Vivimos un momento histórico en el que la lucha contra el cambio climático se enfrenta no solo a desafíos científicos, económicos o tecnológicos, sino también, y quizá sobre todo, a un problema profundamente político y cultural: la posverdad. La distorsión deliberada de la realidad, amplificada por redes sociales y discursos polarizados, está condicionando la capacidad de las sociedades para responder a la mayor amenaza ambiental de nuestro tiempo.
La reciente decisión de Estados Unidos de abandonar la Convención de la ONU sobre Cambio Climático y el IPCC, sumada a su salida previa del Acuerdo de París, es un ejemplo paradigmático. No se trata solo de un giro político: es la confirmación de que ciertos gobiernos han decidido priorizar intereses económicos inmediatos , petróleo, negocios, desregulación, por encima de la salud pública y del futuro del planeta. Y cuando esta decisión proviene del segundo mayor emisor de gases de efecto invernadero del mundo, el impacto global es devastador.
Frente a este panorama, resulta más urgente que nunca romper el silencio social que aún rodea al cambio climático. Durante demasiado tiempo, el debate climático ha quedado relegado a expertos, informes técnicos y cumbres internacionales. Pero la ciudadanía necesita apropiarse de la conversación. Hablar de clima en casa, en el trabajo, en los medios, en la política local. Normalizar el tema es el primer paso para generar compromiso. Y para ello, la comunicación climática debe cambiar: menos datos fríos y más narrativas que conecten con los valores, identidades y preocupaciones reales de cada comunidad. En este sentido, campañas como “Confío en vosotros”, impulsada por el Ministerio para la Transición Ecológica, apuntan en la dirección correcta.
La posverdad, sin embargo, complica este esfuerzo. En la política posfactual, lo que importa no es la verdad, sino lo que parece verdad. Las emociones pesan más que los hechos. Las fake news se convierten en armas electorales. Y líderes de distintos países han demostrado que la mentira estratégica puede ser un instrumento eficaz para movilizar a sectores descontentos. En España, como en otros lugares, ciertos discursos políticos han adoptado esta lógica, utilizando bulos sobre inmigración, igualdad o medio ambiente para polarizar y dividir.
El intelectual Noam Chomsky ha explicado con claridad por qué este fenómeno tiene tanto éxito. Tras décadas de neoliberalismo, precariedad y concentración de riqueza, una parte importante de la población se siente abandonada por las instituciones. Cuando la gente deja de confiar en quienes deberían representarla, deja también de confiar en los hechos. Y en ese vacío emocional, las fake news encuentran terreno fértil. No es populismo, dice Chomsky: es desencanto.
En el ámbito ambiental, la desinformación es especialmente intensa. Los bulos sobre la transición energética se repiten una y otra vez: que la energía nuclear es la más barata, que no hay litio suficiente para electrificar el transporte, que las renovables arruinan el paisaje, que la transición es demasiado cara o directamente imposible. Como explica Pedro Fresco en su libro Energy Fakes, muchos de estos mitos han sido promovidos por grandes compañías petroleras para frenar el avance de las energías limpias. Y, lamentablemente, calan con facilidad en amplias capas sociales.
A pesar de todo, no podemos permitirnos el desánimo. El cambio climático es uno de los mayores retos a los que se ha enfrentado la humanidad. Y el auge de discursos extremistas, basados en la mentira y la manipulación emocional, constituye una amenaza adicional para la acción climática. Por eso es imprescindible movilizarnos, combatir la desinformación y reconstruir la confianza ciudadana. Cuando la mentira se convierte en política, no basta con tener razón: hay que saber comunicarla.
El futuro del planeta depende, en buena medida, de nuestra capacidad para defender la verdad en tiempos de posverdad.






