Cuando escribo este artículo es el día de Noche Buena. La casa está caldeada. La chimenea tiene los típicos troncos de Navidad, que cuando se van desgastando con el fuego emulan una cueva con un pequeño nacimiento. Poco a poco va llegando la familia. Preparamos la cena con esmero. En la calle hay una temperatura de 5 grados y cae agua nieve. Pero no se me pueden borrar las imágenes de esos cientos de emigrantes que han sido desalojados de un viejo colegio en Badalona.
El alcalde insiste en que la medida no iba contra la inmigración, sino contra la ocupación ilegal. Pero las imágenes cuentan otra historia: la de hombres jóvenes, muchos de ellos trabajadores precarios, expulsados sin alternativa real; la de un país que aún no ha encontrado la manera de gestionar la pobreza sin criminalizarla; la de una Europa que se debate entre la seguridad y la humanidad. ¿Acaso nuestra sociedad estará colapsando?
El consenso científico ya señalaba en 2009 que habíamos sobrepasado tres “límites planetarios”. Lo explicaba el trabajo colectivo de Rockström y otros, A safe operating space for humanity, publicado en Nature: el ciclo del nitrógeno, el cambio climático y la pérdida de biodiversidad. En 2023, una actualización de ese estudio confirmaba que ya habíamos traspasado seis de las nueve fronteras: el cambio climático; la introducción de nuevas entidades sintéticas descontroladas (microplásticos, disruptores endocrinos); la modificación de los flujos biogeoquímicos como el nitrógeno o el fósforo; la alteración de los ciclos de agua dulce; los cambios en los usos del territorio por la deforestación y la urbanización; y la integridad de la biosfera.
Estos procesos coevolutivos han llevado a otras sociedades al colapso, donde la presión sobre el entorno fue una pieza clave. Jared Diamond, profesor de geografía y ciencias medioambientales de la salud en la UCLA, lo analiza en Armas, gérmenes y acero —Premio Pulitzer en 1998— y en Colapso. Allí recorre casos como los mayas del Yucatán, los anasazi del suroeste norteamericano, los constructores de túmulos de Cahokia, los nórdicos de Groenlandia, los escultores de la Isla de Pascua, la antigua Mesopotamia, el Gran Zimbabwe o Angkor Vat.
Estas civilizaciones, y muchas otras, sucumbieron a diversas combinaciones de deterioro medioambiental y cambio climático, agresiones de enemigos que se aprovechaban de su debilidad resultante y un comercio en declive con vecinos que enfrentaban sus propios problemas ecológicos. Algunos autores hablan de la actual crisis ecológica como el inicio de la “Sexta Extinción”. En el caso de la floreciente civilización maya del valle del Copán, una mezcla de factores —pautas de cultivo para sostener la presión demográfica, escasez de recursos, alteraciones del régimen hídrico, estructuras de gobierno rígidas, guerras permanentes— precipitó su desaparición.
Según Diamond, tres lecciones se desprenden del colapso maya. Primero, es difícil reconocer una “tendencia lenta” en los datos que nos conducen al desastre. Segundo, cuando se identifica un problema, quienes detentan el poder pueden no intentar solucionarlo por conflictos entre sus intereses a corto plazo y los intereses del conjunto de la ciudadanía. Y tercero, es difícil aceptar políticas que chocan con valores profundamente arraigados.
La historia ambiental del siglo XX permite dimensionar el volumen sin precedentes del uso de recursos y de emisiones. Lo expuso McNeill en 2003 en Algo nuevo bajo el sol. Historia medioambiental del mundo en el siglo XX. Entre 1890 y 1990, la población mundial se multiplicó por 4; la población urbana, por 3; la producción industrial, por 40; el consumo energético, por 16; las emisiones de dióxido de carbono, por 17; y la pesca marina, por 35. El siglo XX no fue solo un periodo de crecimiento: fue el inicio de un experimento incontrolado en el que la Tierra entera es el laboratorio y todos somos los conejillos de Indias.
En estos días, Carles Feixa, catedrático de Antropología Social de la Universitat Pompeu Fabra y coordinador del Informe Juventud en España 2024, publica un inquietante —y a la vez esperanzador— artículo titulado La Tercera Ola. En él recuerda, parafraseando a José Luis López Aranguren, que la juventud retrata siempre, con trazos fuertes, a la sociedad global, aunque a esta no le guste verse reflejada. Señala un hecho preocupante: la atracción de un sector significativo de la juventud por la extrema derecha es un fenómeno global. Pero advierte que culpabilizar a los jóvenes es desviar la mirada. Y ofrece una vía de esperanza al afirmar que al fascismo se le combate con argumentos y con políticas sociales que fomenten la cohesión intergeneracional.
Quizá lo verdaderamente nuevo bajo el sol no sea la tragedia —que por desgracia se repite—, sino nuestra capacidad de acostumbrarnos a ella. Saber verla y combatirla quizá sea lo que salve a nuestra civilización. Son, al fin y al cabo, las tres lecciones que extraía Jared Diamond para evitar el colapso, y que tantas civilizaciones antiguas no supieron aplicar.






