El aura de la paz con sinceridad se consigue, entonces verás que hay un universo de luz más allá de las batallas sencillas, de las lágrimas sin razón. Encontrar esa luz puede ser un trance que nos llene de vida, pues las personas también crecemos por dentro, como el árbol milenario que nos presta sus años y su voz.
Del estudio y de la vida saben tanto los ingenieros como los monjes de la redención. Así, el padre prior recibió a Pepín Sandía en la sala de ingresos y le propuso su fe: “Hay luz en el espacio y en el silencio que respiras. Si tienes fe escucharás al que te guía. Si sigues sus pasos verás su faz en el Día. Y si tienes alguna duda, pídele consejo al árbol de la vida. Él te dará su fruto, el Amor y su medida”.
Pepín preguntó inquieto: “Pero, ¿y si suspendo, y si no logro grado ni medida?”
El prior disertó:
“Renacerás de la herrumbre que son tus cenizas.
Borrarás del alma las huellas de la desdicha.
Viajarás hasta el sol, a pesar de las distancias.
Soñarás con el gozo de verte feliz.
No rehúyas de tu propia estima, aquello que hace al corazón latir. Devolverás a la luz tu espíritu, y desoirás las plegarias del rencor.
En el Amor no caben los desconocidos, pero si tu alma se llena de pena, pídele al cielo su favor.
El sol nos abrasa con su fuego.
El cielo nos ciega con su atención.
No hay quien llegue tan lejos como quien hizo del Verbo oración.
Y habrá quien llegue alto.
Y habrá quien niegue lo mejor.
Y habrá vocifere.
Y habrá quien calle por pudor.
En el instante de la nada, la Figura del Amor.”
Pero Pepín había fallado. Todo lo que ve le recuerda el frío. Todo lo que quiso le recuerda su adiós. Todo lo que soñó desapareció de su alma. Ahora viaja sin rumbo, sin justicia, sin espada, sin milagro, sin canción.
“¿Por qué es el Amor la montaña más alta, y el odio la distancia menor?”
Mientras, una voz proviene del árbol de la sabiduría en el patio de los hermanos: “¿Huyes? ¿Amas? ¿O es completa tu ambición?”





