Cada vez se hace más difícil hallar curas determinantes en sus acciones, luchadores en lo social, posicionados ante las desigualdades de sus vecinos, comprometidos con el bienestar de todos e implicados en hacer de la Iglesia un todo, donde la mayor preocupación sea el bienestar de los más necesitados. Tener la virtud de unir las tres partes: Parroquia, Hermandad (si las hubiese) y Barrio, tres factores, tres contextos a veces distantes y que los párrocos deben conseguir mezclar, haciendo una misma baraja con un fin común.
La Iglesia nos deja pastores involucrados en su trabajo, unidos al compromiso que marcan las exigencias de ser guía de los cristianos, los cuales nos ofuscamos en disputas sin sentido y que no nos conducen a nada. La responsabilidad de llevar las directrices espirituales de grupos de tan distinta procedencia hace que haya que aprender a remar para todos, doblando esfuerzos, no contentando a nadie sino aportando soluciones y trato cercano, labor indispensable que convierte a los curas únicos e irrepetibles entre los suyos.
La Iglesia ha crecido entorno a una sociedad llena de intereses y valores de dudosa moral, factores estos que muchas veces han salpicado a la institución. Muchos curas se han convertido en funcionarios de un estamento con la única meta de ir completando destinos, sin más ambiciones que ir apagando fuegos sin llegar a sumergirse en las carencias de sus fieles. La determinación, la palabra, la actuación integra en sus ministerio como sacerdote son agentes fundamentales a la hora de llegar al pueblo cristiano y que algunos olvidan fácilmente.
El mundo gira sin remedio a generaciones sin modelo ni principios, donde la formación cristiana se diluye por otros intereses más materiales, no llegando a cuajar la conciencia de los individuos y conduciendo solamente al avance sin escrúpulos de una vida ruin marcada por objetivos.
Aquellos sacerdotes tristemente desaparecidos, que se distinguieron por dejar un gran legado con su trabajo y entregaron el alma por la evangelización de generaciones enteras, deben ser modelo y acicate para todos encargados en dirigir la Iglesia, marcando, orientando y llevándonos a Dios mediante la palabra y los hechos.
Así deberían ser todos los curas, gente sencilla y de pueblo que se les entiende todo y no tengan dobleces ni medias tintas. Esos curas que entregan sus vidas y que están a pie de obra y no a pie de protocolo buscando el momento, aunque para ello se dejen mil cosas atrás.
La labor social de la Iglesia ha estado marcada siempre por las circunstancias sociales de cada lugar y los momentos políticos que les ha tocado vivir a lo largo de los últimos dos mil años historia del mundo. No es lo mismo una actuación de un misionero en África que la de un sacerdote ocupado en temas burocráticos en Europa, aunque sí debe ser el mismo grado de responsabilidad por aquello que representa. La labor social no siempre debe fundamentarse en la ayuda económica, los corazones de los cristianos necesitan el calor de quien los dirige y eso sólo se alcanza con la cercanía, sin destacarse como fríos directivos de una empresa, olvidando marcar las distancias y despojándose de la fría autoridad para desempeñar todo aquello que esa posición exige.
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