Se llamaban Turia y Karima. Hoy tristemente han pasado a engrosar la lista de fallecidas en la frontera, víctimas de un trabajo inhumano que toma como escenario un lugar deplorable. Antes que ellas murieron otras por avalanchas, caídas o sucesos más violentos. Después de la tragedia, otras tantas mujeres siguieron con sus labores. Incluso pasaron por encima de las dos mujeres, que se vieron aplastadas por la multitud. Esto ocurrió en Marruecos. A mí, particularmente, me da igual dónde haya sido. Porque esas muertes vienen a rodear un tipo de tráfico que no debiera ser permitido, que tendría que reconducirse de otra forma y manera, adaptándose a una realidad más segura de la que hoy existe.
A diario hemos sido testigos de avalanchas en el Tarajal, en nuestro lado. Avalanchas similares a las que se produjeron ayer en Marruecos. Hemos visto cómo hasta Ceuta han llegado mujeres heridas pidiendo atención sanitaria o cómo se han tenido que cerrar las puertas para evitar que se produjeran nuevas tragedias. Y así llevamos tiempo. La apertura del Tarajal II de nada sirvió, porque no hay infraestructuras ni medidas que vengan a solucionar lo que está ocurriendo en este espacio de la vergüenza mientras no se cambie el modo de trabajo (si es que esto puede denominarse así) que llevan a cabo a diario estas mujeres y hombres.
Hoy se ha organizado un minuto de silencio; algunas formaciones políticas han pedido que intervenga Europa; las oenegés han vuelto a hacer hincapié en lo inhumano del espacio fronterizo; el ministro de Interior viaja a Marruecos para abordar el problema del terrorismo y, de paso, esta tragedia; Rabat (esta vez sí) ha anunciado la puesta en marcha de una investigación. Son pasos dados en torno a una situación descontrolada, que se sustenta sobre bases viciadas, que no debe consentirse como tal ni un minuto más. Pero ayer, sorprendentemente, con fallecidas, con heridas, con tragedias... el paso siguió funcionando, nadie cesó el tráfico, todo siguió igual, en las mismas malas condiciones, en pésimas circunstancias, con una tragedia de trasfondo que nadie acierta colocar en el punto y final.





