Las personas que figuran como investigadas en el ‘Caso Emvicesa’ buscarán cómo defenderse de la hilera de delitos recogidos en el auto judicial con el que se finaliza la instrucción. Son personas adultas, que disponen de sus defensas y que tienen su derecho a un juicio justo en el que se esclarezca si tuvieron algo que ver, o no, con el rosario de delitos con los que se les relaciona. Llegará el día del juicio, de las exposiciones, el momento de la igualdad de condiciones entre las partes que finalizará en una sentencia. A este nivel, única y exclusivamente, se debería estar moviendo el grado de crítica en torno a este asunto. Ni más, ni menos.
Pero hay un auditorio empecinado en descender al fango, que aprovecha cualquier circunstancia para meter con calzador una extensión de crítica que nunca deberíamos permitir, la que salpica a la familia. Las personas que figuran en calidad de investigadas tienen nombre y apellidos. Ellos han asumido su estrategia de defensa. Son mayorcitos y han decidido por propia voluntad si comparecer públicamente o pasar a un segundo plano. Pero son ellos. Solamente ellos. No son ni sus padres, ni sus madres, ni sus maridos o mujeres, ni sus hijos o hijas, que ni están investigadas, ni tienen que defenderse de nada, ni tienen por qué verse expuestos a un escarnio público en redes sociales porque al valiente grupo de amigos del perfil falso les satisfaga ponerlos a caldo. Aquí parece que todo vale. Vale criticar a la familia, vale joderle la vida a un adolescente porque su padre o su madre aparezca como investigado en una causa, por muy mediática que sea. Vale acusar a un honrado padre de familia de enriquecerse gracias a su hijo. Vale difundir memes haciendo gracias sobre la situación no ya de los protagonistas de esta historia, sino, lo más sangrante, de sus familias. Vale inventarse incluso realidades paralelas con tal de justificar lo que uno quiere imponer como verdad absoluta.
En el charco se mueve tan bien determinada fauna... Lo grave es que hayamos llegado a una degeneración tal que veamos normal hacer llorar a un niño porque lleva x apellidos, que disfrutemos señalando a la mujer o al marido de turno o que demos credibilidad a comentarios vertidos en la puerta del colegio.
Hay quienes entrando en política saben que tienen que pagar un precio, injusto o no, por ser personajes públicos. Quizá en su intimidad hasta puedan llegar a entenderlo. Lo que es injusto es extender esa sombra a su familia como se ha hecho y se sigue haciendo. Cuánto mal gratuito.






