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Axdir, 1921. Proyecto de rescate de prisioneros en manos de Abdelkrim

Durante los dieciocho meses que siguieron al Desastre de Annual, la sombra de la derrota se mantenía viva a causa de los prisioneros en poder del líder rifeño Abdelkrim. Desde Abarrán —la primera posición en caer— hasta la trágica masacre de Monte Arruit, el colapso de las líneas españolas fue dejando un reguero de cautivos. Cien años después, gracias a la investigación en archivos documentales, ha salido a la luz un hecho revelador: a finales de 1921 existió un plan para rescatarlos.

El artífice fue el comandante de Infantería de Marina Cándido Díaz del Río Montero quien, diseñó un plan audaz con una incursión anfibia sobre la localidad de Axdir, lugar de reclusión. Pese a que la operación tenía altas probabilidades de éxito, el proyecto nunca recibió luz verde y quedó en el olvido, sellando así la suerte de los prisioneros.

La derrota española de 1921 reveló una serie de errores políticos, estratégicos y tácticos quedando el país conmocionado por las cuantiosas bajas que se producían y el deseo de una revancha.

Los prisioneros se encontraban en Axdir, situado en el corazón de la bahía de Alhucemas, capital de la recién creada República del Rif y residencia de Abd-el-Krim. Formaban un grupo de unas seiscientas personas de procedencia variada, desde oficiales, soldados, paisanos, mujeres y niños.

Aunque los captores presumían internacionalmente de pertenecer a un Estado moderno y de darles un trato comparable al de una potencia europea, los cautivos vivían en un entorno insano, mal alimentados y no disponían de asistencia médica, sometidos a un duro régimen que incluía trabajos forzados y ejecuciones en venganza debido al avance de las tropas españolas, lo cual no impedía que se produjeran fugas. En año y medio de cautiverio, y por todas esas razones, el colectivo se redujo aproximadamente un 50 por ciento de los encarcelados.


En un principio, los prisioneros no se encontraban en Axdir. Cada cabila o individuo retuvo a los militares capturados en sus aduares y buscó por su cuenta la manera de sacar provecho de ellos. La mayoría de los civiles, particularmente las mujeres y los niños fueron rápidamente liberadospor considerarse de poca utilidad. Alcanzado el mes de agosto, Abd-el-Krim negociaba con los jefes de las cabilas el traslado a su aldea.

Había cuatro razones para reunirlos allí. La primera era de índole representativa, si Abdelkrim quería ser el jefe de todas las tribus, tenía que controlar el factor de liderazgo y de poder en el que se habían convertido los cautivos.

El valor monetario de los prisioneros, en previsión de que la guerra se alargase, había que hacer acopio de todo tipo de armamento y de municiones y, como es lógico, había que tener con qué pagarlos.

Búsqueda de la legitimidad exterior al abrirse a negociar la devolución de los cautivos. Abd-el-Krim se presentaba ante la comunidad internacional como un estadista a la altura de los jefes de las demás naciones.

Finalmente, había una motivación militar. Desde hacía años, se sabía que la bahía de Alhucemas era la clave para la victoria sobre los rifeños, dado que los proyectos de asalto eran conocidos. De esa manera, los prisioneros de Axdirservirían comoescudos humanos en unos momentos en que no se descartaba del empleo de la Aviación o el uso de las piezas artilleras situadas en el Peñón de Alhucemas.

Abd-el-Krim fue inflexible en las negociaciones, fijando el precio de los cautivos en cuatro millones de pesetas (equivalentes en unos 7,5 millones de euros al cambio actual), a los que había que añadir la liberación de todos los prisioneros rifeños en manos españolas.

Ante la posibilidad de pagar un rescate, la sociedad civil se encontraba dividida, mientras los militares se oponían frontalmente al pago.

Consideraban que era su deber restituir el honor perdido y que la liberación llegaría cuando recuperaran el territorio, tarea que se vio algo más cerca a partir de los avances de agosto de 1921.

En octubre de 1921, la recuperación del macizo del Gurugú, el día 10, había alejado la amenaza de las piezas artilleras enemigas allí situadas que llevarían la destrucción de Melilla.

Los familiares, al corriente de los sufrimientos que padecían los cautivos, movieron todos los hilos a su alcance durante año y medio.

El pago de rescates individuales,el tráfico deinfluencias para que el Consejo de Ministros claudicara ante los rifeños e, incluso, la demanda al propio rey estuvieron entre las iniciativas desplegadas.

Cada uno de los tres gobiernos formados en aquel tiempo veía la situación crítica. El conservador Antonio Maura estuvo en franco desacuerdo con el pago, convencido de que eso significaba financiar a los rebeldes. Se había autorizado a la Oficina de Asuntos Indígenas y a empresas privadas a pagar por la devolución de algunos individuos, pero se había descartado esa solución para el conjunto del personal cautivo.

Ni Maura ni Juan de la Cierva, su ministro de la Guerra, pensaban en pagar los cuatro millones reclamados por Abd-el-Krim. Eran partidarios de la solución militar, esperando que las operaciones de reconquista del territorio llegaran pronto a Axdir y liberasen a los cautivos, aunque no sabían cuándo ni cómo sucedería eso.


Su sucesor, el también conservador José Sánchez Guerra, mantuvo esa misma posición; ambos sufrieron enormes presiones sociales. Por último, el liberal Manuel García Prieto se empeñó en que la negociación llegara a buen término, previo pago de la suma exigida, además de una indemnización por los daños infligidos y la liberación de los rifeños encarcelados. Finalmente, 367 supervivientes fueron entregados a las autoridades españolas el veintitrés de enero de 1923. Para ellos acababa la pesadilla.

Ahora se sabe que el comandante Cándido Díaz del Río Montero trabajaba en esos días en la redacción de un plan para rescatar a los españoles de manos rifeñas. Este consistía en dos versiones de una misma incursión anfibia, planeada como una operación conjunta del Ejército y la Armada.

Los objetivos principales y secundarios de ambas versiones eran idénticos. La prioridad era rescatar al general Navarro y al resto del personal prisionero en Axdir. También se valoraba que la operación lograra bloquear, en la zona de Alhucemas, a gran parte de los harqueños que se oponían a los avances españoles desde Melilla. El plan no descartaba golpear la moral del enemigo en la propia capital del movimiento rifeño, la cual ya venía decayendo por las numerosas bajas sufridas desde que la Comandancia General iniciara la reconquista del territorio perdido. Si, además, se lograba capturar a algunos enemigos, se consideraría un éxito adicional.

Tampoco había diferencia en cuanto a los cuerpos que componían la fuerza de desembarco: el Tercio de Extranjeros y las Fuerzas Regulares Indígenas que junto a la Armada, apoyo de la artillería y el transporte naval, convertía la acción en conjunta.

La operación estaba diseñada en dos variantes, reducida y ampliada, dependiendo del número de hombres que compusieran la fuerza: un total de 346 efectivos y 11 navíos para la reducida y 839 efectivos y 25 navíos para la ampliada.

Una sección de legionarios y dos de Regulares, poco más de cien hombres, realizarían una incursión recorriendo de noche el camino hasta el poblado de Abd-el-Krim para rescatar a los prisioneros antes del alba. Las otras unidades desplegarían el perímetro de la cabeza de playa para proteger el reembarque por escalones, mientras que a los infantes de marina les correspondería la seguridad de la zona más próxima a los portalones y reembarcar en último lugar. En lo que diferían los dos diseños de la operación era el nivel de riesgo que asumía la fuerza atacante.

La versión reducida concentraba los medios en zonas alejadas de Alhucemas, como Ceuta o, preferentemente, Málaga. También evitaba desembarcar en la zona más vigilada de la bahía, que era el entorno del peñón español. En su lugar, tenía previsto saltar a tierra en Playa Salina, a levante de la desembocadura del río Nekor y a unos diez kilómetros de las casas-prisión de Axdir.

Por el contrario, la versión ampliada planeaba salir de Playa Tramontana, una cala orientada al oeste del Cabo Tres Forcas, cerca de Melilla, para realizar el desembarco en Playa Souani, al este del río Guis. Esto reducía la distancia al objetivo a menos de la mitad y recortaba el tiempo de desplazamiento terrestre a alrededor de una hora.

La gran dificultad radicaba en que el grueso de las fuerzas enemigas quedaba a unos tres kilómetros de distancia, de manera que sería difícil eludir el enfrentamiento. Si se tuviera que abortar la incursión, estaba previsto desembarcar al sur de la península de Morro Nuevo, en la cala del Quemado. Allí se neutralizarían las piezas de artillería enemigas emplazadas en los alrededores y se consolidaría una posición desde la que desplegar posteriores operaciones.

El fracaso anglo francés en Gallipoli había hecho reflexionar sobre cómo enfrentarse el soldado recién desembarcado y tuviese que luchar en la propia playa contra un enemigo protegido.

Diseñó una operación, fijando la composición de la fuerza de desembarco, la munición a distribuir, los medios de desembarco y las unidades navales de transporte y apoyo.

Asimismo, daba indicaciones sobre dónde habría que concentrar los medios navales y embarcar la fuerza, cómo habrían de navegar hasta el objetivo, cómo desembarcarían, qué secciones deberían desplegarse con la misión de proteger y cuáles marchar a por los prisioneros y, finalmente, cómo reembarcar.

Le importancia a la sorpresa, como fuente de superioridad local y ventaja estratégica de toda operación anfibia.

En ambas versiones se prefiere salir o de un puerto peninsular o de una playa cercana a Melilla, pero despoblada e incomunicada por tierra. La navegación se prevé sigilosa, con un enorme control de las máquinas y las luces de los buques, particularmente cuando deban aproximarse al lugar del desembarco.

Por si la sorpresa estratégica se viera comprometida, propone realizar una demostración anfibia sobre otro punto de la bahía de Alhucemas.

Incorpora soldados indígenas a las secciones de vanguardia, de modo que, de encontrarse con fuerzas enemigas, pudieran dar indicaciones falsas sobre su condición y finalidad.


Da una gran importancia al adiestramiento de la fuerza de desembarco, lo necesario que era, para el éxito de una operación anfibia, que las unidades estuviesen en la playa lo antes posible.

Descarta el empleo de las barcazas “K” empleadas por los ingleses, por ser medios lentos, ideando cómo dos gabarras debían unirse a un remolcador, las primeras proporcionarían la capacidad de transporte y el segundo, la velocidad de propulsión.

Uso de la doctrina de inteligencia, con el empleo de planos terrestres y las cartas marinas disponibles, que debían ser estudiadas con carácter previo, con la ventaja que España llevaba años haciendo estudios cartográficos de la zona.

Importancia de los reconocimientos terrestres desde un cazatorpedero, de manera que los jefes de sección conocieran el terreno que habrían de pisar con sus hombres, y que los comandantes navales identificaran los puntos de resistencia enemigos sobre los que habría que concentrar el fuego de la artillería de sus buques, llegado el caso. En este sentido, se estimaba que era prioritario silenciar las piezas ubicadas en las cimas. Hay que pensar que la zona de operaciones estaba ubicada en una ladera ascendente hasta la cordillera del Rif, y que la visibilidad de los objetivos desde la mar era realmente buena.

Por último, contaba con información entregada por los oficiales españoles evadidos, como un croquis de las estancias donde se había recluido a los prisioneros y entre otros datos, un perfil en perspectiva de las casas y caminos que circundaban la prisión. Adicionalmente, propone una entrevista con dichos oficiales para conocer más detalles sobre la resistencia que podía esperarse.

El proyecto de la operación como un golpe de mano llevó a limitar los medios de apoyo a los estrictamente necesarios para el combate. No obstante, se estimaba necesaria la presencia de un oficial médico y de una dotación de mochilas-botiquín proporcional a la fuerza empleada (o a las bajas previstas). Aunque se buscaba el menor contacto posible con el enemigo y se contaba con la asistencia sanitaria delos buques de apoyo, dado el desconocimiento del estado de los prisioneros y el posible deterioro durante el traslado, la inclusión de un escalón médico habría resultado imprescindible.

Por último, e importante, en lo que respecta al mando y control de la operación. ¿Quién es el jefe de las unidades desembarcadas? No está determinado en absoluto. La única referencia al mando que hace el plan es la mención de quién debería ser el jefe de la expedición, cubierto con un “quien designe el Gobierno”.

Un plan de rescate que pudo realizarse y que jamás llego a buen puerto.

N.A.: Cabe informar que, para la confección de este artículo, se ha recurrido al artículo de D. José Miguel Quesada González aparecido en el número 163 de la Revista de Historia Naval (2024). Dicha referencia se realiza con el mayor de los respetos y con el fin de difundir un contenido de gran interés histórico.

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