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Cine Cervantes de Ceuta

Ahí es nada. Ahí es todo. Todos nosotros

Hace no muchos días tuve la oportunidad de leer un par de artículos de prensa relacionados con la desaparición del cine Cervantes de Ceuta. Algo que me dejó tan perpleja como apenada, aunque nunca asombrada, por aquello de que hay que vivir la realidad y recordar, no sin amargura, las funestas consecuencias de la especulación inmobiliaria que trae consigo el movimiento implacable de una piqueta inclemente.

Inclemente porque no tiene recuerdos. Y eso es malo, porque no puede explicar, porque no puede explicarse la importancia de un edificio de esos que llaman emblemáticos de una ciudad que va dejando caer esos pequeños pedazos de memoria sentimental, en pro de la modernidad imparable. En detrimento del puñado de sueños y recuerdos que parecieron derrumbarse con la demolición del inmueble, pero que, muy al contrario, son imperecederos, porque viven. Viven y quedan para la intrahistoria de cada uno. Para la historia general de todos.

Como hablamos de historia, habremos de trasladarnos allá por los primeros años del siglo XX, concretamente, 1915. Europa hierve en la guerra más terrorífica que vieron los tiempos, en España reina Alfonso XIII y el problema del Rif deja de dar dolores de cabeza a los políticos de la época, y dolores demuerte a los miles de soldados que regaron con su sangre una tierra desconocida y agreste.

Y en la que se preguntaban a diario ¿qué hacemos aquí?.

Y en Ceuta se estrenaba El Teatro del Rey, sito en la calle de Padilla, en pleno centro de la ciudad.

"En un principio con las producciones de cine mudo hasta llegar, nada más y nada menos que a estrenar la nueva era del sonoro, con la proyección de El cantor de Jazz"

Las viejas crónicas recuerdan que era un edificio pintado de color crema, de fachada neorenacentista, construido para hacer las veces de teatro-cine y con un interior trufado de cómodos asientos tapizados en terciopelo —el patio de butacas—, gradillas laterales, palco, anfiteatro y amplio escenario, que llegó a contar con hasta 1.100 localidades, que estaba muy bien para acoger los más importantes acontecimientos culturales de la ciudad, como el Baile de Carnaval, selecto y elegante, a las funciones teatrales de las mejores compañías que cruzaban el Estrecho de Gibraltar para ofrecer su arte a los ávidos espectadores locales.

Hasta que comenzó a funcionar también como cinematógrafo. En un principio con las producciones de cine mudo hasta llegar, nada más y nada menos que a estrenar la nueva era del sonoro, con la proyección de El cantor de Jazz, la primera película hablada de la historia del cine, protagonizada por Eddy Cantor.

Pasan los años, y con ellos y con los cambios políticos, el teatro cambia de nombre.

Con la llegada de la II República pasará a llamarse teatro Cervantes. Y, con el nuevo, y definitivo nombre, nos quedamos los ceutíes y foráneos, hasta hace dos días.

Hasta que llegó el ejército de máquinas que no entienden de sentimientos, porque, para eso son máquinas, y en sus no almas de metal, no pueden impregnarse los espíritus de Sara Montiel o de Charlton Heston. Aunque nunca se sabe. Veremos cuando la excavadora descanse en su almacén y hable con sus compañeras de la sonrisa de Clark Gable, pronúnciese así, tal cual, de la melena de Amparito Rivelles y de la pena que tenía Juana, la Loca, en la película Locura de amor.

Y seguimos con la destrucción que, sin querer, nos lleva a la construcción de nuestros recuerdos.

El día que se fue la luz

Así, de entrada, parece que estamos recordando el día aciago, y aún no bien explicado, del gran apagón del pasado 29 de abril. Pero no. La construcción de los recuerdos nos lleva a los años 60 del siglo pasado, cuando, en plena actuación del cantante Antonio Machín, se fue la luz en el edificio y el gran intérprete cubano se quedó a oscuras, y no es un chiste malo, en plena actuación. Imaginamos cómo sería el momento. Conociendo a los caballas, habría chuflas de todos los colores. Y algunas más.

Y parece que las desgracias de los entresijos técnicos del teatro no acabaron ahí. Todavía hay quien recuerda el quasi desastre de sonido en la actuación de Julio Iglesias que no quedó muy bien parada del todo. Los micrófonos no tuvieron piedad con el entonces aprendiz de truhán, que llegó a ser señor en la música española e internacional.

También se recuerda el paso de las compañías de teatro, que tanto gustaba a los buenos aficionados ceutíes. Desde las clásicas de repertorio serio, a las

más chispeantes, llamadas de Revista. En este estilo, alegre y desenfadado, cabe destacar la presencia de la compañía de la vedette Addy Ventura, con sus chistes picantes y sus coreografías insinuantes, que a todos divertía por su espectacularidad y desinhibición. Para la época, todo un hito.

Asimismo, también se recuerda la actuación de la compañía de la asturiana Lilián de Celis, la cual puso en pie al teatro cuando salió al escenario a cantar el conocido cuplé Cruz de guerra, que, en una plaza militar como Ceuta, imagino que gustaría mucho.

Pasan los años, y el teatro- cine Cervantes brilla en sus temporadas, y se echan cientos, miles de películas para caballas y foráneos.

Cartelera de espectáculos

Cervantes presenta hoy, a las 4, 6, 8 y 10, Carmen, la de Ronda, con la bella Sarita Montiel y el actor francés Maurice Ronet.

Así, y en la voz de José Solera, se anunciaban en la diaria guía comercial, las películas de los cines locales. A través del boca -oreja de Radio Ceuta se informaba a los aficionados al cine de lo que se echaba. Nosotros vamos a la última, que no vamos a ir a la hora de los soldaos. Hay que encargar las entradas a Julita, que después se pone todo de bote en bote y nos dan las peores filas.

Hablaban, ¡cómo no! De Julia, o Julita, la taquillera más famosa de todos los cines de la ciudad.

Sin más apellido que ese, el que le daba un empleo que desempeñó durante mucho tiempo para deleite de los espectadores, por su belleza y simpatía. Y si no se podía acceder a la taquilla, se preguntaba al portero, al gran Guillermo. Sin olvidarnos de los acomodadores, una figura imprescindible en aquellos cines de personas que, según me cuentan, espantaban a las ratas con la luz de las linternas y asustaban a las parejas de la última fila.

Los que, en determinados momentos de la proyección se dedicaban a perfumar el ambiente con el fly que, además de provocar la hilaridad — cachondeo— general, dejaba a la gente más atontada que a los innombrables insectos que también asistían a la proyección.

El auge de los cines a la antigua iba decreciendo poco a poco, y del gran cinema se pasó a los espacios pequeños. Aunque Ceuta seguía fiel a sus clásicos porque había que seguir soñando.

"El Cervantes, echa definitivamente, y porque sí, su telón púrpura. Pero toda su historia ha quedado entre nosotros"

Y el antiguo Teatro del Rey, luego Cervantes, se reconvierte en multicines — renovarse o morir—, lo que, años más tarde volvería a reinventarse con el bonito proyecto de discoteca, en el antiguo patio de butacas, y pub, en el escenario. El más de cine que he conocido.

Aunque esa ya es otra historia. La que camina de la mano del progreso para dejar paso a otros proyectos más lucrativos. Es la vida, la que a veces no mira patrás, ni para fijarse en la mirada de Lauren Bacall,ni en las caderas de Marilyn. Todo se ha ido con la piqueta.

Menos los sueños de la gente a lo largo de generaciones: los caballas, los que venían de Marruecos al cine, los miles de soldados que llenaron sus horas de paseo con una del oeste o una policiaca. Los niños y los abuelos. Todos.

A todos: a la gente de una generación que olvidaba su dura vida viendo a Alfredo Mayo y a Gary Cooper.

A todos: los de general, butaca, balconcillo y arriba, el gallinero.

A los que lloraron y aplaudieron. A los de las primeras filas y también a la de los mancos.

El Cervantes, echa definitivamente, y porque sí, su telón púrpura. Pero toda su historia ha quedado entre nosotros. Gracias por tantos años de sueños.

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