El pasado febrero España y Marruecos acordaban una hoja de ruta en el marco de unas nuevas relaciones en las que debía primar el respeto y, reproduzco textualmente, “evitar todo aquello que ofende a la otra parte”. Sucede que meses después siguen produciéndose mensajes que ofenden a esta parte de forma exclusiva, mensajes que no obtienen una declaración institucional de condena por parte de Marruecos que, muy al contrario, calla ante la polémica.
Dudar de la integridad territorial de las dos ciudades autónomas supone una agresión clara hacia dos poblaciones que de siempre han estado machadas por los mensajes de los asustaviejas, quienes ahora se hacen fuertes. Escuchar o leer a quien dice que Ceuta y Melilla se ‘pueden ganar’ de otra forma, echando por tierra su condición de españolas y pisoteando esas buenas relaciones suscritas por ambos países, merece mucho más que las respuestas que hasta ahora hemos podido conocer. Y lo merece por parte de un país, Marruecos, que firmó una declaración en la que, cuanto menos, debe creer. Mientras permita esos altavoces críticos y belicosos no demuestra que esa sea su intención.
No son necesarios los mensajes de nuestros ministros para repetir lo que aquí ya sabemos que somos. No son necesarias las intervenciones de cargos con complejo de héroe para insistir en lo que ya sabemos que somos. Aquí en Ceuta como en Melilla que alguien del Gobierno central nos recuerde que somos España es tan irrisorio como ineficaz. Ese no es el camino ni la ruta, los mensajes de garantía deben moverse más en el campo institucional y diplomático exigiendo sencillamente que se respete lo firmado, que no se ofenda la soberanía de un país como España dudando permanentemente de dos territorios con igual peso que cualquier otro que conforma el país.
De España no nos hacen falta garantías, ni mensajes, ni complacencias; nos hace falta que no sean necesarias.






