A mi amigo Octavio

Por fin hoy puedo sentarme a escribirte y poner orden al torbellino de sentimientos que he venido sintiendo desde días atrás con la triste noticia, pues los que te queremos teníamos esperanzas en que pudieras salir adelante. Así lo sentíamos; pues tenías una fuerza que a mí sorprendía.

Estos meses atrás, pese a saber de tu enfermedad, en una de las pocas veces que estuvimos hablando, me contaste que estabas esperando para operarte, con pocas palabras, aún menos de las que me tenías habituada últimamente. Rápidamente cambiaste de tema; que qué hacía yo esos días, o cómo me iba a mí en mis cosas… Sé que no querías hablar de cosas tristes, no eras muy dado a hablar de eso, quizá creo que no querías preocupar demasiado, y mucho menos hablar de un tema delicado para ti. La tristeza no estaba en tus conversaciones; ni antes ni ahora que estabas pasando por malos momentos.

Entablamos una amistad allá por el curso 2005/06, cuando me encontraba yo en su aula cursando los últimos años de estudios en el Conservatorio, y rápidamente conectamos. Nuestra amistad traspasó las aulas, pues seguíamos teniendo contacto de alguna manera por teléfono. Aun habiendo acabado mis años de estudiante, seguíamos quedando y charlando de todo; desde la música de los años 50, 60…y a reírnos porque te sorprendían mis gustos musicales “tan antiguos”. Nuestra amistad siguió fortaleciéndose, pues ya no se basaba solo en conversaciones sobre lo que nos unió: la música, sino a conversar largamente sobre la vida, de lo bueno y de lo malo, sin importar la hora ni las facturas telefónicas, y así, poco a poco se convirtió en un apoyo muy importante para mí; siempre me sentí apoyada en cualquier cosa que se me ocurriera relacionada con la música o en momentos que así lo necesitara. Pasamos muy buenos ratos y así, pasaste a convertirte en alguien casi de mi familia. Se me hacía raro no pasar por el Conservatorio sin pasar a saludarte aunque fuera un momento y ver cómo estabas, -si no te veía por esos días-, o tomar después unas cañas juntos.

Solamente puedo sentirme agradecida por tu amistad; palabra que creo que  valoraste mucho, pues eras amigo de tus amigos. Me despido como creo que me dirías tú en los malos momentos: “Venga, hay que tirar “palante” y nos diríamos un “llámame cuando puedas, y nos tomamos algo”, y echaríamos cuatro risas, pues al final ¿qué es lo que queda? Sino solo sentimientos, momentos y recuerdos. Seguro que siempre estarás en los míos.

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