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Azul

Me encuentro moderadamente sentada como los grandes lectores que esperan a la lluvia con una buena taza de café.

Yo, tomo ahora mismo mi infusión porque el café para mí es sagrado los sábados y domingos por la mañana y la hora del té casi todos los dias; entre la siesta y la sobremesa es para personas sensiblemente refinadas y no para todos los públicos.

Hace un rato, la comida estaba doblemente repartida en un equilibrado y armónico gusto por lo intelectual y lo bien acompañado por lo culinario. Disfrutando de amorosa compañia y del sabor sencillo de la vida; quise fregar los platos a pesar de ser la invitada, de la misma manera que mi selectiva memoria (según para qué) contempla la coreografia de un pez que cree vivir en el Mar porque no sabe que nada en una pecera.

El cuenco que habia comprado en el mercadillo de Marbella entre la Avda de Pilar Calvo y la plaza de Toros de Nueva Andalucia, había cobrado vida flotando entre demás cubiertos usados en el almuerzo compartiendo el mismo habitáculo, el mismo fregadero, la misma pila.

Allí mismo lo compré, sin buscar a "Nemo".

Lo encontré en medio de una marea azul- celeste de platos hechos a mano de Mayorga. Nada más verlo, mi vista se tiró de lleno y sin bañador, fondeando aquel Mar de artesania para una bonita mesa a rayas de verano; pero mi motivo precisamente no fue ese.

Aquel cuenco que me eligió en este caso a mí, solicitado por una pleamar humana de visitas al puesto, se hizo sitio como si siguiera el mismo rastro que dejan algunas moradas medusas cuando cruzan el océano. Sus vendedores como fervientes pastores del evangelio de su cerámica creencia, decían ser sabedores de la conservación de la buena tradición alfarera como cuando le das un trato especial y aristocrático a un gran apellido de familia vinícola. Sosteniéndolo entre mis manos, lo estuve lavando con esmerado cuidado para no romperlo justo después de darle la vuelta para ver donde estaba hecho; como el dia que lo adquirí pesando su peso y pensando su tamaño.

Estamos de acuerdo; que las cosas son solo cosas si no les ponemos una clara y pura intención. Por eso mismo, hay que saber cuando cambiar el agua a las flores y cuanta agua hay que echarle a las plantas para no ahogarlas.

Yo, quise dejar mas que un recuerdo al recuerdo; quise quedarme en aquel instante repitiendo el dia que lo compré para hacer un regalo con cierto recato y prudencia a mi Vida pero con profundo sentido e intimidad.

El Mar no era el mar rojo ni era el mar muerto, éste era completamente "Azul" y me habia inundado la mirada, ayudándome a llegar a nado a esa inesperada festejada isla.

 

(Dedicado a Oscar Ocaña,

mi verdadero amor).

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