En Ceuta convivimos con un patrimonio vegetal que forma parte de nuestra identidad: las palmeras datileras que acompañan avenidas, plazas y paseos. Son un símbolo de la ciudad, pero también una responsabilidad. Y en los últimos meses, esa responsabilidad se ha puesto a prueba de forma preocupante.
Hace poco, la Ciudad Autónoma encargó a Tragsa y a los técnicos de Obimasa un estudio detallado sobre el estado del palmeral urbano. Un trabajo valorado en 60.000 euros, financiado con fondos públicos y destinado a ofrecer un diagnóstico claro sobre la estabilidad, el riesgo y las actuaciones necesarias para garantizar la seguridad de todos. Sin embargo, ese informe no se ha hecho público. No conocemos sus conclusiones, no sabemos qué ejemplares fueron señalados como problemáticos y, lo más inquietante, no se ha aplicado ninguna medida visible derivada de él.
Mientras tanto, la realidad ha seguido avanzando sin esperar a que el informe salga del cajón. En el último tren de borrascas, ocho o nueve palmeras datileras han caído en distintos puntos de la ciudad. Algunas en aceras, otras en zonas de paso, y las últimas sobre dos motocicletas que estaban correctamente estacionadas. No ha habido heridos, pero no podemos seguir confiando en la suerte como estrategia de gestión.
La caída repetida de palmeras no es un fenómeno inevitable ni un simple efecto del viento. Es un síntoma. Un aviso. Una señal de que algo no se está haciendo bien. Y cuando existe un estudio técnico reciente, pagado con dinero público, que podría haber ayudado a prevenir parte de lo ocurrido, la falta de transparencia se convierte en un problema en sí misma.
La ciudadanía tiene derecho a saber qué se evaluó, qué se detectó y qué se recomendó. Tiene derecho a conocer si las palmeras que han caído estaban ya identificadas como ejemplares de riesgo. Tiene derecho a exigir que la información técnica se utilice para proteger a las personas, no para engrosar archivadores.
No se trata de buscar culpables, sino de asumir responsabilidades.
No se trata de señalar, sino de actuar.
No se trata de cuestionar el trabajo técnico, sino de ponerlo en práctica.
Ceuta necesita un plan claro, público y ejecutado:
- Inspecciones reforzadas en zonas de tránsito.
- Publicación del informe de Tragsa y Obimasa.
- Actuaciones inmediatas sobre ejemplares con riesgo estructural.
- Un protocolo de intervención tras episodios de viento fuerte.
- Y, sobre todo, una gestión preventiva que no llegue siempre tarde.
Las palmeras seguirán enfrentándose al viento.
La pregunta es si nosotros estaremos preparados para evitar que vuelvan a caer donde no deben.
La próxima vez, quizá no hablemos solo de daños materiales.
Y eso es algo que Ceuta no puede permitirse.






