Al menos 200 seres humanos desaparecieron en el Mediterráneo el 1 de junio. El barco en el que viajaban naufragó cerca de las costas de Sfax (Túnez). Procedía de Libia y se dirigía a la isla italiana de Lampedusa. Sus ocupantes huían de la guerra. Buscaban refugio en la Unión Europea. Cuando en Catalunya se juntan los términos ‘guerra, huida ¿y refugiado’?, es inevitable no pensar en el campo de Argelers (Argelès-sur-Mer, Francia). Allí llegaron, en febrero de 1939, y en tan solo siete días, unas 80.000 personas. Habían cruzado la frontera tras el final de la guerra civil española.
Eran muchas más que las que han ido llegando a la UE desde que, en otoño pasado, empezaron las revueltas en el norte de África. Se calcula que, durante sus dos años de actividad, por el campo de Argelers transitaron unos 465.000 refugiados. El recibimiento en la frontera de El Pertús y el trato dispensado en el campo por las autoridades francesas a los refugiados son recuerdos incómodos. Una mezcla de dolor y vergüenza por lo ocurrido seguirá impregnada en la frontera pirenaica durante largo tiempo. Más de siete décadas después de su clausura, todavía cuesta entender por qué, ya en suelo democrático, y huyendo del autoritarismo, nuestros abuelos tuvieron que experimentar semejante humillación. Ante el incremento del flujo de ciudadanos que llegan a las costas comunitarias huyendo de la guerra, la miseria o el autoritarismo en el norte de África, la reacción de Los Veintisiete es amarga. El ascenso del populismo xenófobo parece impedir a la Unión Europea armar una respuesta a la altura de su responsabilidad con la justicia global. Es probable que, dentro de unas décadas, oteando la orilla norte del Mediterráneo, muchos vuelvan a preguntarse el porqué de la humillación que sufrieron sus abuelos.
(*) Universidad Radboud. Nimega (Holanda). Artículo publicado en El Periódico de Catalunya.





