Los padres asistimos perplejos a ese mundo cambiante de opiniones en torno a cómo será la vuelta al colegio de nuestros hijos. Se nos ha dicho de todo, que si las clases se darán al aire libre, que si se impartirán en aulas con 15 alumnos como máximo, que si deberán ir con mascarilla pero dispondrán de geles para garantizar las medidas sanitarias... Negro sobre blanco queda perfecto, pero choca con una realidad que nos lleva al análisis de los colegios a los que acuden nuestros hijos y de los recursos con los que cuentan. Centros masificados en los que a duras penas caben los alumnos a los que ahora se quiere distribuir por aulas más espaciadas. Centros en los que ni siquiera hay jabón en los baños -ya del papel higiénico ni hablar- pero nos dicen que se mantendrán todas las medidas de seguridad. Centros en los que cada mañana se montan tapones de personas, en donde impera el caos a la entrada y salida pero en donde nos dicen que se cumplirá la distancia mínima exigida. Cuesta creer, cuando hay ocasiones en las que ni siquiera se cuenta con policías para evitar colapsos de tráfico y garantizar que no se produzcan atropellos en accesos nada seguros. ¿Cómo se prepara una vuelta al cole con todas las medidas de distanciamiento y seguridad?
Y estos son solo detalles de una situación sobre la que mucho se está hablando en una ciudad en la que llevamos arrastrando deficiencias en centros educativos producto de una insultante falta de inversión y desatención de años atrás. Si hay colegios que ya no saben dónde cuadrar a su alumnado, colegios con una antigüedad que nunca debería haberse permitido... ¿cómo van a conseguir una adaptación que aporte seguridad a los padres sobre el bienestar de sus hijos?
Este curso se lo han ventilado de un plumazo, pero en dos meses estaremos de vuelta sin saber si nos obligarán a un gasto de libros que luego no van a ser empleados o cómo harán malabarismos las familias con más de un hijo, sin recursos tecnológicos suficientes y con una imposible conciliación familiar y laboral para compaginar el reto que tenemos entre manos.







Aunque a veces falte de distancia con relación a los hechos sociales, los comentarios de la Sra. Echarri son en général pertinentes. En este caso subraya implícitamente que lo que menos importa es la cultura y es un fenómeno general dentro de nuestra sociedad neoliberal. La única esperanza para construir una ciudadanía de adultos responsables es la instrucción pública. En nuestro caso el objetivo es una cultura de manada, emocional, comunitarista, sin sentido crítico regida por las religiones que en Ceuta son de los más obtuso, bárbaro y esperpéntico amén de partidos demagógicos, gremiales y extremistas. Niños que más tarde serán objetos intercambiables en un mercado laboral precario.