Queridos Reyes Magos, Melchor, Gaspar y Baltasar :
Este año se me ha olvidado escribirte mi carta pidiéndote regalos como todos los años.
No me he acordado y os pido perdón por no ir a recibiros.
No quiero que me traigáis juguetes, porque aunque no os he escrito, vosotros lo sabéis todo.
Sabéis que estoy muy apenada porque mi mamá está muy malita y la tienen que operar. Tengo mucho miedo.
Y mi papá está en el paro hace mucho tiempo. Es carpintero.
Yo ayudo en las cosas de la casa todo lo que puedo. Cuando mi papa sale a buscar trabajo, hago las cosas que mi mamá, desde su cama, me va diciendo.
Cuando mi papá vuelve sin haber encontrado trabajo hace la comida con el jornal que trae de alguna chapuza de cualquier clase de trabajo, menos de carpintero.
No me dejéis nada, porque no tengo ilusión con nuestra situación familiar.
Pero si os pido, porque los reyes de la tierra no quieren o no saben, que hagáis todo lo posible porque operen a mi mamá que lleva muchos meses esperando sanarse y a mi papá le salga un trabajo fijo de carpintero que es lo que mas le gusta y mejor hace. Si mi papa encuentra trabajo y mi mamá se sana, yo volveré a ser como antes: MUY FELIZ. Y podremos ser felices sin juguetes, pero con salud y trabajo. Si así fuera, el año que viene iré a recibiros y os ofreceré el mejor regalo del mundo : Un tierno beso a cada uno.
Sin más, se despide de Vuestras Majestades
Una criatura de siete añitos
Os quiero.
botes y cajas que el mismo construía para entretenerse a petición de algún amigo o algunos de sus hijos
Todos los años, los dieciséis de agosto, por San Joaquín- todavía nosotros celebramos ese día- se reunía toda la familia, para festejar el santo de mi abuelo; mi abuela sacaba el queso manchego que había comprado para la ocasión, y una vez el trozo de queso en nuestra manos, los más pequeños, escapábamos corriendo para jugar y ocultarnos unos de otros, entre las gradas y puertas de acceso del Reñidero.
De entre los recuerdos más entrañables, se me viene a la memoria el día de víspera de Reyes de uno de aquellos años. Mi padre me llevaba de la mano por la calle Real, y yo, al ver un puesto de juguetes, me paré junto a un fuerte de madera, me agaché y lo toqué con mis dedos, no tuve que decir nada, mi padre adivinando mis deseos, me anuncio:
-No te preocupes, los Reyes te traerán un fuerte con troncos de verdad…
A la tarde, me fui con el Tete y mi padre a casa de mi abuelo, una vez me dejaron allí, ellos se fueron a recoger no sé que cosa…
Al rato, volvieron cargados con varas que habían cogido de un estación antigua de ferrocarril -años más tarde, casualidades tiene la vida, yo necesariamente, tendría que pasar varias veces al día por esa vieja estación de ferrocarril para ir al Instituto, y comprobaría esas varas junto a los vagones abandonados de la estación.-, sin mediar palabra y sin dejarme entrar en el Reñidero, se pusieron a trabajar como posesos. Yo, sin que se dieran cuenta, a través de la cerradura, observaba como cortaban las varas a trozos, y después de sacarle punta con un cepillo, los clavaban en los laterales de una caja de madera de las que almacenaban botes de leche. Por fin me di cuenta de lo que estaban haciendo; estaban construyendo un fuerte para mí, y como dijo mi padre: era efectivamente un fuerte de verdad, porque las empalizadas la estaban construyendo con los trozos de las varas que habían acabado de traer, y que simulaban perfectamente los troncos de árboles con que los soldados yanquis-que tantas veces habíamos vistos en las películas de «Oeste Americano»- construían sus fuertes.
Pero, en invierno ya se sabe, las tardes son cortas, y por mucho pundonor que pusieron en el empeño; y aunque el serrucho cortase con rapidez las varas, el cepillo les sacase puntas y el martillo la clavasen en las empalizadas, las sombras iban -para mi desesperación- inundando toda la estancia donde el Tete y mi padre se afanaban, a contra reloj, por terminar el regalo que los Reyes Magos me iban a traer este año.
No pudo ser, las sombras acabaron por inundar todo, y tuvieron que desistir de su empeño. Cuando salieron me encontraron allí, inmóvil, sin pronunciar palabra… mi padre, entendiendo perfectamente lo que me pasaba, me dijo:
-No te preocupes, Manolín, Los Reyes Magos, vendrán y lo acabaran otro día…
Les di un beso a mis abuelos, y partimos para mi casa…; en el camino, nos encontramos con la cabalgata de los Magos de Oriente, y al pasar el «Rey Negro», le apunté:
-No te olvides de terminar de construirme mi fuerte…
A la mañana siguiente, entre los juguetes, no estaba mi fuerte… pero sin embargo, aún, durante mucho tiempo, cuando iba a casa de mis abuelos, a la primera ocasión que tenía, me llegaba al Reñidero, y allí, justo en el lado derecho del banco de carpintero, esperando mi llegada, dispuesto para mis sueños infantiles, se encontraba mi fuerte a medio construir…





