Ya quedan 3 lunas para cumplir 62 otoños, agoté las primaveras cuando la eternidad parecía ser eterna pero se marchitó una tarde en la que vi pasar la última golondrina mientras esperaba un tren; lo esperé durante 20 años pero no llegué a tiempo pensando que podría subirme en el último. No hizo parada en la estación y decidí dormir en un banco. Al despertarme había llegado el invierno.
Mi infancia son recuerdos de los brazos de mi madre, de jugar a la alegría, de oír mi voz en la grabadora de mi padre, de sentir el agua caliente en la bañera de los domingos en la que nos aseábamos dejando siete días en el agua.
Recuerdo el primer día de colegio, los compañeros de clase, los profesores circunspectos y distantes y los cercanos, con la voz animosa y las palabras de aliento.
Hasta los 14 me escondí queriendo agradar a los demás para no ser excluído del grupo de adolescentes de mi clase. Tocaba la flauta de oído, me hacía el gracioso, provocaba aunque estuviera llorando por dentro. Pensaba que todos eran mejor que yo, más listos, más fuertes, más inteligentes para resolver cualquier problema que surgía. Yo siempre estuve detrás de todos haciéndome el invisible.
De verano a verano el paso del tiempo se percibía muy lento, como si el reloj estuviera detenido en un espacio inventado.
En el instituto me enamoré de un compañero y fingí enamorarme de alguna chica para que nadie se diera cuenta. Necesité 35 años para confesarlo aunque todos lo sabían.
Volví a enamorarme muchos años después y, aunque sabía que no era correspondido, planté un jardín de flores sin darme cuenta que eran de plástico.
La muerte de Paloma, mi compañera de trabajo, me sumió en un dolor inefable que fui convirtiendo en la memoria de la melancolía, una especie de alegría de estar tristes. Conocerla fue un regalo del destino, un abrazo que nunca deja de abrazarte aunque se convirtieran en cenizas.
La literatura y la filosofía han sido como los mares del sur en el que navegas los las velas de la imaginación mientras el viento sopla en todas las direcciones: tú eres todas las personas, todos los personajes, todas las batallas, todas las islas deshabitadas por ti mismo mientras encuentras a Viernes de Robinson Crusoe.
Estudié Filosofía hipnotizado por la sabiduría por una profesora que me enseño a pensar, dialogar, razonar poniéndome en lugar de cada filósofo con ideas diferentes. Recorrí los distintos ríos de Heráclito y la fuerza de esas citas que viajan a la velocidad de la luz: " solo se que no sé nada" "conócete a ti mismo" pienso, luego, existo.
La rosa de Locke, el Emotivismo de Hume, el absoluto de Hegel, el atrévete a saber de Kant y la muerte de Dios anunciada por Nietzsche. Otras mentes extraordinarias pensaron el tiempo en conceptos y analizaron los problemas que nos acechan en una sociedad disgregada y opaca.
Estar en las aulas 33 años me permitió echar migas de para no extraviarme en el camino aunque siempre supe que los pájaros las harían desaparecer.
Volví a levantarme después de una depresión en la que tuve que recuperar muchas asignaturas pendientes. Fui despertando de una pesadilla real aunque supe que no era un sueño. Las heridas abismales comenzaron a cicatrizar y recuperé la conciencia de los últimos 54 años que rescaté de la desmemoria. Investigue legajos, escritos, palabras de socorro apuntadas en poemas y en un diario que me había permitido quitarme las mascaras y ver un rostro desfigurado y ajeno.
Nunca es demasiado tarde para comenzar pues los instantes, los momentos, un libro, una conversación, un estar en el mundo de una manera activa, te salvan del abismo.
Saborear los asuntos pendientes, conocer lo que no te atreviste a conocer, ser el que nunca fuiste por miedo a la tormenta.
He pagado la segunda parte de mi vida con la primera parte, he apostado todo, he arriesgado el alma sin temerle a la derrota, sin tener miedo de mi miedo.
Todo ha dejado de importarme porque no me atemoriza la derrota, no espero nada porque lo espero todo y creo que cada amanecer es un volver a comenzar, un volver a descubrir lo descubierto, a comenzar lo comenzado.
Vuelvo, estoy aquí, en un presente lleno de futuro, habitando las revoluciones que no hice, diciendo las cosas que no dije, sintiendo el eterno retorno de lo que nunca volverá.
A los 62 me he comprometido a no defraudarme, a no ser el Judas que me vende con un beso ni un miembro de la estirpe condenada a 100 años de soledad.






