Cuando el olor a almendra garrapiñada empieza a flotar en el aire, cuando los peluches cuelgan sobre los mostradores y una voz conocida ofrece “un turrón duro o blando”, sabes que la feria está a punto de comenzar. Y si hay un puesto que lleva grabado en el alma esta festividad, es sin duda el de ‘Turrones y Dulces Artesanos’, de Paqui Chacón y Alejandro Linares.
Paqui, con sus 62 años y una sonrisa mantenida incluso cuando habla de las dificultades, ha sido siempre, junto a su marido, la cara visible de este negocio familiar que no solo vende dulces: vende tradición, recuerdos y un trocito de historia.
Toda una vida en Ceuta
“Desde que tenía cuatro meses vengo a Ceuta. No he faltado ni un solo año”, cuenta con orgullo. “Yo me he criado aquí en los veranos”.
Y es que su historia con la feria de Ceuta es algo con lo que nació. “Mis padres también eran turroneros. Empecé a venir con ellos. Antes veníamos también en Navidad, ahora va mi hermano”, dice.
Su marido, Alejandro, algo más tímido y reservado, prefiere mantenerse fuera de cámaras, aunque es importante a partes iguales dentro de esta historia. “Nos conocimos hace años, feriantes los dos. Íbamos a la playa, nos bañábamos por aquí detrás…”, recuerda Paqui con nostalgia.
Un matrimonio unido
“Él me ayudaba en todo. Y nos hemos criado juntos entre ferias y turrones”, relata del comienzo de su relación con su compañero de vida.
Con dos hijos -una chica que ha tomado otros caminos y un chico que sí quiere seguir con la tradición-, Paqui y Alejandro significan ese espíritu casi extinto de los feriantes de toda la vida, los que hacen de la carretera, las caravanas y los pueblos en fiesta su forma de vivir desde toda una vida.
“Salgo en abril y me recojo en octubre. El resto del año estamos en casa, pero en verano esto es lo nuestro”.
Ceuta, su otra casa
Hablar con Paqui es como mirar al pasado y sentir que nada ha cambiado. “Aquí me conoce todo el mundo. Muchos me ven y me dicen: ¡Anda, la del turrón! Me paran, me saludan. Es que ya soy parte de la feria de Ceuta”, comenta Paqui con gracia.
Pero también reconoce que los tiempos han cambiado. “Antes se vendía más, ahora está más flojo. Ceuta es pequeña, y para venderle a la gente de aquí, pues cuesta. Antes venía más gente de fuera”.
Y eso es precisamente uno de los problemas que más preocupa a este matrimonio: el coste de venir. “El barco cada vez está más caro. Nosotros pedimos ayuda, porque los feriantes también damos vida a las fiestas, pero cuesta cada vez más venir, sobre todo por el barco”, reivindica Paqui.
Más que turrón: memoria y cariño
En el puesto de Paqui no solo hay turrón blando y duro. Hay peluches, almendras, chufas, cocos… y sobre todo, hay historias. Esos momentos en los que un padre le compra un dulce a su hijo y recuerda que, de niño, su propio padre lo trajo aquí.
Hay gente que viene y me dice: “Paqui, me acuerdo de cuando venía con mis abuelos. Eso emociona. Es bonito saber que formas parte de la memoria de una ciudad”.
Y aunque los años pasan, ella no se cansa. “Yo echo mucho de menos la feria cuando no estoy. A mí me gusta esto, aunque sea cansado”, asegura.
Un llamado al puesto de turrón
Respecto a trabajar con su marido, cuenta Paqui que “a veces discutimos, claro, como todo el mundo. Pero nos llevamos bien. Si no, no estaríamos aquí todavía”, dice entre risas.
Antes de despedirse, ha querido lanzar un mensaje a todos los ceutíes: “Que vengan, que gasten un poquito, que la feria es para disfrutarla. Nosotros estamos aquí para alegrarles la vida, con un poco de turrón y mucho cariño”.
Un matrimonio que es historia
Y es que sin Paqui, sin Alejandro, sin su caravana blanca y el inconfundible aroma de garrapiñadas al atardecer, la feria de Ceuta no sería la misma.
Porque hay cosas que no se compran en ningún sitio, y una de ellas es la historia creada durante años. El turrón es historia de una feria y, este matrimonio, también lo es.






Que vengáis por muchos años más Paqui, Salud!