Mayorga, autor de El arte de la entrevista, que anoche se representó en un Teatro Auditorio del Revellín que no registró más de media entrada, es como si persiguiera a quien lee sus textos o acude a una función en la que se lleva a escena una obra suya. Su fantasma siempre está ahí, su grito recorriendo el pabellón auditivo,
su dedo amenazando por la espalda como un puñal cuyo rastro difícilmente se borrará.
Así es el dramaturgo madrileño y de tal manera lo hicieron estar presente Alicia Hermida, Luisa Martín, Elena Rivera y Ramón Esquinas, quienes bajo la dirección de Juan José Alfonso, dieron vida a Rosa, Paula, Cecilia y Mauricio, los cuatro personajes. Y alrededor de cada uno de ellos, un nimbo blancuzco con forma de interrogación sobre un fondo oscuro.
Porque la obra se compone de un texto que hace un homenaje al género periodístico de la pregunta, es decir, a la necesidad humana de preguntar y de saciar dudas, curiosidades, necedades, intuiciones. Un mundo en el que, por tanto, caben infinitas respuestas, muchas de ellas sorprendentes, inquietantes. Incluso el silencio puede ser un grito descomunal en esta tesitura.
“Es una obra que habla de las relaciones humanas y de cómo entendemos cada uno nuestra propia realidad. La verdad de cada uno es diferente a la del otro; no hay una sola verdad. Cada uno vive su propia realidad y es diferente cómo los demás te ven y te entienden”, había dicho Alicia Hermida en una entrevista para El Faro publicada en la edición de ayer, una afirmación que se antoja exacta, sobre todo cuando se cerró el telón, ese instante en que el espectador se echó de nuevo la chupa al cuerpo, encaminó la puerta de salida y se marchó: un adiós con Mayorga como sombra.









