Salí de Ninh Binh cuando ya el Sol hacia acto de presencia, me daba pena abandonarlo por el trato que me dispensó su gente y por los muchos momentos que disfruté. Cuesta soltar cuando el ego disfruta pero, aunque aún me quedaban días de estancia, había que continuar hacia el norte.
Un autobús me trasladó a lo largo de la mañana a Cat Ba, una isla en la bahía de Ha Long donde iba a pasar unos días antes de ir a las montañas. El camino estaba lleno de arrozales y de las últimas montañas kársticas que vería en mi viaje por Vietnam. Volvía la sensación de que si hubiera comprado una moto en Ho Chi Minh hubiera disfrutado más de Vietnam, luego se vende fácilmente en Hanói antes de salir del país. Es algo pendiente que espero hacer si vuelvo, la diferencia es tremenda y no solo por la libertad de parar y seguir por donde quieras, lo principal es poder disfrutar de los increíbles paisajes que te ofrece este hermoso país. Si vas en autobús o en tren lo disfrutas pero de forma limitada, sin el tiempo que merece. A través de una ventana tienes la sensación de que todo va más rápido de lo que debería. También te pierdes el contacto con el calor de los vietnamitas que, a pesar que no controlan el inglés, son expertos en hacer sentir como en casa a viajeros y turistas. Son, sin duda alguna, los asiáticos más acogedores del continente.
Pasamos Hanói de largo y llegamos a un embarcadero donde un pequeño ferry me cruzó en una hora a la isla de Cat Ba. Unos treinta minutos después estaba en el centro de la isla, la ciudad era bastante pequeña, en una hora te lo recorres todo pero tenía su encanto. El mercado era todo un espectáculo, todos los días era fiesta allí y en sus cuatro calles. El alma alegre de los lugareños, sus bromas y esas inolvidables sonrisas que acompañaban con las miradas eran como cantos de sirenas que hacían que te cuestionaras tantas cosas y pusieras en tela de juicio lo que a veces llamamos ‘problemas’. Esa filosofía de vida en la que no existía un futuro…
En el hostel donde me hospedaba compré un billete para pasar el día entero navegando en un barco por la bahía de Ha Long. A la mañana siguiente, temprano, salimos desde el embarcadero rumbo a las montañas emergentes de las aguas de la bahía de Ha Long. Visitamos las casas sobre pilotes de los pescadores de la bahía, se mostraron muy amables con nosotros. Fuimos a una piscifactoría donde había unos peces enormes que de vez en cuando emergían por sorpresa, haciéndose hueco entre el resto de peces. Hicimos kayak alrededor de unas de las montañas que emergían del agua como si fueran el lomo de un dragón marino. La comida a bordo a base de pescado y verduras estaba exquisita. En fin, fue una grata experiencia que, sinceramente, no esperaba. No estoy a favor de contratar tours para conocer las ciudades o lugares a visitar, prefiero ir por libre pero en la bahía de Ha Long solo hay dos formas de conocerla: mediante un tour o alquilando una barca por tu cuenta y mi presupuesto no daba para tanto.
Como todas las tardes, me dirijo al malecón que hay frente a la villa para ver atardecer, momento mágico que procuro no perder allá a donde voy. A la vuelta el malecón se llena de mujeres vietnamitas haciendo una especie de aerobic mezclado con baile disco, el resultado es extraño pero ellas parecen disfrutar y eso es lo que importa. Los lugareños pasean en familia por la avenida junto al mar disfrutando de la brisa marina. Me alejo hasta ver desaparecer la ciudad para deshacerme de la contaminación lumínica y así poder ver Venus y a las primeras estrellas.
Salgo de madrugada de Cat Ba hacia la ciudad montañosa de Sapa para disfrutar de sus arrozales en terrazas. Tras largas horas de trayecto llego de anochecida y, para mi desgracia, me comunican en el hostel que los días que voy a pasar en Sapa el tiempo no va a acompañar, una densa niebla lo cubre todo y hace difícil la estadía en los arrozales. Por lo visto la mejor época para ver y disfrutar de los arrozales en terraza es desde junio a octubre, a primeros de marzo poco voy a ver. Paso los días siguientes paseando por la empinada ciudad y charlando con algunos mochileros despistados como yo, tomando café y riéndonos de nosotros mismos. Viajar tiene estas cosas, y más si no lo llevas todo planeado, que te llevas algunas sorpresas aunque yo lo prefiero.
Me da la sensación de que, en los meses adecuados, Sapa bien merece unos días de trekking y apartarse un tiempo de las comodidades de la ciudad y convivir con una familia en las bellas terrazas de arroz a las afuera de Sapa.
El Ministerio de Sanidad ha fijado el próximo 12 de mayo como la fecha clave…
Este jueves 23 de abril se celebra el Día del Libro y la Biblioteca Pública…
En una operación coordinada entre los servicios de seguridad nacional y las autoridades de aduanas,…
La Casa de la Juventud cuenta desde hoy con un nuevo recurso para fomentar la…
Uno de los detenidos como parte de la ramificación gallega de la red que derivó…
Este año firmó por el equipo de su tierra. Hizo una apuesta única, en un…