Este artículo está dedicado a una mujer verdadera que disipa los grises y hace que retornen los colores a mi vida.
Más allá del deseo pueril y egoísta, hay un mundo de verdaderas delicias, solo al alcance de las almas iniciadas. Ya que el amor es la mayor fuerza conocida, se refleja físicamente en un cosmos creado por la locura de un Dios profundamente enamorado de su criatura humana. Poderosa energía que todo lo supera y que siempre perdona, esta potencia que se eleva y eleva, estableciendo de la entrega por el otro, el principal axioma, y centro de todo el universo. Hay muchos y variados tipos de amor: el primero y más importante es tenerlo devotamente a nuestro Señor, y luego en cascada descendente al resto de maravillas como son la pareja conyugal, los hijos, la familia, el prójimo, la creación y el propio conocimiento y cultura, hasta al trabajo dedicado pues hay algunos que estamos en alianza misteriosa con una maravillosa vocación. Todo lo que se ama debe serlo profundamente, no quedarse en la superficie y pervertir los sentimientos, hasta que se degraden en materia poco apta e impropia de un ser humano. Si se ama a Dios en primer lugar, y sobre todo lo demás, nuestra vida terrenal estará ordenada en armónica melodía y proyectada hacia la eternidad. Amar de verdad es pasar de las opiniones a los conocimientos, y también de los planteamientos a los hechos. Aquel que ama debe prepararse para sufrir, trabajar y esforzarse, incluso padecer por aquello que persigue, debe transcender a las simplezas y alcanzar el pensamiento complejo como ocurre con aquellos que poseen el milagro de la fe. No es digno de alcanzar las metas elevadas del amor aquel que no ha probado las profundidades del padecimiento, no se desciende a los jardines más profundos, ni tampoco es posible ascender a las montañas más elevadas sin morir al placer inmediato y al egoísmo. No se puede amar sin renunciar a lo momentáneo, que confunde pasión con amor y todo lo ensucia de fango, como voy a respetar al otro si todo lo que deseo es yacer a su lado, no puedo entender al otro sin antes saber quién soy yo. Nadie puede decir que ama la naturaleza sin haber luchado por ella, estudiado y sufrido para entenderla; puede que haya muchos que disfruten de los paseos campestres y de la playa veraniega, pero no necesariamente están en trato amoroso y protegen estos parajes; no se ama a una mascota si no se le da lo que necesita, y se la tiene padeciendo, tan solo ronroneando a su almita con melosas caricias.
"Amar de verdad es pasar de las opiniones a los conocimientos, y también de los planteamientos a los hechos. Aquel que ama debe prepararse para sufrir, trabajar y esforzarse, incluso padecer por aquello que persigue"
La naturaleza para amarla hay que entenderla y comprenderla en su mayor misterio: un regalo del creador para nosotros, su amada criatura. Si la sufrimos con el sudor y los sentimientos, entonces empezamos a amarla, nada que no se padece primero logra ensanchar nuestra alma; los hábitos sin esfuerzo nos dejan indiferentes y mucho nos pervierten, hasta convertirse en vanos y perniciosos vicios. Que decir de la familia y de los amigos, y por supuesto de los enemigos, y hasta de los indiferentes. Hay que luchar por amar hasta al último de ellos, e incluido aquel que en apariencia nos parezca el más deleznable habitante de nuestro mundo. Punto y aparte constituye el amor entre los conyugues, aquellos que se prometen amor eternamente incluso más allá de la muerte. Por todo lo expuesto, y mucho más, dice San Agustín “ama y haz lo que quieras” porque si se posee este sentimiento, se orientará hacia Dios toda la vida. Así que todo lo que hagamos, dependerá de si hemos profundizado en esta fuerza única y divina. Pues así, llegaremos al perdón fácilmente y a comprender que para poder perdonar primero hay que saber amar. El amor en la pareja debiera ser como un ascenso de montaña y un descenso submarino, o mejor una sabia combinación de subidas y descensos. Así los amantes devotos, ascienden la pendiente de sí mismos para conocerse en los esfuerzos cotidianos. Pretenden alcanzar las cumbres del compromiso nupcial. Sin embargo, para profundizarse mutuamente mejor también será deslizarse por el éter marino hasta alcanzar rincones remotos y escondidos ocultos a todas las miradas indecentes. Somos seres nupciales y estamos hechos para la fidelidad entre dos miembros principales y exclusivos, en eso consiste su belleza, justo en el esfuerzo que conlleva. Por eso, un buen noviazgo es un paso imprescindible en la mayoría de los casos. El fin de esta etapa es enamorarse del otro, y viceversa, a través de los sublimes sentimientos para los que fuimos creados, superando lo exclusivamente carnal, y así convertirnos en seres armónicamente completos. Al tener ambas naturalezas (carne y espíritu), cuando nos enlodamos, exclusivamente, con el apetito carnal, empobrecemos nuestro espíritu. De la misma manera, si reprimimos la carne y la maltratamos, el alma se queja, y no alcanza su objetivo en las verdaderas uniones conyugales. A eso Dios y su Santa Iglesia lo llama desorden, no porque el sexo sea malo, todo lo contrario, sino porque se pervierte y mal entiende, convirtiéndolo en simple golosina que intoxica y nos degrada, hundiéndonos en las tinieblas. Con el símil del buceo vamos a hacer una pequeña incursión en esta materia. Sirve de igual manera para cualquier expresión de amor en los seres humanos, en el sentido de poner las dos naturalezas al servicio de la completitud que necesitamos. Así una vocación determinada al conocimiento o la cultura, es algo maravilloso, pero si se encuentra desordenada, puede desencadenar obsesiones que dañen cuerpo y alma.
"El amor es la mayor fuerza conocida, se refleja físicamente en un cosmos creado por la locura de un Dios profundamente enamorado de su criatura humana. Poderosa energía que todo lo supera y que siempre perdona, esta potencia que se eleva y eleva, estableciendo de la entrega por el otro, el principal axioma, y centro de todo el universo"
El último escalón, es el compromiso y la ceremonia matrimonial, donde se conocerán plenamente en cuerpo y alma. Ya están en fondos profundos donde la luz es diferente, más dulce y tenue, aquí se esconden a las miradas indiscretas, son los jardines más bellos y coloridos creados por el Altísimo en los vastos océanos del planeta. Será el escenario idóneo para recordar plenamente el paraíso y rememorar a la primera pareja. Llegados a este punto, los novios han dado el salto cuántico. Han superado la carne, dieron la espalda al espíritu del mundo y expulsaron al demonio de su lado. En este momento, se entiende que Dios nos hizo para lo sublime, y eso hace del sexo matrimonial, la mayor expresión del amor conyugal, y donde se produce la total compenetración entre hombre y mujer en esta vida. Por eso, la pareja conyugal debe gozar de un amor exclusivo, aceptando que este mundo temporal es imperfecto, y como somos probados en el amor, siempre se debe luchar para crecer en el sentimiento compartido.
No dejemos que nos roben el tesoro de la sacralidad en el amor los materialistas y los apóstatas. Cuantos infelices van saltando de cama en cama anteponiendo vulgaridad sexual al amor verdadero, mantienen la ficción de que así encontrarán a su pareja ideal. Mientras satanás se ríe por su engaño y se congratula de haber ensuciado algo que debe ser desde la creación, sagrado.
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