El pasado lunes me embarqué en el “Bora Bora” para avistar cetáceos y aves marinas. Las condiciones meteorológicas fueron excepcionales, aunque hacía algo de frío y una intensa humedad. No obstante, el mar presentaba un estado magnífico para la navegación en el Estrecho de Gibraltar.
Nada más salir por la bocana del puerto de Ceuta nos topamos con un grupo de gaviotas reidoras, un par de alcatraces y un frailecillo. Tampoco tardaron mucho en aparecer un grupo disperso de delfines comunes y otro más concurrido de delfines listados. Varios ejemplares de esta última especie nos regalaron saltos acrobáticos que nos dejaron boquiabiertos y entusiasmados. A los delfines se sumaron un número incontable de calderones que nadaban, de manera pausada, sumergiéndose y emergiendo en la calmada y azulada superficie marina. Estos cetáceos destacan por su gran tamaño y sus cabezas globulares, que pudimos observar a una distancia suficiente y adecuada para no molestarlos.
Gracias a las indicaciones de los integrantes del grupo CIRCE (Conservación, Información y Estudio sobre Cetáceos) tuvimos la enorme fortuna de avistar, aunque a cierta distancia, a dos ejemplares de cachalote en distintos momentos de la jornada de avistamiento. Resulta relativamente fácil localizarlos cuando están en superficie respirando, gracias al soplo diagonal que expulsan mediante un espiráculo único localizado en la parte superior izquierda de su cabeza. Lo difícil es coincidir con este gran cetáceo a corta distancia, ya que permanecen en superficie apenas diez minutos para tomar aire y luego regresan a las profundidades del mar durante, aproximadamente, cuarenta y cinco minutos.
En las dos ocasiones en la que avistamos a un cachalote coincidió que, en apenas un minuto, iniciaron su picado hacia el fondo marino mostrando su gran aleta caudal. En nuestro seguimiento de los cachalotes llegamos cerca de Punta Cires.

Además de la gran cantidad y variedad de cetáceos observados en nuestro recorrido por el Estrecho de Gibraltar disfrutamos de la oportunidad de ver pardelas cenicientas, charranes, gaviotas cabecinegras, alcas, cormoranes, frailecillos y un ejemplar de págalo, entre otras especies de aves marinas.
La experiencia vivida el lunes, día de la Virgen Inmaculada, resultó muy significativa y gratificante. Me permitió ampliar, de manera ostensible, la perspectiva de la geografía y el medio natural marino de Ceuta y el Estrecho de Gibraltar, es como si mi mapa mental de la bioregión en la que vivo se extendiera para abarcar espacios inexplorados de mi hábitat cotidiano. A partir de ahora, cuando me asome al Estrecho le percibiré como lo que siempre ha sido: un santuario de la vida poblado por una amplia variedad de cetáceos, túnidos y aves marinas. Buscaré con mis prismáticos el soplido de los cachalotes y rorcuales, así como los saltos de los delfines y el lento discurrir de los calderones.
La riqueza de la biodiversidad del Estrecho de Gibraltar fue, a buen seguro, mucho más patente en el pasado, antes de que el ser humano se dedicara a capturar grandes cetáceos para obtener aceite y otros productos en las balleneras de Getares y Beliunex. Sobre la actividad de esta última instalación industrial escribieron un extenso artículo nuestra añorada Pakiki Serráis y nuestra querida amiga Genoveva Domínguez, publicado en el número 4 (año 2015) de la revista Alidrisia Marina y disponible en formato digital en la página web de la Fundación Museo del Mar de Ceuta. Tal y como se expone en este trabajo de investigación histórica, la caza indiscriminada de ballenas comenzó en 1923 con la instalación de una primera ballenera en Río Martín, que se luego se trasladaría a Beliunex en 1947. Para que se hagan una idea de la matanza de cetáceos que perpetraron en esta ballenera, tan solo en los primeros veinte días de funcionamiento acabaron con la vida de diez ballenas y doce cachalotes.

Las consecuencias de la incesante caza de grandes cetáceos perpetrada desde las balleneras de río Martín, Getares y Beliunex fueron la aniquilación de la población estable de rorcuales -de los que se llegaron a capturar 3.609 ejemplares entre los años 1921 y 1927- y la casi desaparición de los cachalotes, de los que se llegaron a despedazar entre cincuenta y setenta ejemplares cada año en la factoría de Beliunex. Por fortuna, la visión estrictamente economicista de los cetáceos ha sido sustituida por una mirada culta que reconoce la majestuosidad y belleza de estos enormes mamíferos que habitan en la zona del Estrecho de Gibraltar. Han tenido casi que extinguirse para que los seres humanos comenzáramos a apreciar a estas impresionantes obras maestras de la creación divina.
En la actualidad, una de las principales amenazas para la supervivencia de los cetáceos en el Estrecho de Gibraltar es el intenso tráfico marítimo en este brazo de mar. El lunes fuimos testigos del continuo paso de grandes barcos en la misma línea en la que se desplazaban los delfines y calderones, y por la misma zona en la que emergían los cachalotes. Les puedo asegurar que no es lo mismo observar el tránsito de los grandes barcos desde la lejanía que desde el mar. Todo se observa a una escala distinta. También se aprecia la cantidad de basura, sobre todo de plásticos, que flotan en el mar, en especial cerca de Ceuta.

La experiencia vivida este lunes a bordo del “Bora Bora”, junto a un grupo de buenos amigos y amigas, refuerza mi convencimiento de que los ceutíes somos muy afortunados, aunque muchos no tengan conciencia de ello. Vivimos en un punto caliente de la biodiversidad o ecotono por ser un lugar de paso, o hábitat permanente, de una amplísima variedad de mamíferos marinos, aves marinas, rapaces, mariposas, libélulas y un largo etcétera de otros tipos de especies. Observarlas y disfrutar de su belleza ofrece la oportunidad de vivir experiencias únicas e irrepetibles que te hacen sentir vivo. El enriquecimiento de los sentidos abre la puerta a una dimensión mucho más profunda y elevada de la existencia humana que te hace recapacitar sobre el significado de la vida.
Tal y como escribe Peter Kingsley en su obra “Catafalco. Carl Gustav Jung y el fin de la Humanidad”, editado en fechas muy recientes por la editorial Atalanta, “en cuanto perdemos el paisaje sagrado interior, perdemos también, de manera automática, el de la sacralidad a nuestro alrededor”. Recuperar el sentido de lo sagrado, que formó parte de la fuerza vital de nuestra cultura, según Kingsley, es lo único que pudo detener la destrucción de nuestro entorno natural. Este sentido de lo sagrado es el que te permite reconocer la mano de Dios en la naturaleza, en el cosmos, en el sol que regresa cada día, en la luz que nos ilumina, en el aire que respiramos, en el amor que sentimos por los seres queridos, en el vuelo de las aves o en la majestuosidad de un enorme cachalote respirando en mitad del Estrecho de Gibraltar. Es percibiendo todo el milagro de la vida como se va conformando un paisaje interior que, con el tiempo, se funde con el paisaje natural circundante. Cuando este paisaje se altera, tu alma lo siente y sufre y necesita expresarlo mediante un don del que tan solo gozamos los humanos: el de la palabra. Me siento afortunado de poder compartir mi experiencia con otras personas haciendo uso, precisamente, de la palabra. Una palabra que también pone voz a los cachalotes y otros cetáceos que en otros tiempos fueron masacrados y que ahora luchan por su supervivencia.






