En términos geofísicos, el Estrecho de Ormuz es un atajo marítimo crucial, emplazado entre el Golfo Pérsico al noroeste y el Golfo de Omán al sureste. Desliga el litoral sur de Irán de la Península de Musandam en Omán. Asimismo, abarca una prolongación de poco más o menos, 190 kilómetros y su ancho se contrasta entre los 56 kilómetros en su punto más espacioso por los 33 kilómetros en su parte más tortuosa, con conducciones viables de 3,7 kilómetros anchuroso para la circulación entrante y saliente.
Y desde la óptica comercial es una navegación que enlaza el Golfo Pérsico con el Mar Arábigo y con el resto del planeta. Lo que facilita la carga de un sinfín de géneros desde una demarcación que a lo largo de los siglos se ha presentado multicultural, y en la que numerosas influencias regionales y extrarregionales han pugnado por su dominación. Llámense, persas, romanos, otomanos, portugueses y británicos.
Y es que el Estrecho de Ormuz no solo se utiliza como canal para las exportaciones de Oriente Medio, sino igualmente como una quiebra geopolítica. La seguridad económica de importadores como India, Japón, China y Corea del Sur, se encuentra coligada al paso incesante a través del mismo. Cualquier forma de desarreglo, ya sea un conflicto o choque directo entre fuerzas armadas, sabotaje o saqueo organizado, posee el potencial de influir en los mercados energéticos. Amén, que su geografía física inflige severas restricciones a la singladura alternativa. Sus principales periplos marítimos están descosidos por una faja de amortiguamiento. Obviamente, esta estrechura agiganta la vulnerabilidad de los buques mercantes a amenazas asimétricas o interferencias estatales, particularmente los petroleros.
Los recientes sucesos en Oriente Medio incrementan todavía más la fuerza de gravedad estratégica del Estrecho de Ormuz. El paulatino protagonismo de buques de guerra, añadido a las amenazas de drones y misiles en la región del Golfo, acentúan la continua inestabilidad de la seguridad marítima en la región.
Con lo cual, el Estrecho de Ormuz es más que una travesía. Más bien, es un cuello que marcha en su circular de modo ineficiente con significativas discrepancias legales, económicas y estratégicas. Su alcance reside no solo en su volumen, sino igualmente en sus disyuntivas condicionadas y su exposición a conflictos territoriales. Conforme crecen las tiranteces geopolíticas, este pasillo es capital para conservar el equilibrio económico internacional.
Como quiera que sea, su disposición estratégica le concede una grado imprescindible no solo en lo que atañe al aspecto comercial, sino también en lo que concierne a la seguridad regional, proyectando sobre todo en el devenir del Golfo Pérsico como una zona geohistórica que ha subsistido a esas disensiones. Particularmente, las que acontecieron durante y después de la causa colonial europea.
Sin lugar a dudas, el inspección soberana del Estrecho de Ormuz le incumbe a la República Islámica de Irán y al Sultanato de Omán, este último por medio de la Gobernación de Musandam, circunscripción del Sultanato que se halla en la parte más quebrada del Estrecho de Ormuz en la rivera omaní. No obstante, en el siglo XX con el boom energético que comportaron los amplios yacimientos hidrocarburíferos (petróleo y gas) en el sector del Golfo Pérsico, su peso geopolítico aumentó, al igual que en lo retrospectivo del tiempo, la interposición de las grandes potencias es habitual.
“Lejos de ser un punto exclusivo de travesía, este recoveco se alinea como una encrucijada de dominaciones, contrapesos militares, forcejeos jurídicos y dependencias energéticas”
Recuérdese al respecto, que es en la localización del Golfo Pérsico, satisfecha por los litorales de Irán, Irak, Kuwait, Arabia Saudita, Baréin, Catar, Emiratos Árabes Unidos y Omán, donde se ubican los yacimientos petrolíferos y gasíferos más importantes del mundo.
Dicho esto, el Estrecho de Ormuz se dispone como un pasadizo de obligado cumplimiento para que todo lo que se obtiene en las riberas del Golfo Pérsico alcance el mercado global vadeando el Mar Arábigo y el Golfo de Omán.
De esta manera, la geopolítica del accidente geográfico se armoniza con las argumentaciones comerciales de la antigüedad y de los tiempos actuales. Si bien, el Estrecho de Ormuz conceptuado por numerosos analistas como un cuello de botella o punto de estrechez crítico, se posiciona como uno de los vasos comunicantes para la seguridad energética.
De hecho, en el año 2025, la media aritmética de veinte millones de barriles por día de petróleo crudo y productos petroleros, se transportó por el Estrecho de Ormuz. Lo que constituye en torno al 25% del comercio mundial de crudo por vía marítima y poco más o menos, el 20% de consumo total de líquidos de petróleo.
Además, este Estrecho aloja la navegación de una cuantía específica de hidrocarburos. Lo que lo erige en un eslabón ineludible en los recorridos marítimos. Otro dato a tener en cuenta es que cerca de 100 buques de carga lo surcan regularmente. O séase, entre el 60% y 70%, son petroleros y gaseros.
Adelantándome a lo que seguidamente fundamentaré, la obstrucción transitoria o persistente en el traslado de petróleo puede producir efectos demoledores en la cadena de suministro, con rebotes en los costes de la energía a nivel mundial. Obviamente, las demoras en el abastecimiento y la subida en los costos de remisión, se convierten en multiplicadores catastróficos para este escenario. Lo que en última instancia entraña una ampliación en los importes de la energía para los interesados del hogar. Toda vez, que aunque otros recorridos superpuestos pueden aminorar provisionalmente estas derivaciones, suelen llevar consigo una suma desmedida en los plazos de locomoción. Lo que irremediablemente causa costos suplementarios e inconvenientes en el proceso logístico.
Y en ocasiones extremas, la ausencia de opciones expeditivas puede empeorar el contexto. Hasta el punto, de desencadenar un efecto dominó en el mercado energético mundial.
Pero para clarificar la actuación geoestratégica que juega el Estrecho de Ormuz, es preciso retrotraerse en el tiempo y hacer una parada puntual en la crisis del Canal de Suez (23/III/2021), cuando el Ever Given, un portacontenedores con bandera panameña encalló durante seis días y originó el ahogo del transporte marítimo por el que desfila más del 10% del comercio. Lo que congeló casi diez mil millones de dólares de comercio al día. O la relacionada con cuestiones hídricas conexas con el cambio climático que padece el Canal de Panamá, comprometiendo a las autoridades a acortar el tránsito de buques. Lo que dio pie a las contrariedades de atraso de géneros y pérdida de los beneficios respectivos.
Como puede distinguirse, en ambas muestras no entran en acción intereses geoestratégicos directos, como sí sucede en el Estrecho de Ormuz. Una zona geopolíticamente bastante delicada y donde muchos componentes, básicamente actores de calado, así como compañías transnacionales con intereses contrastados, procuran avalar sus agendas en materia de seguridad.
Para ser más preciso en lo fundamentado, en 2025, el movimiento medio de petróleo atravesando el Estrecho de Ormuz tocó los 20 mb/d, conservándose estacionario a diferencia del año 2024. Y durante el primer trimestre de 2025 el promedio correspondió al 20,1 mb/d. Estos números evidencian alrededor del 20% del consumo de líquidos de petróleo y con escasa diferencia el 34% del comercio global de petróleo crudo. Es más, entre los años 2022 y 2024, respectivamente, los volúmenes de petróleo crudo y condensado que recorrieron el Estrecho se redujeron al 1,6 mb/d, aunque sería en parte proporcionado por un incremento de 0,5 mb/d en cargamentos de actividades comerciales petroleras.
Este acortamiento confirma parcialmente la determinación de la OPEC+, en cuanto al descenso intencionado de la producción de petróleo crudo en diversos intervalos, empezando en las postrimerías de 2022. Lo que moderó las remesas de Kuwait, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita.
Conjuntamente, en 2025, cerca de 15 mb/d de petróleo crudo, englobando condensados, circuló por el Estrecho, mientras que en torno a 5 mb/d recayeron en productos petroleros refinados. Por otra parte, entre 2024-2025, el 20% del comercio global de gas natural licuado discurrió por estas aguas, especialmente desde Catar, que es el segundo mayor exportador de GNL con más de 112 bcm en 2025.
En atención a las referencias de seguimiento de petroleros divulgados en tiempo real por Vortexa y Kpler, Arabia Saudita maneja más petróleo crudo y condensado a través del Estrecho de Ormuz que cualquier otro estado, constituyendo el 38% de la totalidad de flujos de crudo.
En la misma línea, se considera que el 84% del petróleo crudo y condensado que se condujo por el Estrecho de Ormuz se distribuyó a los proveedores asiáticos en 2024, mientras que el 83% del GNL igualmente tuvo como dirección Asia.
Así, India, Japón, China y Corea del Sur, fueron las escalas del petróleo crudo en camino al continente asiático, significando el 69% de los flujos de petróleo crudo y condensado en 2024. Además, únicamente en 2025, China e India obtuvieron el 44% de estas exportaciones, mientas que poco más o menos, el 90% del GNL de Catar y Emiratos Árabes Unidos se asignó al mercado asiático. Otro dato destacado: alrededor de tres mil buques atraviesan el Estrecho mensualmente. Y tan solo Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita cuentan con oleoductos operativos que estarían en condiciones de reorientar los flujos para prescindir del Estrecho de Ormuz con una capacidad utilizable valorada entre 3,5 y 5,5 mb/d.
Pasando a hechos concretos, el 28/II/2026, varios ataques coordinados entre Estados Unidos e Israel contra Irán bajo las Operaciones Roaring Lion (Rugido del León) y Epic Fury (Furia Épica), desataron hostilidades regionales iraníes en el Golfo, incluyéndose acometimientos contra objetivos en Catar, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Baréin y Arabia Saudita. Posteriormente, en los primeros días de marzo, al menos tres buques comerciales sufrieron desperfectos por proyectiles sospechosos en el Estrecho de Ormuz. De este modo, los flujos de petróleo rodaron al 86%, en contraste con la media del año actual de 19,8 mb/d, con más de setecientos petroleros en espera.
Y es partir del 4/III/2026, cuando las fuerzas iraníes comunicaron que el Estrecho de Ormuz se encontraba intransitable, intimidando y materializando diversas irrupciones contra buques que pretendían transitarlo. A día de hoy Irán no da su brazo a torcer en afirmar que dispone del control completo del Estrecho, aunque más adelante puntualizó que no lo había cerrado oficialmente, pero que los buques afines con Israel o Estados Unidos no tendrían autorizado salvarlo.
Dos días antes de la fecha señalada, las entradas de buques a través de Ormuz se limitaron ampliamente, apuntando una paralización progresiva en los flujos generales de petróleo y gas natural licuado. Lo cierto es que hasta ocho buques comerciales fueron alcanzados o dañados, pero en esta ocasión no sólo en el Estrecho de Ormuz, sino también en el Golfo de Omán y el Golfo Pérsico. En vista de las connotaciones preliminares, las principales navieras como Maersk, comenzaron a cambiar el rumbo vía el Cabo de Buena Esperanza. Mientras, los aseguradores suprimieron o analizaron datos de la cobertura para el tráfico por el Estrecho de Ormuz y las tarifas de los petroleros del Golfo Pérsico se desbocaron. Indiscutiblemente, el importe del petróleo Bren se incrementó el 13% durante los primeros movimientos del 2/III/2026, mientras que los costes del gas natural europeo giraron al 24%, ante la inquietud producida por la parálisis del abasto. A posteriori, la cuantía arrastra probabilidades de continuar in crescendo, en tanto no existan señales de aminoramiento de los combates.
Curiosamente, a pesar del aviso de ocho estados de la OPEC+ (Arabia Saudita, Rusia, Irak, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Kazajistán, Argelia y Omán) de que incrementarían la producción para activar y con ello compensar el panorama, no consiguió apaciguar la tensión de los mercados, en vista de la capacidad mínima para reparar el paréntesis concerniente con el tráfico.
El impacto potencial con la anticipación de daños de una suspensión dilatada en el tiempo sería trascendente. Un alto incesante de la circulación por el Estrecho de Ormuz no solo amputaría los ingresos de hidrocarburos del Golfo, sino que causaría presiones inflacionarias en los mercados, desgastando la capacidad de las empresas para diseñar, producir y comercializar bienes de manera más eficiente, innovadora y sostenible e intricando la solidez fiscal y política de las economías.
A la par, los costes elevados del gas natural llevarán consigo presión sobre los precios de fertilizantes, dada la hoja de ruta del Golfo en la productividad de fertilizantes nitrogenados. Lo que acrecienta el peligro de desequilibrio en los importes de alimentos con resultados análogos sobre la estabilidad política en territorios supeditados a las importaciones.
Naciones como Bangladesh, India y Pakistán introdujeron en el año 2025 por medio del Estrecho de Ormuz casi dos tercios de sus abastecimientos de GNL. Lo que desde estas semanas los hace especialmente frágiles a permisibles limitaciones. El gas natural lleva la voz cantante en el sector eléctrico de Bangladesh y Pakistán, con la generación a gas implicando el 50% y 25% de su mezcla de suministro eléctrico.
Allende a la realidad de las tesis empuñadas y de la magnitud geopolítica del Estrecho de Ormuz, la intrusión de China como el gigante asiático, con un definidísimo rol de intermediario en laberintos regionales, pudiera proporcionar otro alcance a la región, al ser la primera parada del petróleo que pasa por estas aguas. En el primer trimestre de 2025, China convino el 37,7% de los flujos de petróleo.
En este marco geopolítico enrevesado donde se entremezclan atracciones energéticas, estratégicas y de seguridad, el futuro en el Estrecho de Ormuz aparece mayormente irresoluto. La paulatina proyección de China en la zona, podría desenvolver otros enfoques para la región. Pese a ello, el conflicto bélico existente entre Irán, Estados Unidos e Israel reproduce una variable interviniente que encierra derivaciones de inesperados radios de acción.
“La política de disuasión iraní es clarividente: si Irán no puede exportar crudo, nadie más podrá llevarlo a término, y si el régimen iraní se halla bajo una mínima amenaza existencial, aislará sin complejos el Estrecho”
Una desescalada diplomática resuelta en el corto plazo, posiblemente invertiría las subidas recientes en los costes de la energía y facilitaría el restablecimiento escalonado de las reglas habituales de navegación.
Con todo, si la oscilación permanece ganando terreno, el revés económico y estratégico se ahondará, alimentando o potencialmente encaramando las cuantías globales del petróleo y gas, produciendo inflación de gran alcance en esferas industriales y haciendo presión puntiaguda sobre los estados en desarrollo sujetos a las importaciones de energía.
Llegados a este punto, la diplomacia junto al diálogo compartido, se ofrecen decisivos para sortear la escalada militar y legitimar la estabilización territorial en una superficie tan primordial para el abasto energético. Pero son características que por el momento dan la sensación de encontrarse al margen de este tablero.
La política de disuasión iraní es clarividente: si Irán no puede exportar crudo, nadie más podrá llevarlo a término, y si el régimen iraní se halla bajo una mínima amenaza existencial, aislará sin complejos el Estrecho.
A día de hoy, no son pocos los observadores que objetan la capacidad militar de Irán para bloquear el Estrecho de Ormuz, pero concurren dos elementos de preocupación. El primero tiene sus antecedentes en los hutíes en Yemen. Un grupo islamista con capacidades por debajo a las de Irán, pero que a pesar de todo, estaría en condiciones de atajar el tráfico de hidrocarburos en el Estrecho del Golfo de Adén.
Y segundo, constan suficientes indicativos de que ante el descabezamiento de la cúspide militar y la quiebra de las decisiones de mando, las unidades militares distantes toman decisiones independientes, lo que podría problematizar encarrilar el modus operandi del conflicto.
A un breve período de tiempo hay colchones para atenuar el efecto mariposa de esta crisis. O lo que es lo mismo: los inventarios comerciales o stock en máximos desde la crisis de la pandemia, gracias a la sobre oferta en las actividades comerciales de crudo y las reservas estratégicas, que para la Unión Europea (UE) y los estados de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) deben enfundar el correspondiente a noventa días de operaciones.
Aunque se advierte una predisposición a la reducción de volumen en el Viejo Continente a diferencia de los países asiáticos, ello no la descarga de cara a la disrupción del mercado. Si el cerrojazo en el Estrecho de Ormuz se alarga, el impacto en Europa se sentirá en los costes. Principalmente, en el gas natural licuado, ya que los clientes asiáticos pugnarán por el abastecimiento.
A pesar de que las economías se hallan menos oprimidas al petróleo que hace unas décadas, esta crisis tiene la certidumbre de ser más implacable que la sobrevenida tras la invasión rusa de Ucrania (24/II/2022). Si se extiende en los meses, irreparablemente tocará los cimientos de la política monetaria y avivará severas correcciones en los mercados financieros y en el valor de la deuda.
En consecuencia, el entorno indeterminado en el Estrecho de Ormuz pone de relieve la incapacidad de resistencia o reposición de las infraestructuras críticas del comercio mundial ante la tensión geopolítica imperante. Pero lejos de ser un punto exclusivo de travesía, este recoveco se alinea como una encrucijada de dominaciones, contrapesos militares, forcejeos jurídicos y dependencias energéticas.
Hoy por hoy, digerir este atolladero conlleva cuanto menos, enfrentarse a cuestionamientos sobre la gobernanza de los bienes comunes, como de la validez del derecho internacional y el porte solvente de las instituciones multilaterales para patrocinar la paz en épocas de disuasión asimétrica, mediante amenazas de alto impacto, en lugar de confrontación directa.
Primero, interesa explorar que el derecho internacional del mar, si bien decreta principios perceptibles como el movimiento de circulación, entra en fricción cuando éste se contrapone a razonamientos unilaterales y artificios políticos. Las limitaciones aplicadas por Omán e Irán y la imprecisión operativa ante actores no estatales como los hutíes, sacan a la palestra los cabos sueltos del orden jurídico.
Segundo, los recursos humanos, materiales, organización e infraestructura de Irán y su táctica de disuasión no se dirigen obligatoriamente al cierre escrupuloso del Estrecho, sino a un discurso de perturbación selectivo y presión sin ambages. En este aspecto, el chantaje es tanto alegórico como incuestionable: basta con sublimar la apreciación de inseguridad para dislocar cualesquiera de los itinerarios adecuados, poner por las nubes los seguros y readaptar el proceder de los actores comerciales.
Y tercero, la respuesta internacional, mayormente los desdobles navales, muestran una voluntad consistente y conjugada de la Comunidad Internacional por defender la libertad de navegación y respaldar la armonía en uno de los trayectos marítimos más sensibles del planeta. La representación naval multinacional no solo ejerce como palanca de disuasión frente a eventuales ataques, sino que establece una seguridad capaz del orden y estimación anticipada, calculada o prevista para el comercio cosmopolita.
Finalmente, los conflictos híbridos cebados por coaliciones regionales y tácticas no convencionales, adquieren el potencial de turbar el equilibrio sin necesidad de guerras abiertas y alcanzar el mayor pico de violencia desde la Segunda Guerra Mundial.
La interdependencia del Estrecho de Ormuz nos induce a una introspección estratégica más profunda, por cuanto la inconsistencia del comercio marítimo en coyunturas de lucha continua salen a relucir. ¡Queramos o no queramos!, el Estrecho de Ormuz permanecerá en el tiempo como el supervisor de la estabilidad global.
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