Duke se abalanzó contra Marcos, mi hermano pequeño, y comenzó a lamerle las manos con su lengua rosa, larga y mojada. Sus sentimientos de felicidad se olían a kilómetros, ¿acaso él nos estaba eligiendo a nosotros?
No llegó a casa como lo hacen los perros felices de los anuncios. Aterrizó despacio, con una mirada triste e insegura, como si aún no supiera si aquel sitio iba a ser el definitivo. Aquel 20 de diciembre de 2014 quedó marcado por algo más que su adopción, era su cumpleaños.
Cuando llegamos mi familia y yo a la protectora de animales, Duke, un pastor vasco de color canela y de nariz trufada, fue el primero en acercarse o, mejor dicho, en lanzarse sobre mi hermano, que le acariciaba tímidamente su peluda coronilla.
A mi madre no le hizo falta ver más, Duke iba a ser uno más en la familia. Inmediatamente se acercó un cuidador, que portaba la cartilla sanitaria del can.
—No se lo van a creer, hoy justo es su cumpleaños. Cumple dos —exclamó el auxiliar de la protectora.
—Esto es el destino, jajaja —expresó mientras esbozó una sonrisa mi padre, que no era muy partidario de acoger a ningún animal peludo en casa, pero que acabó cediendo ante la extrema pesadez y exigencia de mi hermano y yo.
Duke brincaba alrededor de Marcos y en sus intensas arrancadas salieron a la luz sus cicatrices del pasado, esas que se crearon por el trato hostil de sus antiguos dueños.
Sus caderas se desviaban ligeramente hacia el costado izquierdo en cada galopada que daba el amigo peludo.
En sus primeros días en su nuevo hogar, Duke desprendió todos sus nervios en la casa: gran cantidad de heces, vómitos repetitivos y una camita que acabó siendo destrozada a mordiscos.
Yo, que desconocía de sus afilados instintos de caza, quedé completamente perplejo cuando me quitó de la mano con un elegante y atlético salto mi galleta Oreo bañada en crema. Mi aperitivo favorito había quedado hecho pedazos en el suelo y cubierto de las babas de un perro que solo pensaba en comer.
El can de color canela se acercaba constantemente a mi hermano, pero, él, al que le apoderaban sus miedos, salía corriendo por el pasillo como si de un encierro en San Fermín se tratase.
Lejos de enviarlo de vuelta a las frías y solitarias noches de la protectora de animales, le dimos la píldora que tanto ansiaba y necesitaba: el amor.
Esas pupilas nerviosas fueron relajándose, su cuerpo fue cogiendo varios kilos e incluso se autoproclamó emperador del hogar, siendo aclamado, abrazado y besado cada vez que pasaba por nuestros rostros.
Hoy Duke ya no tiene 2 años, cumple 13 y sus veloces carreras se han acabado convirtiendo en débiles trotes propios de la vejez canina.
El 20 de diciembre ya está aquí y todos y cada uno de los familiares recuerda esa fecha invernal del 2014, momento en el que nosotros fuimos los adoptados por un tuso que solo pedía no volver a ser traicionado y usado como un regalo caprichoso de Navidad.
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