No es la Feria de Sevilla, no es el plomizo de los cielos, soy yo, que me levanto harta. No son los males, sino los remedios primaverales, el cambio de hora, la terquedad de mis huesos y la política que me aburre de manera soberana. Echo de menos los chistes de Rajoy, las explicaciones de la Cospedal, los tejes manejes con salidas magistrales y a todo lo que hacía de la política un espectáculo visual.
Esas ruedas de prensa eran apoteósicas, discutibles, vibrantes y por supuesto recordables. Ahora Sánchez es tan perfectito que no da juego, ni rasca. Ya ni la Isla de las tentaciones hace mecha, porque los jóvenes de ahora en cualquier sarao que se precie- universitario o no-se intercambian las parejas como si fueran cartas de azar, dejando los azahares para los árboles y las novias de los 50.
Todo ha cambiado para ser lo mismo, menos mis rodillas, mis malos humos y los hunos que ahora se han reconvertido -en los folletines chinos- en ladrones de tres al cuarto. Pobre de los hunos y de todos nosotros, los que no leemos, los que no rezamos, los que no vamos a la feria de Sevilla y los que aplastamos margaritas de futuro con los pies plomizos de hoy. Dirán que para qué escribo con febrícula, pero es pecata minuta para lo que trasiega mi cuerpo y mi mente, adicta a dolores y padecimientos sin que me importe un ápice, ni desmejore lo que ya no tiene remedio.
Mi buen Abraham Ceballos me entiende a la perfección porque ya son muchos años en este oficio que no es vicio más que para los que pertrechamos artículos con 500 palabras, que la inteligencia ya no da para más letras, como mucho para algún que otro párrafo. Escribir no es contar sino una regresión magnánima, un verbo desconsolado y una visión periférica, estrambótica y esquiva que se nos va de las lentes mal graduadas.
Contar no es narrar, ni narrar otra cosa más que pegar las posaderas al asiento asignado para entrever una historia que solo tú has parido para gloria de nadie y deleite de muy pocos. A mí me gustaba mucho leer, tanto que leía hasta por el hecho de pasar las páginas, pero ahora casi no hay páginas, ni lectores y la Casa del libro se parece más a un Tedi con alijo de libros que a un culto a lo raro como la antigua tiendecilla de Raimundo donde escarbabas para pescar algo interesante. Es lo malo de irte haciendo viejo que te pliegas en ti mismo, no reluces, pero desgastas por el uso de la fuerza vital que se desmelena sola hasta estrangularte de puro vicio de derrapar con el viento.
Mi amigo Abraham lo sabe porque respira entre letras y fotos, entre opiniones y noticias, entre suplementos y semanarios, pasando por él las temporadas como por los antiguos calendarios que nuestras madres colgaban del muro de la cocina. Qué bien olía el café, qué bien se estaba en casa de Amparo, qué buenas tardes con la risa de Manolo y los niños chicos- ya bibliotecarios de la Uca- revoloteando alrededor y dando por saco. Qué buenos tiempos con la sonrisa de Conchi Prida diciéndome Anabel de esa forma que solo sabía decirlo ella, con esa dulzura cadenciosa que te hacía sentirte en casa, eternamente protegido.
Era otra época, otros tiempos, otros huesos y otras pintas, sin feria de Sevilla, ni de Cádiz porque nunca ha tenido feria y sí santo que guardar. Qué pena, diosito, como dice mi hija, lo que nos depara la vida…encogimiento sin remisión de pena y envilecimiento en colgajos subyacentes. En fin, no se me apuren que ya he recuperado mi optimismo más prevalente. Qué conmigo no puede ni la fiebre.






