Mi viaje a Nepal tocaba a su fin, pero no quería marcharme sin ver antes Bhaktapur, una ciudad amurallada y bordeada por un riachuelo que había a una hora de autobús al este de Katmandú. Fue una de las ciudades más dañadas del terremoto de abril de 2015 que acabó con la vida de más de nueve mil personas.
Me habría gustado llegar de madrugada a la ciudad pero, tras callejear por las intrincadas calles de Katmandú, no lograba encontrar la parada de autobús que llevaba a la antigua Bhaktapur. A casi las afueras de la capital nepalí logré dar con un autobús que llevaba a mi destino. Llegué tras casi dos horas de trayecto por carreteras dañadas y en obras.
Bhaktapur es una ciudad pequeña y majestuosa de antiquísimos edificios de rica arquitectura nepalí y cuidados detalles a la que se accede por un pequeño puente donde pagas un peaje de entrada a la ciudad de dos mil quinientas rupias nepalíes, unos quince euros, para visitar la ciudad. Con ese dinero y las ayudas del gobierno nepalí se reconstruye poco a poco el irreparable daño material causado por el terremoto.
A medida que te vas adentrando en la ciudad sientes el contraste que existe entre los vetustos y ornamentados edificios del interior con las casas y negocios que rodean el extrarradio de Bhaktapur, más modernos y carentes de encanto. Para alcanzar la plaza central tienes que poner a prueba tus piernas para subir las empedradas calles de la mítica ciudad, sus habitantes vestían ropas gruesas de paño y estrafalarios sombreros que me recordaron a los tiempos de Marco Polo, sus caras morenas y cuarteadas por el Sol asomaban una sonrisa a medias y una pequeña inclinación de cabeza a forma de saludo.
No lograbas diferenciar una tienda de un restaurante, sus edificios eran diferentes en filigranas pero iguales cuando los ves en conjunto. Tan solo las tiendas de suvenir se lograban adivinar por la cantidad de imanes, postales, pulseras y collares.
Al llegar a Talako Tole, una de las plazas principales, me encuentro con mi amigo George, un chico griego que enseñaba fotografía en Nava Indradanush School y donde forjamos una gran amistad. Disfrutamos de ese tiempo irreal que vives cuando estas rodeado de edificios de otra época. Dolía ver restos de los edificios en el empedrado suelo, vestigios de los temblores que asoló Bhaktapur pero también era esperanzador ver cómo, si de hormigas se trataran, y dejando el turismo de lado se afanaban en reconstruir las partes derruidas de cada templo, edificio o monumento.
El gélido viento del Himalaya empezaba a hacer acto de presencia y nos resguardamos en uno de sus vistosos edificios donde, por casualidad, resulto ser un restaurante donde repusimos fuerzas y quedamos encantados con el juju dhau, un yogurt dulce en forma de cuajada que estaba realmente delicioso.
Después nos dirigimos al Nyatapola Temple, un templo hindú dedicado a la diosa Lakshmi, coronado por una pagoda de cinco plantas. Subimos a la base de la pagoda y desde allí nos recreamos con la vista que ofrecía. Sentí vértigo, no por la altura, de intentar imaginar que habrían sentido los nepalíes en el momento del terremoto. Desde mi punto de vista lo divisaba casi todo pero no podía evitar sentirme frágil y carente de control ante tamaña catástrofe. Y a pesar de todo, aun queremos y creemos tener el control, de nuestras vidas, de lo que nos rodea. Que vana ilusión, que ingenuidad.
Terminamos el día en Golmadhi, un pequeño edificio con estancias abiertas, labrados estanques de piedra y adornado con dragones que, salvo unos pocos, el resto ha permanecido indemne bajo los temblores. Pasear entre sus rojizas paredes y sus estatuas acompañados de un inusual silencio fue un bonito regalo para terminar el día en la estoica ciudad de Bhaktapur.
Orando por el camino recorrido, por la divina coincidencia den un segundo antes y un minuto después. Orando por un pronto retorno al gélido Himalaya y a las cálidas miradas. Orando al Amor entregado y al que me queda por ofrecer. Orando por un intenso pasado y al presente arrollador…Orando por el tiempo concedido.
El tiempo todo lo cubre, nada escapa a su secuencia pero Bhaktapur parece haber encontrado un bálsamo que adormece los años y convierte en perenne sus calles y edificios. Solo la Naturaleza encuentra el modo de hacerle despertar de su sueño.
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