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El juego de tronos que hace tambalear el voltaje del tablero geopolítico

Por Alfonso José Jiménez Maroto
31/03/2026 - 04:30
Imágenes cedidas

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Desde el estruendo de la guerra en Gaza (7/X/2023), en Oriente Medio sobrevienen convulsiones violentas y temores geopolíticos, donde la región es testigo directo de las demoledoras operaciones militares del Estado de Israel, más los duros golpes padecidos por los liderazgos y capacidades de los movimientos Hezbolá y Hamás, la interrupción brusca del comercio marítimo por el Mar Rojo, el desmoronamiento del régimen de Bashar al-Ásad (1965-60 años) en Siria, el desplome del denominado Eje de Resistencia encabezado por la República Islámica de Irán, la fulminación de una conflagración entre Israel e Irán con la consecuente intervención de Estados Unidos, y la réplica iraní acometiendo una base con presencia norteamericana en Qatar.

No es baladí, que en los tiempos que corren algunos adviertan en estos hechos el principio un ‘Nuevo Oriente Medio’, en el que Israel aplica a su libre albedrío su propia voluntad sin resistencia alguna. Nada avala que los ruidos chasqueantes del ‘Viejo Oriente Medio’ den origen a una paz mediante la fuerza, como proclama a bombo y platillo Donald Trump (1946-79 años). Toda vez, que puede suceder lo opuesto: que el territorio se introduzca en una nueva y más peliaguda etapa de desequilibrio hasta confluir en un Oriente Medio desmoronado e invadido de vaivenes traumáticos, donde las líneas rojas inmemoriales van prescribiendo.

Recuérdese al respecto, que el 13/VI/2025, se quebrantó una gran línea roja en Oriente Medio. Aquella jornada Israel lanzó a diestro y siniestro una arremetida masiva contra Irán, disponiendo de su aviación militar y drones que preliminarmente se habían establecido en el espacio iraní.

Las incursiones israelíes se enfocaron principalmente contra blancos militares, altos mandos de las fuerzas armadas, infraestructuras del programa nuclear y científicos iraníes. La contestación de Irán resultó con un aluvión de drones y misiles balísticos contra la superficie hebrea, algunos de los cuales atravesaron las defensas antiaéreas y ocasionaron estragos significativos. Aparte de sentar un antecedente en los trechos de la efectividad del Estado de Israel, con la resultante colisión psicológica entre su conjunto poblacional.

Con las connotaciones anteriores se empeñó el primer combate directo de importantes dimensiones entre el adversario principal, más preponderante y recurrente que, a su vez, caracterizaba la oposición suprema. Y es que hasta ese momento, ambas naciones habían perpetrado un combinado de guerra por delegación, mediante la interposición de ejecutantes similares perfectamente incrustados y de beligerancia en la oscuridad, con sucesos metódicos de sabotaje, agresiones cibernéticas y crímenes selectivos extrajudiciales.

Esta especie de impulso cualitativo realzó extraordinariamente el peligro de una conflagración regional, con más que predecibles bifurcaciones globales. Pero antes de combatir de manera clara y en proporción a la fecha antes señalada, Israel e Irán rebasaron diversas líneas rojas que hasta entonces habían imperado en sus choques, más o menos conocidas durante décadas y con Gaza como segundo plano.

Como quiera que sea, parece haberse erigido en una práctica habitual hacer saber que nos atinamos ante un ‘Nuevo Oriente Medio’, en tanto el territorio es espectador de escabrosos episodios. La apelación a ese trivial relato lleva consigo diversos alcances en función de quién lo maneja, el curso geopolítico y la calendario que se intenta proyectar. Generalmente, las indicaciones a un ‘Nuevo Oriente Medio’ son esgrimidas para imprimir situaciones transformadoras en la historia de la zona, frecuentemente coligándolo a enfoques atrevidos de paz, democracia y algo de bonanza.

Así ocurrió tras la rúbrica de los Acuerdos de Oslo (13/IX/1993) entre hebreos y palestinos, cuando el dirigente israelí Simón Peres (1923-2016), suscitó la concepción de una paz regional apoyada en la composición económica y el progreso compartido. Igualmente, se articuló un ‘Nuevo Oriente Medio’ tras el desplome del régimen de Saddam Husein (1937-2006) en 2003 y la guerra Israel-Hezbolá (12-VII-2006/14-VIII-2006) en Líbano. En ambos contextos, el vocablo apuntaba a la victoria de una cronología conducida por Estados Unidos para reestructurar la demarcación por medio de la democratización y la fatiga de las autocracias y de actores preparados no estatales.

“El resultado de lo desgranado no puede ser otro que un entorno inestable, donde el campo de batalla no se circunscribe tan solo a los bombardeos, sino que se amplifica al núcleo duro del sistema energético universal”

Posteriormente y a raíz de los levantamientos antiautoritarios, igualmente distinguidos como Primavera Árabe desde el 17/XII/2010 hasta las postrimerías de 2012, volvería a referirse al ‘Nuevo Oriente Medio’. Lo acostumbrado es que se vinculara al advenimiento de otro tiempo diferenciado por la mutación hacia métodos democráticos sustentados en el gobierno y la observancia de los Derechos Humanos en estados árabes.

Últimamente y en la década presente, volvió a valerse de puntualizar un ‘Nuevo Oriente Medio’ trazado en la última etapa del primer mandato de Trump, con la firma de los denominados Acuerdos de Abraham entre Israel y cuatro estados árabes (Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Marruecos y Sudán). Así, se acudía a este proceso mental de abstraer, organizar y definir ideas para vigorizar la afirmación de que estos acuerdos conllevarían aplomo regional con la contribución económica y tecnológica, posponiendo el laberinto de Israel y Palestina y comprimiendo la capacidad regional de Irán. Dicho esto, el recuento de tantos ‘Nuevos Oriente Medio’ no parece centelleante, en base por la constancia de conflictos armados, pugnas geopolíticas, desolaciones humana, necesidades socioeconómicas y escasez de libertad y buen gobierno.

Ni los Acuerdos de Oslo aparejaron la anhelada e imprescindible convivencia pacífica entre las poblaciones de Oriente Medio, ni los efectos de la guerra modificaron el régimen en Irak para causar un efecto dominó de posibles sistemas democráticos.

Al igual que la Primavera Árabe no consiguió suplir las políticas autocráticas por engranajes estatales pluralistas y representativos. Como tampoco las avenencias de normativización acometidas tanto por Trump como Joe Biden (1942-83 años), han tocado con notoriedad las raíces de la profunda oscilación regional. Aunque la geopolítica no se guíe por las leyes de la física, con desmedida asiduidad los inspiradores de ideales partidistas para voltear Oriente Medio según sus pretensiones e intereses, dejan en el tintero de que las iniciativas van seguidas de reacciones.

En el matiz de la visión geopolítica, si las fuerzas que acomodan unas partes resuelven ocasionar derivaciones excluyentes, lo más evidente es que haya otras partes que paralelamente desplieguen fuerza en el sentido contradictorio. Y así es como se ha arribado a la entorno de nuestros días.

La guerra de Gaza y en este momento la irrupción de Israel contra Irán y la República Libanesa, ha desempolvado el acicate de difundir la aparición de un ‘Nuevo Oriente Medio’. Por ende, el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu (1949-76 años), ha coqueteado otra vez con la supremacía regional que la Guerra de 1967 le dedicó a Israel, cuando agrandó su dominación a la Palestina histórica y otros enclaves adyacentes. En cierto modo, ha recapitulado las jornadas en que Ariel Sharón (1928-2014) asaltó el Sur de Líbano en 1982, reconquistando este espacio para atribuir un reajuste demarcatorio a su antojo, además de aumentar la posesión de superficie siria. Las operaciones militares e incontables asesinatos del ejército israelí en Gaza, ya no esconden que la intención es hacerse con el control absoluto de la Franja de Gaza.

De igual forma, ha sopesado la viabilidad de instar un cambio de régimen en Teherán, explotando la extenuación política y militar de Irán y su más que incuestionable retraimiento internacional. La ocasión que ha conjeturado la recalada de Trump es utilizada ingeniosamente por Netanyahu. No obstante, Israel es contemplado a nivel regional como un componente disruptivo y turbulento.

Mientras el país hebreo prosigue el rastreo de ese lapso para cargar por la fuerza su punto de vista de un ‘Nuevo Oriente Medio’ en el que la dificultad palestina se salde de una vez por todas e Irán sea derrotado y dominado, el desenvolvimiento de este escenario puede llevar a un desenlace distinto al esperado.

Netanyahu y sus aliados entienden que Israel puede incluirse en la zona mediante la guerra, pero el encadenamiento de luchas todavía no ha provocado esa suma. Si bien, los que la ven factible mediante la negociación, el reconocimiento recíproco y la paz, se encuentran en cotas extremas. Es más, confluiría en un ‘Nuevo Oriente Medio’ más favorable para sus sociedades.

Los atropellos de Israel del Derecho Internacional Humanitario y de las leyes de la guerra instituidas por los Convenios de Ginebra, llevaron a la Corte Penal Internacional a impulsar órdenes de detención contra Netanyahu y su ministro de Defensa, Yoav Gallant (1958-67 años), por crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra.

Paralelamente, la Corte Internacional de Justicia tantea a Israel por inobservancia de los deberes comprendidos en la Convención de la ONU contra el delito de genocidio, como consecuencia de una demanda registrada contra Israel por parte de Sudáfrica y a la que detrás se añadieron unos cuantos estados europeos e hispanoamericanos.

A lo anterior hay que unir tanto la presión del universo académico como universitario en diversos estados, con reprobaciones contra la guerra de Gaza que han sido aplacadas y tachadas en países como Estados Unidos y Alemania, así como las cuantiosas repulsas de ilustrados y organizaciones de Derechos Humanos. El estruendo internacional y las acusaciones generalizadas de que Israel incurre en acciones de genocidio contra los palestinos, han hecho ciscos otra de las líneas rojas, según la cual las operaciones militares de Israel continuamente son en legítima defensa como causa de justificación. Derivando que este país pierda el capital político internacional que había promovido en los últimos tiempos.

Hoy por hoy, la República de Turquía ha patrocinado una política exterior defendiendo los derechos propios, sin agredir ni someterse a los demás, explotando su labor definida en Oriente Medio desde las revueltas que rompieron el statu quo de estabilidad autoritaria. Y con la guerra de Ucrania, Turquía surgió como intermediario práctico a la vista de la Unión Europea (UE), fraguando pactos para preservar las sendas comerciales hacia el Mar Negro. Su cuantía como poder regional creció entre las capitales occidentales, junto a la circunstancia de que es un miembro afianzado de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Pese a ello, no pudo trasladar esa dinámica de ostentar un protagonismo concluyente para hacer caer la balanza en el devenir de la guerra de Gaza y empeñarse para alcanzar un alto el fuego.

Véase al presidente turco, Recep Tayyip Erdoğan (1954-72 años), anticipando en reiteradas ocasiones las ejecuciones y destrucción que ha cometido Israel en la Franja palestina. Al tiempo que la guerra se ensanchaba, Erdoğan metía el dedo en la llaga en sus imputaciones contra Netanyahu y aproximaba actitudes con Egipto e Irán. Y por si fuera poco, cuando Israel bombardeó objetivos en Irán, el mandatario turco advirtió de que estaba arrojando gasolina a un atolladero regional con el apoyo de Occidente.

De ahí, que los temores y sobresaltos arremetiesen con la ofensiva israelí contra Irán. El ataque emprendido por Israel, al que le siguió el bombardeo de Estados Unidos a infraestructuras nucleares iraníes, agita las alarmas en Turquía, donde cada vez más personas se interrogan si su patria será la próxima diana de los afanes de Netanyahu de aplicar su órdago de orden regional. Estas acometidas son descifradas por las autoridades turcas como un ataque en toda regla a una nación que no lo había perseguido.

Fundamentalmente, después de que la inteligencia norteamericana no diera su brazo a torcer de que Irán no buscaba el arma nuclear de manera activa. Asimismo, causó revuelo, irritación y polémica, el hecho de que las capitales occidentales secundaran los actos de Israel. Indudablemente, todo lo acontecido acrecienta el sentimiento de intimidación entre los turcos.

El juicio que muchos desmenuzan es si la campaña contra Irán de acoso y derribo es parte del atrevimiento de Israel por socavar a sus contrincantes territoriales. La respuesta turca no ha tardado en pronunciarse con la plasmación de un conjunto de procedimientos predefinidos para un marco en el que Israel disputa objetivos en su zona.

Turquía lleva examinando al milímetro los movimientos ejecutados por Israel, principalmente desde que invalidó a Hamás y Hezbolá. La sensación de peligro se ha visto amplificado tras el derrumbe del régimen de Bashar al-Ásad, donde la dirección turca mantiene sus ínfulas por robustecer su proyección. A fin de cuentas, tanto Israel como Turquía ansían redondear su fuerza de influencia. Precisamente, es aquí donde puede imponerse un teatro de operaciones que reproduzcan su enemistad.

Actualmente, la guerra entre Irán, Estados Unidos e Israel, ha entrado en una etapa de juego que trastorna el contrapeso regional y causa efectos económicos y estratégicos mucho más distante de Oriente Medio. Lo que se entabló como una campaña aérea de enorme calibre, se ha convertido en una crisis multidominio que se dilata por el Golfo Pérsico, el Mediterráneo Oriental, el interior de Irán y los derroteros marítimos y aéreos globales.

Desde la apertura de la guerra (28/II/2026), Estados Unidos e Israel han lanzado cuantiosos embates contra objetivos militares y gubernamentales en el corazón de Irán, abarcando edificaciones institucionales y departamentos afines a las Fuerzas de Seguridad, procurando desgastar tanto la capacidad militar de Irán como su control interno, incluso induciendo a un cambio de régimen.

Como es sabido, el suceso más relevante de estas incursiones ha sido el fallecimiento de Alí Jamenei (1939-2026), Líder Supremo de Irán y máxima autoridad del país. Pero la réplica no se demoró en el tiempo e incrementó sus ataques contra Israel e infraestructuras militares americanas mediante misiles balísticos y drones, batiendo objetivos en Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Catar y Arabia Saudí.

Conjuntamente, la magnitud naval del conflicto ha escalado peldaños. Me explico: en las últimas jornadas buques de transporte de mercancías han sido agredidos en el Golfo Pérsico, lo que ha forzado a numerosas compañías navieras a interrumpir el tráfico por el Estrecho de Ormuz ante la falta de la seguridad. Por lo demás, el conflicto bélico se expande a otros escenarios: Israel ha multiplicado su penetración en el Sur de Líbano, manejando como evasiva las ofensivas de Hezbolá y ha efectuado bombardeos contra milicias proiraníes en Irak. Al igual, que los estrépitos de esta complejidad atrapan al Mediterráneo Oriental e incluso el Océano Índico.

“Tras traspasarse diversas líneas rojas, el arma intocable de Irán pasa por una guerra asimétrica que podría zarandear la economía mundial”

Pero, para desentrañar el umbral o probablemente, el prólogo de esta guerra, es inevitable retrotraerse hasta alcanzar la Revolución Islámica (7-I-1978/11-II-1979). Por entonces, Irán era uno de los principales socios de Estados Unidos en el Golfo Pérsico y operaba como uno de los contrafuertes de su estrategia en la zona, junto a Israel. Pero la verticalidad del sah Mohammad Reza Pahleví (1919-1980) y la instauración de la República Islámica, llevaron a este antiguo aliado a ser de la noche a la mañana, uno de sus principales enemigos y parte de grupos influyentes que ostentan fuelle a nivel efectivo, económico y social norteamericano, observaron la revolución como uno de los grandes fiascos de la política exterior de Washington.

Transcurridas varias décadas no ha faltado en estos sectores la interpelación de quien extravió Irán. Trasluciendo la agudeza de que Estados Unidos dejó escurrirse a un actor crucial en una demarcación estratégica por sus recursos energéticos y su situación terrestre. Tras 1979, la conexión entre ambos estados se dispuso en torno a un enfrentamiento permanente: medidas restrictivas en el terreno comercial, financiero y diplomático, retraimiento diplomático, acciones encubiertas y presión militar, como instrumentos reiterados para coartar la hegemonía de Irán. Si antes no se originaron choques directos o injerencias, ha sido por la mejora de las capacidades iraníes y el chasco que presumió la invasión de Irak (20-III-2003/1-V-2003).

La guerra vigente se apunta dentro de esa dinámica de contrapunteo. Y en el raciocinio estratégico de Washington y Tel Avic, el empeño inmutable es imposibilitar que Irán se afiance como una potencia apta para disputar la estabilización de poder en Oriente Medio. Realmente, el fin de la lucha es aminorar o desarmar a la República Islámica y reducir su capacidad de desenvolverse como actor destacado en la región, manteniendo la delantera estratégica de Israel y facultando a Estados Unidos rebajar sus compromisos en Oriente Medio. En palabras prácticas, esto se traduce en cuatro finalidades: primero, contrarrestar la fuerza bruta de Irán; segundo, destruir su nodo nuclear; tercero, dar al traste con su arsenal de misiles y cuarto, ahogar su red de proxies. Aunque para no pocos, un giro de tuerca en el régimen sería un solución codiciada.

Allende al campo de batalla, esta guerra aglutina resultados demoledores. Uno de los medios más perjudicados es el transporte aéreo internacional. La escalada militar ocasiona a más no poder el cierre del espacio aéreo de numerosos estados del Golfo Pérsico. Lo que inevitablemente descarta una de las rutas fundamentales empleadas para enlazar Europa con Asia y Oceanía. Y como producto, el tráfico aéreo de carga se ha limitado a un 13% desde el comienzo del conflicto.

A estas excepciones a modo de restricciones, se añaden las barreras de sobrevuelo procedentes de la guerra en Ucrania, más el lastre del espacio aéreo bielorruso tras la eventualidad de 2021 y las salvedades imperantes en zonas de Georgia castigadas por los conflictos geográficos, además del cierre correspondiente del espacio aéreo entre Rusia y los estados occidentales.

Sin ir más lejos, las aerolíneas únicamente disponen de un corredor viable. Me refiero al que cruza el Cáucaso. En su punto más angosto, sobre Azerbaiyán, esta travesía apenas posee ciento sesenta kilómetros de amplitud, lo que le convierte en una genuina estrangulación para el tránsito aéreo internacional.

Esta disposición entraña más gastos operacionales, navegaciones prolongadas y un incremento del coste del transporte de mercancías y de los billetes de avión. Si el corredor caucásico se cerrara a cal y canto, las aerolíneas estarían apremiadas a realizar desviaciones de miles de kilómetros.

El cambio de rumbo igualmente se reubica al transporte marítimo, donde la inestabilidad habida en el Golfo Pérsico y el Estrecho de Ormuz, reporta a diversas navieras a interrumpir o disminuir el recorrido de buques comerciales por la región. La disminución de la circulación marítima es considerable, lo que deja a Teherán realizar presión económica sin adjudicarse la valía militar y logística de aplicar un bloqueo absoluto.

De este modo, la guerra en Irán no solo instiga al balancín militar de Oriente Medio, también cambia la configuración de las rutas comerciales, encareciendo el transporte y trayendo a la memoria que los conflictos regionales pueden concentrar implicaciones económicas descomunales.

En consecuencia, el arma intocable de Irán pasa por una guerra asimétrica que podría estremecer la economía mundial. Claro, que las líneas rojas que encauzaban los lazos entre los países de Oriente Medio se han deteriorado y ya no interesan para fijar cierto orden y anticipación. Muestra de ello son los misiles balísticos sobrevolando el espacio aéreo de numerosos estados del Mediterráneo Este.

Trump, saca pecho en su segundo mandato en una coyuntura bien distinta a la que dejó en 2021. A la sazón, los Acuerdos de Abraham aplanaron el camino a una descriptiva en la que la tesis palestina quedó inhabilitada. La arremetida de Hamás contra Israel (7/X/2023) junto a la magnitud de la réplica israelí, han abatido este relato. Pues como propusieron sus inspiradores, estos acuerdos no reportan la confirmación de una paz, al no impedir los cruentos enfrentamientos bélicos existentes, como tampoco han traído un mínimo atisbo de seguridad y calma.

Para ser más preciso en lo fundamentado, los países árabes miran a Israel como un vecino encolerizado, desenfrenado e impune y capitaneado por una coalición de gobierno extremista y adeptos con ensueños mesiánicos. Oriente Medio es espectador de importantes tumbos que acontecen desde que los últimos sucesos atomizaran el statu quo y muchas de las líneas rojas implantadas.

En Gaza, todavía es pronto para pronosticar las monstruosas secuelas de esta guerra catastrófica. Amén, que en Siria tras la desintegración del régimen de al-Ásad, las prioridades próximas han de ser conservar la seguridad y abrir una rendija para la recuperación económica del país que proporcione una transición política. Y qué decir de Irán, donde el poder regional está siendo amortiguado por los reveses asestados a sus proxies del señalado Eje de la Resistencia, así como por las acometidas directas lanzadas por Israel y Estados Unidos. Pero esto no apunta ni mucho menos que Irán esté derrotado o que vaya a admitir una rendición.

Y en el horizonte se atisba la nebulosa de una carrera nuclear que disgregará aún más Oriente Medio, en la que el régimen iraní podría inclinarse por proseguir en la determinación de dotarse de su propia capacidad de disuasión nuclear. Obviamente, el resultado no puede ser otro que un entorno extremadamente cambiante, donde el campo de batalla no se circunscribe tan solo a los bombardeos, sino que se amplifica al núcleo duro del sistema energético universal.

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