Quiero confesarles a los que hayan tenido la amabilidad de estar leyendo estas líneas que era mi intención abordar otro tema en el día de hoy, sin embargo no puedo por menos que intentar trasladar mis reflexiones ante los acontecimientos de los últimos días que suponen a mi juicio, un severo golpe contra la credibilidad de nuestro sistema democrático, sus instituciones y sus responsables políticos.
En efecto una vez más, las noticias nos llenan de indignación y vergüenza. Una vez más una operación policial contra la corrupción que deja decenas de detenidos, alcaldes, concejales, empresarios. Izquierda y derecha, partidos o sindicatos… Este fenómeno alcanza a unos y a otros. Y el sistema democrático que parece no ser capaz de responder con la esperada contundencia a los hechos que se suceden... y la confianza de los ciudadanos que parece agotada al mismo compás que la credibilidad de los partidos... La crisis con sus consecuencias en miles de familias que viven en la precariedad, el desempleo o la incertidumbre acentúa las sospechas y los rechazos hacia el sistema político y debilita la democracia. Mientras tanto los nuevos movimientos políticos parecen frotarse las manos ante lo que consideran el declive de un sistema que cae como la fruta madura del árbol.
Pues bien: con el convencimiento profundo de que la mayoría de las personas dedicadas al servicio público, a la política, son personas honradas y honorables, con la certeza de que la corrupción es propia de personas concretas y no de partidos o instituciones, con la confianza en que el estado de derecho funciona y lo hace con independencia y persigue y castiga a todo aquel que infringe la ley sea quien sea y esté donde esté, con la constatación humilde de que desde las estructuras de los partidos no hemos sido suficientemente contundentes en la lucha contra la corrupción interna y externa y de que los ciudadanos están en su absoluto derecho de exigirnos mucho más…. con todo eso creo poder afirmar que el tiempo de las palabras ha concluido y es necesario pasar a los hechos.
O se abordan reformas legales profundas para combatir la corrupción o se puede estar produciendo una ruptura irreparable de la sociedad española con la política y los políticos. Debemos ser capaces de recuperar al menos mínimamente la confianza de la opinión pública, de esa ciudadanía que duda de la capacidad de regeneración de los Partidos. Creo que existe una sensación generalizada de que no existe voluntad política suficiente para arrancar de raíz la corrupción, los vicios y los comportamientos inmorales, para hacer realidad la transparencia en el funcionamiento y la democratización de las estructuras y en la toma de decisiones de los partidos.
La preeminencia de los valores éticos es el fundamento del sistema democrático para evitar la corrupción. En este camino de regeneración democrática los partidos políticos y también los sindicatos deberían llevar a la práctica urgentemente reformas que garanticen ese comportamiento ético, porque la ética es el medio para asegurar también la mayor rentabilidad política. Más allá de las buenas palabras y las acusaciones de “y tú más”, sólo caben medidas políticas de aplicación inmediata, reformas legislativas contundentes que, además, vengan acompañadas de una fiscalización efectiva y un seguimiento detallado de su cumplimiento por las instancias judiciales. Se equivocan gravemente algunos, en particular el PSOE (especialistas en mencionar al hierro en casa del ahorcado y en ponerse de perfil) si pretende culpar al PP de un fenómeno trasversal que carcome las entrañas del sistema. Ejemplos hay sobrados para demostrar que cada uno (PP, PSOE, IU, UPyD, CiU, Ciutadans, CCOO, UGT…) tiene sus vergüenzas por las que dolerse. Nos jugamos algo más importante que unas elecciones o un puñado de escaños. Ha llegado el momento de proponer un abanico de medidas que tiendan a corregir las causas de la corrupción, pero que sobre todo atiendan a las necesidades de una sociedad más democrática.
Y quiero afirmar con rotundidad que al menos desde el Grupo Parlamentario Popular en el Congreso así lo vamos a hacer. Con acuerdo con otros partidos o sin ese acuerdo vamos a aprobar medidas legales contundentes que tengan un claro efecto coactivo y preventivo contra aquellos que quieren aprovecharse de la política para su interés personal, reformas legales que instalen nuevas y mejores medidas de control con trasparencia e independencia para hacer más difícil la tarea a los corruptores y a los corrompidos, que ejemplaricen desde el primer momento apartando ipso facto a los sospechosos de corrupción de la vida pública con independencia del momento procesal y de la presunción de inocencia, que incorporen elementos de mayor democracia y mayor participación, que agilicen el funcionamiento de la justicia en casos como éstos para que la ejemplaridad de su acción sea constatable por los ciudadanos y que en definitiva nos permitan poder hablar de un antes y un después en el tratamiento de este ignominioso fenómeno.
Muchos hablan de un agotamiento del sistema nacido con la Constitución de 1978. Yo creo que estamos sin duda ante una prueba más para la solidez de ese sistema que nos ha dado las mayores cotas de libertad que nunca había alcanzado este pueblo. Nos queda una ardua tarea por delante: ganar la confianza popular perdida por el camino. El pueblo español nos pidió en 2011 que le sacáramos de la gravísima crisis económica que amenazaba con quebrar a España; ahora nos parece que tan urgente como aquello (que está en el camino adecuado), es regenerar profundamente nuestro sistema democrático. Yo quiero pedir a los ciudadanos un voto, esta vez un voto de confianza: vamos a hacerlo y vamos a hacerlo bien.
*Francisco Márquez Diputado en el Congreso por Ceuta





