Para Katharine Hayhoe, reconocida científica del clima, Catedrática y profesora de la Universidad de Texas, el calor es mucho más que una simple cifra en un termómetro. Lo que experimentamos casi todos en nuestra vida cotidiana no es un calentamiento global, sino más bien un extrañamiento global, es decir, fenómenos meteorológicos cada vez más frecuentes, intensos, prolongados y peligrosos. Para ella, el calor deja de ser solo una sensación física y se convierte en un llamamiento urgente a la responsabilidad y a la esperanza.
Durante la última ola de calor en España, la sensación de extrañamiento se hizo palpable en cada rincón del país. Las temperaturas superaron los 40°C en varias ciudades, rompiendo récords históricos y desafiando la resistencia de personas, infraestructuras y ecosistemas. En la actualidad, venimos padeciendo otra ola de calor sin precedentes, que se ha prolongado ya bastantes días más allá de los previstos. En la mayor parte del territorio nacional los termómetros han ascendido a cifras que no solo han alarmado a los meteorólogos, sino que han despertado conversaciones y preocupaciones en cada hogar. La vida cotidiana se ha ralentizado y la resiliencia colectiva se ha puesto a prueba, recordando a todos que el calor extremo ya no es un evento aislado, sino una realidad que exige acción inmediata y colaboración social. Se trata del calentamiento global.
En este contexto global de incertidumbre térmica y preocupación climática, resulta imprescindible recordar la labor de figuras como Michael Oppenheimer, uno de los pioneros en el estudio del cambio climático. Oppenheimer, científico atmosférico y profesor en la Universidad de Princeton, fue de las primeras personas en advertir sobre los riesgos del aumento de los gases de efecto invernadero y su impacto en la temperatura global. En la década de 1980, sus investigaciones contribuyeron de manera decisiva a comprender cómo las emisiones humanas de dióxido de carbono estaban modificando de forma irreversible el equilibrio térmico del planeta.
Oppenheimer no solo fue un referente en la predicción de escenarios futuros, sino que también participó activamente en la elaboración de importantes informes del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC). Gracias a sus estudios y divulgación, la comunidad científica y la sociedad en general tomaron conciencia de que el calentamiento global no era una hipótesis lejana, sino una amenaza latente y concreta. Su trabajo inspiró políticas públicas, acuerdos internacionales y, sobre todo, una nueva mirada crítica hacia la relación entre la humanidad y el entorno natural. Hoy, el legado de Oppenheimer resuena con fuerza cada vez que una ola de calor atraviesa nuestras ciudades, invitándonos a asumir la responsabilidad colectiva de construir un futuro más sostenible y resiliente ante los desafíos del clima cambiante.
Con la sencillez propia de un sabio nos explicó la física básica que subyace al efecto invernadero. Los gases que constituyen la atmósfera terrestre, principalmente nitrógeno y oxígeno, son transparentes a la luz solar, que atraviesa la atmósfera y calienta la superficie del planeta. Sin embargo, el vapor de agua y algunos otros gases presentes en la atmósfera en cantidades ínfimas, en especial el CO2, absorben o retienen mucha de esta radiación, enviando una parte de nuevo a la superficie e incrementando la temperatura del planeta. Son los denominados gases de efecto invernadero, sin los cuales, el calor radiado desde la superficie terrestre se perdería en el espacio y el planeta sería unos 33º C más frío. Gracias al efecto invernadero la temperatura se ha mantenido en un intervalo favorable para la vida de forma estable durante miles de años.
Sin embargo, durante la expansión de la industrialización del siglo XIX todo esto cambió. Como consecuencia de las acciones humanas, los niveles de CO2 y demás gases de efecto invernadero en la atmósfera son ahora un 50% mayores que en la época preindustrial, lo que ha provocado un aumento del calentamiento, así como de la evaporación de la superficie oceánica. Las nubes retienen el calor y reflejan la luz del sol, y el efecto neto de los cambios de nubosidad, provocan que el planeta se caliente tres veces más rápido de o que lo haría si no existiesen.
Una consecuencia de lo anterior son los incrementos de incendios forestales, que a su vez retroalimentan el calentamiento global y las emisiones de CO2. Lo explica bien Joëlle Gergis, profesora de Ciencias Climáticas en la Universidad Nacional de Australia y autora principal del Sexto Informe Anual del IPCC, que nos dice que “tras unas condiciones prolongadas de calor, sequedad y viento, los déficits de presión de vapor se intensifican, provocando sequedad en los suelos y la vegetación, lo que convierte paisajes húmedos en combustibles fácil de quemar”.
Es evidente, y está probado científicamente, como nos recuerda la profesora Gergis, que “si el mundo logra limitar el calentamiento por debajo de los 2º C, el riesgo de incendios destructivos se reducirá, y nuestros ecosistemas terrestres podrán reequilibrar el ciclo de carbono global y ayudar a restablecer la vida”.
La elección es clara. O hacemos caso a la ciencia, o nos dejamos llevar por la voz de los “negacionistas climáticos” (Donald Trump y la extrema derecha mundial), lo que nos conducirá a un mundo cada vez más inhabitable y oscuro.






