesidades con los sacramentos de la penitencia y la Eucaristía. Jesús se quedó con nosotros escondido en los sagrarios; no nos abandona a nuestra suerte en este mundo caótico lleno de maldades. Somos guerreros del Cielo en este mundo para ser luz entre las tinieblas, pero no basta con el bautismo: la tibieza y el alejamiento de la Santa Iglesia Católica nos convierten en guerreros caídos, prisioneros del mal, inservibles para sembrar el reino del amor. Debemos entender que somos instrumentos de reparación eucarística para que, a través de esta fidelidad en gracia y sacramental, el Señor salve almas.

Muchas personas no católicas son buenas y siembran de bondad y belleza este mundo, pero los católicos no somos accidentales sino escogidos: el pueblo de la nueva alianza para luchar contra el mal con nuestra fidelidad a los sacramentos y el seguimiento verdadero de los evangelios. Un católico útil al reino no es el cumplidor dominical, sino el que ama a la Iglesia, la sigue por amor a Jesús y vive el evangelio en espíritu. El movimiento de colores procura justo esto que estoy indicando: un encuentro personal con el Señor y enseñar el camino para vivir el evangelio en nuestras pequeñas vidas y rutinas cotidianas.

No hay nada más poderoso contra el mal que un católico que destila humildad en su obediencia a la Iglesia, frecuenta los sacramentos y vive la liturgia de la palabra en sus propias carnes. No hay nada más útil al mal que un fanático que va condenando y juzgando a los demás, o un tibio que se acerca por conveniencia social o para calmar su conciencia a la Iglesia, pero vive siendo mundano su vana existencia. El camino de la salvación es duro y difícil; no podemos ir solos interpretando a nuestra manera los evangelios y retocando la doctrina a nuestro antojo y conveniencia.

Por eso el movimiento de cursillos ofrece unas buenas pinceladas doctrinales, muy adaptadas a todos los públicos, unidas a testimonios y vivencias personales, y sobre todo regala su experiencia de fe y entusiasmo a raudales. La participación de sacerdotes experimentados es fundamental, pues son los pastores que guían el rebaño del Señor, pero el meollo de estos encuentros está guiado por laicos comprometidos: personas que buscan regalar a otros la dicha de un encuentro íntimo con el Rey de Reyes. Justo este es el éxito de estos movimientos pastorales: unir el movimiento laico con el consagrado y proyectar este sabio mestizaje al grito de “Iglesia somos todos” o “Iglesia soy yo”. Es realmente hermoso ver un conjunto de personas tan entusiasmadas por seguir a Dios y llevar a otros de la mano a su encuentro.

Desde mi modesto punto de vista, es algo notablemente relevante en un mundo donde el mal está bien camuflado de oropeles infinitos y propone constantemente el relativismo moral para seducirnos. Ahora más que nunca hay familias resistiendo y luchando para poder llevar a sus hijos a la educación cristiana: parejas destrozadas, matrimonios desencajados, padres y madres enfrentados por la educación religiosa de sus hijos. La sociedad está llena de historias desgarradoras mientras el mundo se desmorona y vamos cayendo en cascada hacia la degeneración de todo aquello que siempre significó ser plenamente humanos.

El movimiento “De Colores” constituye una de las pocas tablas de salvación en el mar de la apostasía. La voz de los cursillistas se trasmite de boca en boca y no admiten un no por respuesta; no les importa cuántas veces les cierren las puertas del corazón. Ellos siguen insistiendo hasta conseguir que una oveja humana más llegue a participar de la reunión y las catequesis. No les importa que “les partan la cara” o los ridiculicen, porque saben que, logrando participación, le están dando a estas personas el viaje más importante de sus vidas: el acercamiento al Señor.

Me atrevo a decir que es una de las armas más humildes y beneficiosas que tiene nuestra Iglesia para convertir personas a la fe católica y, sobre todo, para devolver a muchos al camino de la salvación.

Ahora que estamos en Adviento, me atrevo a terminar con la última estrofa de su canción “De Colores”. Sirva Dios, mediante, para animar a muchos a decidirse por seguir este camino lleno de esperanza y alegría, sabiéndonos hijos del Altísimo, hermanos de Jesús y también amparados por la madre de la Iglesia y madre nuestra, la Santísima Virgen:

De colores, de colores se viste la flor de las flores: ¡María!

De colores, de colores de Gracia se viste la Madre del Día,

De colores, de colores de Gracia se visten sus hijos también,

Que la noche del mundo ha pasado porque ella ha alumbrado la luz de Belén.

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