Han muerto otros dos guardias civiles y todo suena a lo mismo. Las quejas y exigencias de las asociaciones son idénticas a las que escuchamos o leímos cuando se produjo el crimen de Barbate. Parece como si estuviéramos atrapados en una especie de día de la marmota, en un círculo en el que vemos los problemas, pero nos empeñamos en no acelerar las soluciones.
Dos guardias civiles muertos, otros dos heridos, y compañeros que te cuentan servicios en los que han salvado el pellejo de milagro porque todo sigue igual, porque nada cambia, porque lo que se vende en el papel no sirve en la práctica.
La propia AEGC ponía el dedo en la llaga: “A pesar de la barbarie de los sucesos de Barbate, no se han adoptado las medidas necesarias para acabar con la presencia del narco en el litoral andaluz”.
Ellos campan a sus anchas, disponen de medios suficientes, utilizan embarcaciones prohibidas, sortean las leyes, cuentan con informadores y así dominan un escenario fracasado. De esta manera no se puede. Ni se podía antes, ni ahora.
Hay un problema gravísimo de seguridad al que no se le pone remedio. A diario siguen produciéndose persecuciones en donde los medios precarios los sufren los guardias civiles. A diario la actuación de los componentes del Instituto Armado es espiada al detalle. Y no hay que irse fuera, sucede aquí.
Todo lo que se mueve en el puerto pesquero, como antes ocurría en el deportivo, es controlado por quienes conocen salidas, agentes, turnos…
Nada cambia, salvo que las tragedias se suman a la lista, se añaden en una combinación peligrosa porque el sistema no responde de la manera que debe hacerlo.
Nada funciona acorde a un modo de proceder esperado.
Y esta situación perdura en el tiempo hasta el punto de incurrir en una gestión tan peligrosa en la que se desee arrojar la toalla y dejar que el mundo al revés domine de manera despreciable todo. No está tan lejos de ser verdad.






