“El hombre sin ropajes no es más que esto: un pobre animal desnudo y de dos patas”. William Shakespeare, El rey Lear, acto III.
Morris West, en su novela El país desnudo, ya formuló la pregunta que subyace a todo lo que aquí se narra: ¿qué queda de un ser humano cuando se le arrancan las protecciones con las que la civilización lo ha vestido? Cuatro décadas después, aquella pregunta ha cruzado el océano y se ha plantado en el Estrecho, sin pedir permiso, para recordarnos que los países también pueden quedarse sin ropa.
Hay una hora, entre las tres y las cuatro de la madrugada, en que el Estrecho deja de ser un mapa y vuelve a ser lo que siempre fue: agua negra moviéndose sobre piedras negras. A esa hora, el 30 de julio, la frontera de Ceuta dejó de ser una raya en los mapas y se convirtió en lo que era: una costura. Y las costuras, a veces, revientan. Lo que ocurrió después se ha contado con cifras, con comparecencias, con adverbios cautelosos y con esa forma particular de silencio que consiste en hablar mucho para no decir nada. Pero lo que ocurrió, en el fondo, se cuenta con una sola imagen: miles de cuerpos sin abrigo cruzando la oscuridad, y detrás de ellos un país descubriendo que su propio abrigo tampoco existía.
No hablo de política exterior. Sería quedarme en el umbral del problema. Hablo de intemperie. De lo que queda de un ser humano cuando se encuentra sin papeles, sin patria y solo con la esperanza de que alguien venga a buscarlo. Hablo, sobre todo, de una pregunta incómoda que conviene hacerse antes de que la haga la vida: ¿qué parte de ese animal desnudo somos cuando los escudos de nuestro sistema nos abandonan? Y al hacerla, me descubro repitiendo la pregunta de West, pero con un matiz: ya no es el individuo solo el que se desnuda; es el país entero.
La marea
Primero fue el rumor. Luego la polvareda en los cerros. Luego el sonido, que no era de gritos sino de pies, miles de pies sobre grava, un ruido de agua que baja. Llegaron por el espigón y por el monte y por el mar.
Llegaba con el móvil dentro de una bolsa de plástico atada al cuello, con zapatillas que no eran suyas. Entre los que entraron había niños que no sabían nadar y lo hicieron igual, porque a los catorce años el miedo pesa menos que la ceguera de la ignorancia y que el hambre.
El mar no negocia. El mar hace lo que hace desde antes de que hubiera fronteras: coge y suelta. Cogió aquella noche y estuvo soltando durante días. Las mareas devolvieron lo que no quisieron. Aparecieron los hombres con guantes y bolsas numeradas. Por fin surgió la luz gris del amanecer sobre el Hospital Militar, donde alguien había ordenado habilitar una morgue con capacidad para doscientos cuerpos. Doscientos. Alguien hizo ese cálculo. Alguien lo firmó. Que ese número exista en un documento administrativo español dice más sobre lo que pasó que todas las ruedas de prensa juntas.
Del recuento nunca hubo acuerdo. El Ministerio del Interior habló de setenta y dos fallecidos en suelo español; Marruecos reconoció once en el suyo; el presidente de la ciudad autónoma manejaba ochenta y ocho; algunas redacciones llegaron a noventa y cuatro; las organizaciones que llevan años contando lo que nadie quiere contar hablaron de ciento cuarenta y uno, sumando la valla y el agua. El lector puede elegir la cifra. Ninguna podrá servir de consuelo. La aritmética de los muertos siempre es una forma demasiado cómoda para no mirarles la cara. West, en su novela, evitaba dar cifras exactas; sabía que los números no abrigan.

Las cifras bailan porque los cuerpos no caben en ellas
Con los vivos pasó lo mismo. Al principio fueron cuarenta o cincuenta mil. Después el ministro del Interior dijo setenta y dos mil. El presidente de Ceuta habló de cerca de ochenta mil. Es decir: en cuestión de horas, el Estado se equivocó en una cantidad de personas equivalente a una capital de provincia. No en un decimal: en una ciudad entera.
Hay algo profundamente cómico, si uno tiene el estómago hecho, en ver a un poder moderno —con satélites, con drones, con bases de datos, con un servicio de inteligencia que cuesta cientos de millones— explicar que no tenía información. Marruecos sostuvo que había avisado. Los sindicatos policiales dijeron que el aviso existió y que los medios no. El presidente de la ciudad lo confirmó. Sólo en La Moncloa reinaba la sorpresa, esa sorpresa administrativa que se ensaya delante del espejo.
Y entonces apareció el gran hallazgo del lenguaje oficial: “agentes externos”, “mafias”. Palabras evasivas, de una vaguedad casi litúrgica, que buscan desesperadamente un culpable más o menos creíble. Un agente externo es todo y no es nadie. Un agente externo no tiene embajada, ni teléfono, ni bandera, ni se le puede convocar. Es el vecino invisible al que se culpa del ruido para no tener que llamar a la puerta de al lado. Cuando un gobierno recurre a un sustantivo así, no está informando: está buscando un sitio donde esconder la cara.
Lo verdaderamente asombroso llegó después. Con entre cinco y diez mil personas todavía dentro de la ciudad, el Gobierno agradeció públicamente a Rabat su cooperación. Setenta y tres mil quinientas devoluciones exprés, dice la Policía. Fueron posibles porque al otro lado abrieron la puerta. Y aquí está el juego de palabras que ninguna asesoría de comunicación previó: un gobierno que da las gracias a quien lo ha puesto en desgracia. Gratitud hacia la mano que apretó el interruptor. Es la escena de un hombre que sale de su casa a agradecerle al vecino que haya dejado de arrancarle las tejas del tejado, mientras recoge del suelo los cascotes y los coloca en una pila ordenada, por si el vecino decide devolvérselos mañana.

Quien tiene la llave manda en la casa
Carl Schmitt, que era un jurista siniestro pero no un tonto, dejó escrita una frase que explica esta crisis mejor que cualquier editorial: “soberano es quien decide sobre la excepción”. Quien decide cuándo se suspende lo normal. Aquella noche, la decisión sobre lo normal no se tomó en Madrid. Y aquí, de nuevo, West: el paisaje no juzga, pero actúa como un espejo implacable. Aquella noche, el espejo del Estrecho reflejó una verdad que ninguna nota diplomática podía maquillar.
Esto no empezó en julio. Conviene recordarlo, porque en España padecemos una amnesia que se cura sola cada cuatro años.
Noviembre de 1975. Franco agoniza en una cama del hospital de La Paz y trescientos cincuenta mil marroquíes caminan hacia el Sáhara con banderas y ejemplares del Corán. Hassan II entendió entonces algo que sus sucesores no han olvidado: la frontera sur de España no se defiende con tanques, se defiende con la salud del que manda. Cuando en Madrid hay enfermedad, en el sur hay movimiento. La Marcha Verde no fue una invasión: fue una lectura clínica.
Julio de 2002. Una docena de gendarmes planta una tienda de campaña en un peñasco donde sólo pastaban cabras. Perejil. El país entero discutió durante una semana si aquello era una isla o una piedra, y descubrimos que las humillaciones no se miden en hectáreas.
Mayo de 2021. Diez mil personas entran en Ceuta en cuarenta y ocho horas mientras la Guardia Civil saca bebés del agua a pulso. Se recordará siempre la fotografía de la voluntaria de Cruz Roja abrazando a un chico que temblaba. Aquella imagen fue insultada durante días por gente que tenía la casa caliente. Ahí ya sabíamos todo lo que había que saber. Preferimos archivarlo.
Marzo de 2022. Una carta. El Gobierno español gira su posición histórica sobre el Sáhara Occidental y respalda la propuesta marroquí de autonomía. Se vendió como una jugada maestra que traería estabilidad.
Junio de 2022. La valla de Melilla. Veintitrés muertos reconocidos, muchos más según quienes contaron los cuerpos en el suelo. Se abrieron comisiones. Se cerraron comisiones.
Cuatro años después conviene preguntar qué compramos exactamente, porque la factura sigue llegando a plazos.
Atemos esos cabos. No veremos una crisis: ante nuestros ojos tendremos una política de arrendamiento. España lleva medio siglo alquilando su tranquilidad fronteriza a un casero que sube el precio cuando quiere.
Se paga con dinero, con silencios, con posiciones diplomáticas y, cuando toca, con muertos. Y lo llamamos relación estratégica, que es como llamar noviazgo al chantaje.
Mientras tanto, en el otro extremo del país, el Peñón. Gibraltar sigue ahí, negociando su condición posterior al Brexit con la calma del que sabe que enfrente hay un enfermo en estado crítico. La diplomacia es un músculo, y un músculo que sostiene todo el peso en la frontera sur no levanta nada en la del norte. Perder influencia no es un titular dramático: es esa cosa lenta y sin sangre que consiste en llegar tarde a todas las mesas.

El mono desnudo
Desmond Morris escribió que somos un simio que se quedó sin pelo y lo sustituyó por cultura, casas, leyes, uniformes y contratos. Todo lo que llamamos civilización no es otra cosa que nuestro abrigo. Un documento de identidad es abrigo. Una ambulancia que viene cuando llamas es abrigo. Un juez que te escucha es abrigo. Vivimos convencidos de que ese abrigo es piel, hasta la noche en que alguien tira de él y descubrimos que no iba cosido: solo estaba hilvanado.
Aquella madrugada se desnudaron varios monos a la vez, y ésa es la simetría cruel del asunto.
El primero llegaba del sur. Un ser humano al que ya le habían quitado casi todo: el país, el nombre útil, la posibilidad de reclamar. Hannah Arendt lo definió con una precisión que hiela: lo primero que pierde quien pierde su comunidad política no es un derecho concreto, sino el derecho a tener derechos. El derecho a ser. Ese muchacho que cruzó el agua no era ilegal ni era héroe: era un cuerpo. Y un cuerpo, sin Estado que lo reconozca, no es sujeto de nada. Puede morir sin que se abra un expediente. Puede desaparecer y ser un número dentro de una horquilla, entre setenta y dos y ciento cuarenta y uno, según la fuente.
El segundo mono desnudo estaba en el estrado, con ropa de marca y atril con escudo. Porque el poder también es un abrigo, y también se cae. Se le cayó cuando dijo que no sabía lo que medio mundo sabía. Se le cayó cuando la cifra que daba a las diez de la mañana no era la que daba a las ocho de la tarde. Se le cayó del todo cuando dio las gracias. Philip Roth habría disfrutado con la escena: el hombre importante recitando un texto escrito por alguien que jamás ha visto un cadáver, hablando de firmeza mientras a doscientos metros hay quien reparte mantas y agua embotellada porque no llegó nada más.
Y aquí está el tercer desnudo, el que menos se menciona: el ceutí. El vecino que cerró la persiana. La cajera que no abrió. El anciano que no bajó a por el pan. El policía nacional que hizo tres turnos seguidos y volvió a casa sin poder explicárselo a nadie. Ésos no salen en las tablas comparativas. Ésos descubrieron, en una sola noche, que la protección del Estado no es un derecho garantizado sino un servicio con horario, y que aquella noche estaba cerrado.
Thomas Hobbes, que fundó toda la teoría del Estado moderno sobre un pacto muy sencillo, lo dejó escrito hace casi cuatrocientos años: la obligación del súbdito hacia quien manda dura exactamente lo que dure el poder de éste para protegerlo. Ni un minuto más. Cedemos libertad a cambio de seguridad. Si la seguridad se evapora, el contrato queda en papel mojado, y en Ceuta hubo mucho papel mojado aquella noche flotando entre los espigones. Y sigue habiéndolo con las provocadoras visitas que se suceden a diario.

La pregunta que no se puede devolver
Así que hagámonos la pregunta de una vez, sin retórica y sin bandera: ¿qué parte de ese mono se es cuando el poder abandona?
No es una pregunta sobre los demás. Es sobre cada uno de nosotros. Sobre lo que quedaría de mí, de ti, de todos nosotros si mañana se cayera el andamio invisible que nos sostiene: la nómina, la tarjeta sanitaria, el techo, el apellido que aquí significa algo. Quitémosle a cualquiera de nosotros seis o siete papeles y el resultado es idéntico al del chico que cruzó a nado. La diferencia entre él y nosotros no es de naturaleza, es de suerte geográfica. Nacimos en el lado donde el abrigo se reparte al nacer. Eso es todo. Eso es exactamente todo.
De aquí salen dos caminos y ninguno es cómodo.
El primero es la advertencia. Un Gobierno que no sabe cuánta gente entra en su territorio, que no sabe cuántos muertos ha habido, que agradece el auxilio a quien provocó la herida y que después pide pasar página, está enseñándonos su verdadera talla moral y política. Y esa talla se mide también en lo que ocurre después, en la ciudad que ha quedado desguarnecida, con miles de personas —entre 10.000 y 12.000, según estimaciones— aún en sus calles semanas después de la avalancha, sin que se sepa a ciencia cierta quiénes son, cuántos son ni dónde están. Con cerca de 1.900 menores tutelados que han disparado el sistema de protección un 2.000%. Con los servicios básicos desbordados, los sanitarios exhaustos, los juzgados tramitando agresiones sexuales y una población de 84.000 vecinos atemorizados, obligados a convivir con casi 10.000 personas que ocupan espacios públicos. Los ceutíes se sienten atemorizados y abandonados por el Gobierno central —de quien, para mayor gravedad, dependen todas las competencias en materia de seguridad, fronteras y extranjería—, mientras el Ejecutivo afirma que la normalidad se recuperó en 48 horas y se limita a anunciar 1.500 plazas de acogida que no resuelven el fondo del problema. Esa es la desnudez completa de un gobierno, no solo por la ignorancia inicial, sino la inacción sostenida y sus consecuencias palpables sobre los hombros de quienes han quedado solos. Es también la desnudez completa de unos seres humanos y de una ciudad abandonada a su suerte:
El ciudadano toma nota y lo dice en voz alta. La desafección no nace de los grandes discursos: nace la noche en que llamas y nadie responde. Ahí es donde se pudren los gobiernos, no en los parlamentos. Cuando la gente deja de creer que el Estado la protege, empieza a buscar quien se lo prometa a gritos. Siempre hay alguien dispuesto a gritarlo. Nunca ha salido bien.
El segundo camino es más difícil y por eso merece la pena nombrarlo. Aquella noche también hubo quien bajó a la playa con toallas. Guardias civiles que sacaron críos del agua sin preguntar de dónde venían. Sanitarios que trabajaron cuarenta horas seguidas, y siguen trabajando dobles turnos sin relevo, con mascarillas reutilizadas hasta que el elástico se rompe, con guantes que se agrietan en los dedos, con la espalda doblada por el peso de los cuerpos que no dejaron de llegar. Sanitarios que han visto morir a niños en sus brazos y que han tenido que elegir a quién atender primero porque no había camas, ni respiradores, ni tiempo.
Sanitarios que se han desplomado en los pasillos, que han llorado en los vestuarios, que han llamado a sus casas para decir que no volvían esa noche ni la siguiente. Y mientras ellos cosían heridas y contenían hemorragias y consolaban a los que se iban, quien tendría que haber estado allí —quien tendría que haber previsto, quien tendría que haber dotado, quien tendría que haber reconocido— no solo negó la situación, sino que ni siquiera les escuchó. Les llamó exagerados. Les pidió informes. Les hizo esperar. Y cuando al fin se dignó a mirarlos, fue para decirles que todo iba bien, que los protocolos se estaban cumpliendo, que las cifras eran las que eran. Ellos, que llevaban días sin dormir, supieron entonces que no había protocolo que pudiera coser la distancia entre el que gobierna y el que sufre. Y siguieron trabajando. Siguen trabajando. Porque su misión es salvar vidas y paliar el sufrimiento. Porque si ellos no lo hacen, no hay nadie más. Y ese es el escenario más desnudo de todos: el de un poder que ha hecho de la sordera su política y de la negación su discurso, mientras los sanitarios, solos, con las manos rotas y los ojos vacíos, sostienen un sistema que ya no los sostiene a ellos.
Vecinos que hicieron café para desconocidos. Ninguno de ellos salió en las estadísticas. Ninguno pidió las gracias. Y sin embargo fueron ellos —no el atril, no el comunicado, no la nota diplomática— los que sostuvieron durante unas horas la única definición decente de país: gente que no aparta la mirada.
Porque el abrigo, al final, no lo cose un ministerio. Lo cosemos entre todos, punto a punto, cada vez que decidimos que nuestras fronteras, la libertad y la democracia la tenemos que defender día a día entre todos.
Un Gobierno que olvida eso —que no sabe, que no ve, que no escucha— puede seguir detentando legalmente todas las atribuciones que le confiere la Constitución, pero ante los ciudadanos… está completamente desnudo.
Morris West lo llamó «país desnudo». En Ceuta, aquella noche, lo vieron con sus propios ojos. Y ya sabemos cómo termina el cuento del emperador. No lo derriba un ejército. Lo derriba un niño que dice en voz alta lo que todos ven.
Nos toca ser ese niño, o nos toca ser el mono.







INVASORES, SERES LLEGADOS DE OTRO PAIS EN EL QUE REINA UN SÁTRAPA CRUEL, DESTINO CEUTA, PROPÓSITO ADUEÑARSE DE ELLA.
Mucho texto para no decir nada, se lo podía haber ahorrado.