No es la Ceuta actual, quizá, una ciudad especialmente alegre y extrovertida como la de antaño, constantes ciudadanas que parecen reservarse para celebraciones especiales y de fuerte arraigo en el calendario como carnaval o ferias. La ciudad de hace un siglo y algo más era la otra bien distinta. La que en sus calles y plazas ofrecía tantas señas, razones, ocasiones y motivos de identidad, de alborozo colectivo, de imaginación o de unión entre quienes la habitaban.
La democracia nos devolvió el carnaval. Sin embargo, el genuino carnaval caballa del que, aseguran, cómo hasta el propio Cádiz llegó a mirar con ciertos celos. El carnaval de la calle, en una palabra, el que podríamos llamar el de su particular belle époque, fue magnánimo. Unas carnestolendas que, en cierto modo y en buena hora, volvieron con el advenimiento de la democracia, pero lejos de sus viejos formatos. Los tiempos y la sociedad eran ya muy diferentes.
Las hemerotecas nos rescatan los nombres de Corintio o el de Barriga Verde, las celebres murgas de la época. Uno se las imagina abriéndose paso al clamor de sus letras en medio de un torrente de gentes que, desde temprana hora, se congregaban en nuestras calles y plazas más céntricas.
Cuando se fueron los quintos del 18,
todas las niñas se quedaron
solas y sin novio,
unas lloraban de pena,
otras al pensar
que los quintos ya se iban
y no volverían más.
Esto le ocurrió a mi suegra,
que de un corneta se enamoró,
al cabo de cierto tiempo
tenía una corneta
y también tenía un tambor,
él juró que la quería
y que pronto volverá
yo creo que de la espantá
será lo más natural,
y cuando cogió el correo
dijo, ¡pa tus mulas,
yo no vuelvo más!
Qué decir del gracejo del entrecruzado de bromas por ese Rebellín a la vez que, simultáneamente, se sucedían a lo largo de la calzada las incruentas y divertidas batallas de confetis y serpentinas en el transcurso del tradicional paseo de coches.
Ese era nuestro genuino carnaval, extrovertido urbano y único por excelencia. Sin incidentes dignos de la más mínima reseña periodística y en el que se ponía a prueba un ingenio manifiesto a la hora de elegir el disfraz que lograra despistar durante el mayor tiempo posible al vecino, algo complicado en la Ceuta de entonces en la que todos se conocían.
Nada más almorzar, las pandillas se reunían para vestirse en casa de uno de los componentes del grupo. Una vez en la calle, marchaban a integrarse en aquella impresionante expresión de color, luz, animación, risas y bromas desfilando por nuestras principales vías, desde el Puente Almina hasta Maestranza. Mientras tanto, cafés y bares del Rebellín de tanta solera como el Bar Kin, el Royalty, el Hispania o los dos Campaneros aparecían con sus mesas tomadas por asalto desde la mañana. Era la única manera de asegurarse cómodamente el personal la tribuna desde la que disfrutar con el aluvión de unas máscaras que, con sus atipladas voces soltaban a los que allí estaban sentados, una y otra vez, el estribillo de rigor:
¡Adiós que no me conoces!
Desde fuera de la ciudad lo definían como un carnaval elegante, fino, educado y honesto al estar libre de delitos perseguibles. Decían que los que tenían algo que ocultar ponían sus pies en polvorosa en esas fechas a fin de no verse caricaturizados, pese a que los dardos se lanzaran desde la más exquisita elegancia.
Una celebración única, en fin, la de más relieve del año, con el toque de elegancia, también, de los coches de punto, profusamente engalanados, paseando pausadamente con las otras mascaras sentadas en el pescante y hasta la capota, desde el Puente Almina hacia Maestranza, o bien desviándose antes por la calle de la Cochera (actual Méndez Núñez), hacia la Marina y, vuelta a empezar, Rebellín arriba.
A las nueve de la noche tocaban retirada al carnaval de calle, para dar paso los bailes. Pero antes era costumbre visitar establecimientos como El Triunfo, La Tasca del Malagueño, El Tesoro Escondido o el colmado de Trujillo para degustar, preferentemente, unas perdices guisadas con su receta típicamente caballa, que me temo ya en el olvido.
La proliferación de locales para los tradicionales bailes de máscaras nunca fue obstáculo como para que estos se viesen siempre abarrotados de público. El primero el de Vísperas, para el que la comisión organizadora solía fijar previamente los colores básicos que debían de combinarse para los concursos de los mejores trajes de época o de capricho. También los había para el más artístico y elegante peinado o a la pareja que mejor bailase el tango.
Entre la variada dotación de galardones eran especialmente codiciadas las ‘tarjetas de oficio’, consistentes en una entrada gratuita para cualquier espectáculo que se celebrase en el Teatro del Rey (después Cervantes) durante un mes.
Uno de los bailes más renombrados y con mayor poder de convocatoria solía ser el de la Prensa. Organizado por ‘EL DEFENSOR DE CEUTA, Diario de la Noche’, se elegía en él “la mujer más guapa de la ciudad”. Una gala tradicional tan solo superada en relevancia y pomposidad por el de la Asociación de la Prensa Africana, también en el majestuoso y mítico marco del coliseo de la calle Padilla. Se celebraba la noche del sábado, víspera del domingo de piñata, con un gran baile sobre la célebre tarima que se solía acoplar en su patio de butacas en la que se ubicaba la pista de baile.
Y así podíamos seguir hablando de más galas y locales célebres como los del inolvidable Casino Africano, La Peña del Nueve, La Perla, el Círculo Reformista, La Unión o el del Casino de Clases, entre tantos otros.
Llegadas las doce de la noche del martes, el antruejo llegaba a su fin. Era el momento para el recogimiento. La fiesta quedaba puntual y drásticamente finalizada en ese momento para dar paso a la Santa Cuaresma.
Aquellos carnavales comenzaban a vivirse en cierto modo un mes antes de su llegada oficial, cuando los comercios del gremio de textil o las mercerías mostraban en sus escaparates una todo un rosario de lazos, caretas y barbas postizas. A su vez, en el interior, el tafetán, la batista o la seda copaban mostradores y estanterías, desplazando al almacén el resto de los géneros o mercancías hasta pasada la fiesta.
Y así, la creatividad y la personalidad de cada cual a la hora de confeccionarse el disfraz venía convertirse también en el tema de conversación preferido de nuestras damas, sucediéndose los troqueles de elegantes señoritas en franca competencia de armonías, como afanosas de ganar en atuendo con respecto al que reemplazaban del año anterior.
-Me estoy haciendo un traje de holandesa…
-Pues yo iré de paje veneciano.
-Afriquita me ha dicho que para el primer baile irá al estilo de la corte del rey Sol y para el último se reserva el de pantera, pero no termina de decidirse por los tonos.
Disponer de dos o tres trajes con los que disfrazarse a lo largo de esa semana era algo habitual entre la juventud, fechas a las que nadie dudaba en señalar como la más importante del año.
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